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Vestuario y calzado nuevo
         




 
 

Desperté de madrugada pensando en aquella invitación que me habían hecho; tenía que ir muy elegante de acuerdo a la ocasión, porque esta invitación no era cualquier cosa: era una invitación para ministrar la alabanza. Tenía que prepararme en todos los aspectos. Esto incluía también la manera en cómo iba a ir vestida. No tenía ropa tan elegante, así que puse mis necesidades en las manos del Señor.
Primeramente le pedí que usara mi vida para poder ministrar en aquel lugar, y segundo, que proveyera lo necesario para que pudiera ir lo mejor posible, ¡porque no me iba a ir en chanclas!
Pasaron los días y se acercaba la fecha de la invitación. Yo estaba emocionada y feliz; sin embargo, Dios tenía preparado un mejor vestuario para mí. Sabemos que Él va siempre más allá, y siempre piensa en grande. Recuerdo que le decía en oración: “¿Sabes, Señor? Te pido, por favor, ropa nueva y zapatos nuevos”. Entonces, sentía la mirada de Dios, mientras una voz que hablaba a mi corazón me repetía clara y firmemente: “Sí, necesitas ropa nueva y zapatos nuevos”. Es entonces cuando respondí: “¡Ah, qué comprensivo es mi Dios!”. Sin embargo, mientras yo hablaba de ropa y zapatos materiales, Dios hablaba de un vestuario y unos zapatos espirituales.
Él quería que yo fuera con algo más excelente dentro de mí. Quería que estrenara el vestido espiritual, que muchas veces se desgasta con el trascurso del tiempo por las luchas y pruebas que solemos vivir. Comenzamos en el camino del Señor con vestidos de realeza y terminamos caminando con ropa de indigente, rota, sucia y remendada; es por eso que necesitamos ser renovados en nuestro interior y embellecidos día a día.
Al igual que nuestra ropa, nuestros zapatos también se desgastan al pasar por el crudo desierto de las circunstancias y por lo difícil del camino. Si en un inicio llevábamos zapatos boleados y brillantes, ahora los tenemos rotos y llenos de arena del desierto.
No podemos seguir caminando con tanta arena en los zapatos, pues al caminar nos lastima y nos estorba. Tenemos que emplear aquella frase de: “Renovarse o morir”, porque lo mejor de nosotros se está marchitando y desgastando. Más aún: si estamos caminando por el desierto de las pruebas, donde las temperaturas son extremas, pues de día hay un intenso calor y de noche un excesivo frío, y si no estamos vestidos con la ropa adecuada, no saldremos bien librados de la prueba; tenemos que avanzar para crecer.
Sólo el que está vestido con la ropa espiritual adecuada puede salir bien librado y tener el coraje de salir victorioso, pero, ¿quién podrá darnos aquel vestido que necesitamos?
Sólo Jesucristo puede darnos vestidos renovados para que sigamos caminando; vestidos limpios. La ropa exterior se lava con agua y jabón, pero la ropa interior, o sea, el corazón, se lava con la sangre de Jesucristo. Porque Jesús ama la limpieza, y la limpieza y pureza de nuestros vestidos significa santidad. Esto es más importante que las cosas materiales o los desfiles de modas. En Marcos 9:3 dice: Y sus vestidos se volvieron resplandecientes, muy blancos, como la nieve, tanto que ningún lavador en la Tierra los puede hacer tan blancos”.
Jesús quiere que nos vistamos de santidad, de limpieza; que nuestra vestimenta no esté manchada de pecados ocultos ni de inmundicia; tampoco de odio ni rencor. Desea que donde quiera que nos paremos resplandezcamos, y que en todo tiempo nuestros vestidos sean blancos, y no negros ni grises. Que cada día caminemos con Él en un sendero de integridad, sin tener doble cara, lavando nuestra ropa espiritual (el corazón), con la preciosa sangre de Jesús.
Finalmente, llego el día de mi invitación, y quiero decirte que Dios me dio el mejor vestuario que pudiera llevar cualquier mortal: quiso que vistiera de santidad. Dice en su Palabra: “Sed santos, porque Yo soy santo”. Ninguna marca de ropa se comparó siquiera con la que yo llevaba puesta en aquel día, y ningún diseñador europeo podría copiarle a Jesucristo aquel diseño, porque Dios tiene el diseño perfecto para nosotros. Esto incluye una vida totalmente renovada.
Y… bueno, com respecto a mi vestuario exterior déjame decirte que fue de lo más convencional que hay. No me pude comprar nada. Me puse una falda y una blusa que me prestó mi prima a última hora, y unos zapatos que boleados lucían bien.
Dios quiere que dejemos lo superficial y vayamos mas allá, experimentando una existencia más profunda y sincera con Él.
Ya para terminar, la moraleja de todo esto es que, si tienes dinero para comprarte ropa, ¡qué padre! Pero si no, no te preocupes, pues el mundo no se acaba. Recuerda que Dios tiene un armario lleno con las cosas más excelentes para nuestra vida.
¡Escoge hoy tu ropa y tus zapatos nuevos!