Al formarnos, Dios depositó dentro de nosotros valores elevados que nos capacitan para vivir con un comportamiento conforme al suyo. Una fuerte herramienta para lograrlo es la voluntad (libre albedrío).
La voluntad es aquella característica que nos diferencia de los demás géneros dentro de la Creación, pues nadie más que el hombre la tiene.
La voluntad no es solamente la capacidad de tomar decisiones para ver qué es lo que haremos o dejaremos de hacer, sino una de las cualidades que nos hacen conforme a su semejanza; es decir, parecidos a Él.
Todo lo que existe se debe a su voluntad, Efesios 1:11 dice: En Él asimismo tuvimos herencia, habiendo sido predestinados conforme al propósito del que hace todas las cosas según el designio de su voluntad.
Cuando Dios depositó en el hombre esta capacidad, definitivamente estableció que la voluntad nos llevaría hacia Él; es decir, que una de las razones por las que nos diseñó de esta manera es porque quería hacernos totalmente capaces, al igual que Él, de generar cosas buenas, útiles, favorables y de beneficio para nosotros y quienes nos rodean.
En el Génesis, cuando Dios habla a Adán y Eva, les marca una referencia de lo que debían y no debían hacer, y esa información, de alguna manera, activó la voluntad de ellos, al mismo tiempo que les generó una enorme responsabilidad sobre sus acciones.
Durante algún tiempo (quizá años) ellos ejercitaron esa voluntad para hacer las cosas conforme el Señor había dicho, y pudieron disfrutar, no solamente de lo que tenían a su alrededor, sino de una libertad y pureza del alma que además de mantenerles en una relación óptima entre ellos, les permitía desarrollar una intimidad con Dios y vivir dentro de un conocimiento de Él sin límites.
Mientras ellos ocupaban su voluntad conforme a la semejanza que tenían con el Creador, podían disfrutar de un ambiente ininterrumpido de revelación por parte del Espíritu y el deleite de su presencia era lo que daba esencia a su existencia. No parece que vivieran algo mágico o surrealista, pues trabajaban y tenían diversas responsabilidades.
Al igual que a ellos, la voluntad se nos fue otorgada para vivir ejercitando nuestra semejanza con Dios, y producir cosas buenas en todo lo que hacemos; sin embargo, en el huerto sucede algo que deteriora nuestro entorno. El ser humano decide subyugar su voluntad, ya no al deseo de Dios, sino a su instinto.
El instinto en el ser humano es el impulso interior que opera independientemente de la reflexión.
El instinto es generado en el alma, que es la parte natural del hombre, y que actúa en función a las emociones, impresiones o pensamientos de la naturaleza humana. Al igual que la voluntad, el instinto fue diseñado por Dios, pero esta característica no es única del género humano, y además en nada nos asemeja a Él.
Una persona que actúa por instinto, es aquella que, al momento de ser invadida por alguna emoción, influencia o pensamiento, inmediatamente desarrolla un comportamiento impulsado por la situación, generando, por ejemplo, reacciones de ira, gritos, agresión física o verbal, depresiones, homicidios, suicidios y toda clase de delitos según se le permita al instinto tomar el control.
Cualquier persona que desconoce las normas de Dios y la forma de operar de la voluntad, generalmente vive solamente por su instinto, y por lo general, en un estado de inestabilidad y descontrol alarmante, pues normalmente, justo después de haber tenido una reacción instintiva, se da cuenta del mal que ha ocasionado y lamenta haber actuado de esa manera; sin embargo, en la siguiente ocasión comete exactamente el mismo error.
Es importante enfatizar que esto sucede no solamente por el deterioro en aumento del carácter y valor moral de dicha persona, sino porque todos los seres humanos (cristianos o no) tenemos dentro esa capacidad de desarrollar en forma positiva nuestra voluntad, y cuando alguien no lo puede hacer, vive completamente fuera del diseño, y por ende, fuera de control.
