Transformar es hacer cambiar de forma a alguien o algo. En el caso de los seres humanos, el único que puede lograr cambio en una persona es Dios. Podremos influir, inducir, concienciar, etcétera, pero finalmente, el que provoca el cambio de naturaleza es Él. Muchos de nosotros estamos cansados de ser de una o de otra forma, nos caemos mal a nosotros mismos, y hay cosas que están tan arraigadas en nosotros al grado de prevalecer e impulsarnos a lo que no queremos. El apóstol Pablo lo expresó de la siguiente forma: Así que, queriendo yo hacer el bien, hallo esta ley: que el mal está en mí (Romanos 7:21).
Él identifica que algo sucedió durante su vida, lo cual le afectó en lo profundo de su ser. Estos sucesos están tan pegados y ligados a él de tal forma que lo controlaban e impulsaban a hacer cosas contrarias a la voluntad de Dios poniendo en riesgo su integridad física, emocional y espiritual. Pablo no dijo, que lo librarían de esto los psicólogos o los que tienen algún conocimiento del comportamiento humano, que en un momento determinado ayudan un poco... Él dijo que el único que lo podía librar de esas inclinaciones es Jesucristo.
¡Miserable de mí! ¿Quién me librará de este cuerpo de muerte? Gracias doy a Dios, por Jesucristo Señor nuestro. Así que, yo mismo con la mente sirvo a la ley de Dios, mas con la carne a la ley del pecado (Romanos 7:24-25).
1. El evangelio es transformación.
Todo lo anterior está muy bien, ¿pero que de las cosas que arrastramos y están allí dentro de nosotros? Nos pueden destruir o desviar de nuestro propósito eterno. ¿Qué haremos?
También Pablo nos da luz acerca de estas luchas; nos indica con precisión dónde están localizadas y de qué forma quieren prevalecer y dominar nuestras vidas.
No os conforméis a este siglo, sino transformaos por medio de la renovación de vuestro entendimiento, para que comprobéis cuál sea la buena voluntad de Dios, agradable y perfecta (Romanos 12: 2).
Nuestra naturaleza mala y las corrientes de pensamiento del mundo, por cierto contrarias a Dios, se encuentran y nos presionan para que tomemos el molde o la forma mundana, terrenal, mediocre, etc. Aquí es donde tenemos que luchar con todas nuestras fuerzas, pues Dios nos dice que no nos conformemos, no nos dejemos atrapar, y no adoptemos este molde o forma. Escapemos pronto, y transformémonos, cambiemos, seamos otros; podemos hacerlo.
¿Cómo? Por medio de la renovación de nuestro entendimiento. Esta transformación ejecutada por el evangelio (las buenas noticias) es muy poderosa, logra lo que ninguna especialidad o disciplina puede alcanzar. Da inicio con una activación espiritual (nacer en el espíritu) y continúa con el poder de Dios rompiendo estructuras, sanando heridas y haciéndonos libres de ataduras o influencias diabólicas ubicadas en nuestro entendimiento, esto es la mente. Este proceso se realiza durante todos los años que caminamos con Jesucristo hasta que lleguemos a su presencia. Estas cosas que traemos influencian activamente las tres partes de nuestro ser: espíritu, alma y cuerpo, pero la renovación de Dios impacta y toca también estas tres partes.
2. Transformación de los discípulos.
Los discípulos son ejemplos vivientes del proceso de transformación que Dios realiza en personas capaces de obedecer y ser fieles con Él.
a. Pedro: Desde entonces comenzó Jesús a predicar, y a decir: Arrepentíos, porque el Reino de los Cielos se ha acercado. Andando Jesús junto al mar de Galilea, vio a dos hermanos, Simón, llamado Pedro, y Andrés su hermano, que echaban la red en el mar; porque eran pescadores. Y les dijo: Venid en pos de Mí, y os haré pescadores de hombres. Ellos entonces, dejando al instante las redes, le siguieron (Mateo 4:17).
¡Qué extraordinario! Desde el mismo momento en que son invitados Jesús les da una palabra profética poderosa, pues les cambiaría de profesión, de pescadores de peces a pescadores de hombres. Estas dos actividades son totalmente diferentes, pero para lograrlo, Jesús se estaba comprometiendo a realizar en ellos un proceso de transformación hasta dejar listos a Pedro y Andrés para su nueva actividad. Por supuesto, este proceso incluía romper todas las estructuras mentales y espirituales ubicadas en el entendimiento, la mente, de los dos prospectos. A lo largo de los evangelios vemos claramente como fueron tratadas estas estructuras. El personaje que visualizamos con mayor claridad en esta nueva actividad es a Pedro, porque lo vemos en acción en Hechos 2:14: Entonces Pedro, poniéndose en pie con los once, alzó la voz y les habló diciendo: Varones judíos, y todos los que habitáis en Jerusalén, esto os sea notorio, y oíd mis palabras.
Jesús cumple lo que promete; Él lo hará también con nosotros. Tengamos confianza, creámosle.
b. Hijos del trueno: Después subió al monte, y llamó a Sí a los que Él quiso; y vinieron a Él. Y estableció a doce, para que estuviesen con Él, y para enviarlos a predicar, y que tuviesen autoridad para sanar enfermedades y para echar fuera demonios: a Simón, a quien puso por sobrenombre Pedro; a Jacobo hijo de Zebedeo, y a Juan hermano de Jacobo, a quienes apellidó Boanerges, esto es, Hijos del trueno... (Marcos 3:13-17).
Al parecer Jacobo y Juan eran muy explosivos, tenían problemas severos para tener dominio propio sobre su naturaleza. El proceso que llevaron, igual que los demás, fue el de estar expuestos todos los días, durante 3 años, a la palabra de Jesús, a las buenas nuevas.
Porque la palabra de Dios es viva y eficaz, y más cortante que toda espada de dos filos; y penetra hasta partir el alma y el espíritu, las coyunturas y los tuétanos, y discierne los pensamientos y las intenciones del corazón (Hebreos 4:12).
La Palabra transformó su carácter, los conformó de acuerdo a la voluntad de Dios. Jesús puso su huella y su sello para que alcanzarán su propósito en la Tierra y fuesen felices.
Volviéndose Pedro, vio que les seguía el discípulo a quien amaba Jesús, el mismo que en la cena se había recostado al lado de Él, y le había dicho: Señor, ¿quién es el que te ha de entregar? Éste es el discípulo que da testimonio de estas cosas, y escribió estas cosas; y sabemos que su testimonio es verdadero (Juan 21:20, 24).
Concluyendo estas reflexiones puedo recomendar lo siguiente:
1. Identifiquemos si hay algún aspecto de nuestra vida que no hemos superado durante el tiempo que hemos caminado con Jesús.
2. No nos dejemos atrapar por eso, luchemos en contra.
3. Comamos la Palabra abundantemente, pues tiene el poder para librarle.
4. Busquemos a un pastor para que nos ayude a luchar
5. No perdamos el llamado, luchemos para alcanzarlo, transformémonos día a día.
Hasta la próxima.
Comentarios: correo@salvemoslafamilia.org
Francisco Plácido Ramírez Reyes es director de Fundación “Salvemos la Familia”, A. C.
©2008. AMÉRICA NUEVA. MÉXICO.