Habiendo recibido a Cristo a la edad de 29 años, Carlos Gradison Finney se convirtió probablemente en el evangelista más prominente de los tiempos modernos.
Siendo un abogado exitoso al conocer a Jesucristo como su salvador personal, Finney primeramente se afilió a una iglesia presbiteriana y más tarde a una de línea congregacional. Su estilo evangelístico se caracterizó por los llamamientos al altar (pasar al frente) para que la gente confesara públicamente a Cristo como su salvador personal, cosa que fue muy innovadora para su tiempo. Además, su mensaje poseía una lógica poderosa en la necesidad “legal” que tiene toda persona del perdón de Dios basado en el sacrificio expiatorio de Jesucristo. Por esta razón miles de personas que acudían a sus reuniones encontraron la salvación y comunidades enteras fueron transformadas a través de su ministerio.
Hoy en día tanto su autobiografía como sus escritos sobre el avivamiento siguen siendo muy buscados y estudiados por creyentes de todo el mundo que anhelan aprender de su poderoso modelo espiritual.
Desde el momento de su conversión, Finney tuvo una experiencia que más tarde él mismo identificó como el bautismo en el Espíritu Santo.
El escribe en su autobiografía que “sollozó en alta voz con gozo y amor mientras literalmente expresaba los gemidos indecibles de su misma alma”. Para algunos esto fue una clara referencia al hablar en lenguas como señal externa de haber sido bautizado en el Espíritu. Aunado a esto, aunque Finney no acostumbró la práctica de orar por los enfermos, en sus reuniones siempre hubo reportes de gente sanada milagrosamente.
En una ocasión, por ejemplo, dos personas con serios problemas mentales fueron sanadas. En otra instancia, una mujer gravemente enferma, que ni siquiera había recibido a Cristo, fue ministrada por Finney y al día siguiente no sólo sanó, sino que más tarde recibió gozosa al Señor.
Las reuniones evangelísticas de Carlos Finney se caracterizaron por tener diversas manifestaciones del Espíritu Santo. Gente que caía bajo el poder del Espíritu, expresando fuertes sollozos o incluso clamando a gran voz por el perdón de Dios siempre estuvo presente en sus reuniones masivas. Sin embargo, este poder manifestado del Espíritu no se restringía a las reuniones evangelísticas. Aun antes de que Finney hiciera su aparición en los estrados, ya algunas comunidades estaban siendo tocadas y preparadas con la convicción del Espíritu para después ser totalmente conmovidas por la predicación de este ungido hombre de fe.
Un estudiante de la Academia de Rochester en Nueva York, quien fue convertido en una de las campañas de Finney y más tarde llegó a ser un prominente pastor, narra su testimonio de la siguiente manera: “Toda la comunidad estaba conmovida. La religión era el tópico de toda conversación en las casas, tiendas, oficinas y en las calles. El único teatro de la ciudad fue convertido en establo; el único circo que existía fue transformado en fábrica de jabón y veladoras. Las tiendas de aguardiente fueron cerradas; el día de reposo fue honrado; las iglesias se llenaron de fervientes adoradores; un nuevo impulso se le dio a toda empresa filantrópica; las fuentes de la benevolencia fueron abiertas y los hombres vivieron para el bien” (Finney Lives On, V. R. Edman, 68).
Además de su gran habilidad evangelizadora, Finney fue un académico que impulsó grandemente la instrucción y capacitación ministerial. En 1835 fue nombrado profesor de Teología Sistemática en la recien fundada Universidad de Oberlin en Ohio. En compañía del teólogo Asa Mahan, el primer presidente de esta institución, Finney estableció la llamada “Teología Oberlin”, en la que identificaba la así llamada segunda bendición del Espíritu como el bautismo en el Espíritu Santo. Ellos establecían esta experiencia como una habilitación sobrenatural del Espíritu para el servicio cristiano eficaz en vez de identificarla como un lavamiento del pecado original. Basándose en la narración de Hechos capítulo dos, Finney y su colega hacían clara alusión a la necesidad de ser llenos del poder del Espíritu Santo para ser testigos eficaces de Jesucristo, tal como lo fueron los apóstoles después de la experiencia de Pentecostés.
El legado de Carlos Finney es sin duda uno de los que más han dejado huella en las generaciones subsiguientes. Sus prácticas evangelísticas de avivamiento con reuniones masivas y profesiones públicas de fe fueron adoptadas rápidamente por el movimiento de Santidad y más tarde por las reuniones multitudinarias del movimiento pentecostal. Estas singulares “técnicas” llevadas a cabo bajo la genuina unción que caracterizó a Finney, aunadas a su aportación teológica acerca del bautismo en el Espíritu Santo, fueron sin duda los elementos más poderosos de preparación que impactarían a la generación que experimentaría el poderoso mover pentecostal del Siglo XX.
Roberto Torres es director del Instituto Bíblico Estandarte para las Naciones.
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