Por lo general, esta clase de personas trata siempre de justificar sus acciones, ya sea culpando a los demás, argumentando razones “de peso” para actuar así, o incluso pueden generar corrientes o filosofías que aparentemente les hagan sentir que es razonable o correcto lo que hacen.
Solamente una persona que actúa por instinto es capaz de practicar o aprobar un aborto, avalar una relación homosexual o aceptar que existen razones para matar a un semejante. Sin embargo, estas personas siempre saben en su interior que algo anda mal, por eso hacen tanto énfasis en que su comportamiento se vea como algo “normal”.
Es probable que haya personas que han escuchado de la Palabra de Dios, e incluso han pedido en forma genuina que el Señor venga a reinar en su vida, pero todavía actúan por instinto la mayoría de las veces; esto se debe a que, si bien el Espíritu Santo mora en nosotros, no hemos dejado que Él señoree en todas las áreas de nuestra vida.
Como hijos de Dios seguimos teniendo toda la libertad para manejar nuestra voluntad, pues es algo que el Señor jamás controlará; no obstante, necesitamos aprender que esa enorme facultad para tomar decisiones nos compromete fuertemente a vivir de acuerdo a los principios de Él. Una persona nacida de nuevo puede ocupar su voluntad para manifestar su semejanza con la de Dios, para edificar, para generar vida en otros, para guardar la unidad, para servir y honrar a sus semejantes, para obedecer los mandatos de la Palabra. Si así lo hacemos, jamás reaccionaremos por instinto, es decir, sin reflexionar. Se dice por ahí que un cristiano no se conoce por sus acciones, sino por sus reacciones.
Bill Johnson dice que lo único que tenemos que hacer es esforzarnos por obedecer en todo al Señor; Él hace el resto.
Cuando Eva decidió actuar por instinto (sin reflexionar en los mandatos de Dios) perdió de vista todo aquello que antes le había llenado de satisfacción, trasladándose de ser semejante al Señor a una condición inferior, perdiendo toda la capacidad de actuar responsablemente y con sabiduría, desechando de su ADN espiritual la facultad de disfrutar de todo cuanto tenía, eliminando de sí misma la habilidad de tener relaciones favorables con los demás, arruinando su oportunidad de enriquecer la Creación con todo lo que ella podía generar y sobre todo, estropeando su intimidad con Dios y adquiriendo una terrible ceguera que le impediría seguir conociendo más de Él en forma natural como lo había hecho hasta entonces.
De igual manera, cualquier persona que, pese a que puede tener al Espíritu Santo, y juntamente con Él toda la capacidad para conocerle cada día más, para vivir dentro de su voluntad, para disfrutar de lo que Él otorga y para recibir aún mucho más del Padre, decide vivir y actuar bajo el instinto, está desechando su semejanza con Cristo para convertirse en un ser inferior que jamás encontrará la satisfacción ni la plenitud en nada a su alrededor.
Cada uno de nosotros escoge su estilo de vida de acuerdo con las decisiones que día a día se van tomando. La voluntad es un don poderoso, pues por medio de él determinamos la dirección de nuestra vida en la Tierra y en la eternidad, además de determinar obtener o no las promesas de Dios, entre otras cosas. Es por medio de la voluntad que podremos levantarnos y mostrar a los demás que hay un Dios real y poderoso.
Una persona que permite que Jesús sea su rey es aquella que entrega su voluntad a la de Él, que antes de actuar reflexiona, y entonces reacciona de acuerdo al diseño de Aquél que le creó.
Poner bajo su gobierno la totalidad de la voluntad genera el carácter de Cristo dentro del hombre.
Puede que hoy sea un buen momento para meditar y decidir vivir, ya sea por la voluntad o por el instinto.
Adriana Jaramillo, junto a su esposo Rodolfo, es líder de adolescentes en Amistad de Puebla, A. C.
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