En el número anterior habíamos manifestado que el principal propósito de Becker era el evangelismo. Dedicaba los fines de semana a visitar aldeas, llevaba el mensaje de salvación aun sin tener una preparación bíblica formal y menos de mentor. Sin embargo, contaba las historias de la Biblia en un contexto africano, elaborando dibujos toscos que reemplazaron a los cuadros pictóricos que venían de Norteamérica. Llegó a mimeografiarlos para poder repartir sus dibujos entre los oyentes que asistían a la escuela dominical. Los asistentes mismos evangelizaban a otros partir de estos dibujos.
En cierta ocasión, al llegar a una aldea aislada, observó que había un grupo reunido, y en medio de él encontró a un solado congolés analfabeto que compartía las Buenas Nuevas utilizando las mismas láminas que Becker, un mes antes, le había dado.
“Tal vez el Señor no me ha dado habilidades pictóricas, técnicas, de manejo adecuado de las manos. Sin embargo, me ha dado su Gracia, para que con un pequeño esfuerzo pueda realizar algo tan sencillo y fácil como lo es un dibujo. Tal vez todo ‘torcido’, ‘chueco’, ‘simple’, pero que a través de ese pedazo de papel, los que no conocen al Señor, puedan aprender a ver su magnificencia, su majestad, su amor, su poder”.
Becker se preocupaba porque la mayor parte de su tiempo era consumido en las necesidades físicas y no en las necesidades espirituales de la gente. Con frecuencia se preguntaba: “¿Cuál es el valor espiritual de todo esto?”.
Fue dándose cuenta de que sí había valor espiritual en su vida médica. Vio que lo que hacía era un completo ministerio misionero, porque tenía la oportunidad de evangelizar en masa, pues venían africanos de muchas partes para ser atendidos médicamente, y Becker aprovechaba para predicarles el Evangelio.
El Señor permitió a muchos la oportunidad de conocer a un misionero que fue enviado a un lugar distante de su país para apoyar una obra, y recordar que este misionero lo que anhelaba era predicar, enseñar la Palabra, hacer grandes reuniones de gente para darles a conocer el mensaje de salvación. Sin embargo lo que tuvo que llegar a hacer fue cargar, repartir, limpiar, recoger... Trabajo, trabajo y más trabajo.
Las personas que continuaron la labor de Becker pudieron no entender la obra que él realizaba y mucho menos aceptar que fueran a ese mismo lugar para hacer lo mismo. Sin embargo, después de ver el trabajo de ese médico pudieron percibir que “preparó el camino” para que ahora ellas pudieran conquistar para Cristo a miles de africanos.
En una gran mayoría de casos, las misiones médicas prepararon el camino para la evangelización de tribus, que de otra manera, hubiera sido difícil alcanzar. Un ejemplo palpable de esto fueron los pigmeos de la selva de Ituri, que fueron discriminados por otros africanos y decidieron aislarse en lo profundo de la selva para separarse de todos los demás. La necesidad de servicios médicos venció su aislamiento y poco a poco confiaron en los misioneros, convirtiéndose al Cristianismo muchos de la tribu.
Los leprosos fueron otro caso de personas aisladas que recibieron el amor y el cuidado del médico Becker y ayudantes, quienes les dieron un nuevo sentido de dignidad y por millares se convirtieron a Cristo.
Becker atendía toda clase de enfermedades y heridas; sin embargo se preocupaba más por el problema de la lepra y la sometía a investigación para descubrir la manera de encontrar un remedio para ella. Miles de leprosos acudían a él y aproximadamente a principios de la década de los cincuenta atendía a unos cuatro mil pacientes que vivían en una leprosería de cuatrocientas hectáreas.
Como Becker era el único médico de Oicha, llegaba a efectuar hasta 4,000 intervenciones quirúrgicas y más de 500 partos por año; aun con todo ese trabajo, todavía se extendía a otras áreas de la medicina como la Psiquiatría. Había pacientes cuyos familiares pensaban que estaban poseídos por el demonio, pero con tratamiento psiquiátrico los sacaba adelante.
Fue el primero en utilizar en África oriental los electroshocks. A pesar de utilizar este tipo de tratamientos para quienes padecían trastornos mentales, estaba plenamente convencido de que el Evangelio del amor y la esperanza pueden terminar con la superstición y el temor.
Desafortunadamente en la década de los 60s, el nacionalismo en el Congo provocó que tuviera que salvar su vida saliendo de ese lugar, puesto que los guerrilleros querían asesinarlo. Se despidió de sus colaboradores africanos y salió con su esposa, tres enfermeras y un compañero joven hacia África oriental, en donde permanecieron hasta que la situación política del Congo permitió su regreso.
Para los Becker África era su hogar, y no les gustaba permanecer fuera de ella tanto tiempo; deseaban regresar pronto, y aunque regresaron en 1966, él sufrió tres ataques cardíacos, así que le fue pedido que descansara, pero él contestaba: “Si este fuera mi último día sobre la Tierra, ciertamente no quiero pasarlo en cama”.
Cuando regresó al Congo encontró que los rebeldes habían destrozado la clínica y los elementos necesarios más importantes.
Cumplidos los ochenta y tres años de edad, Becker decidió jubilarse y regresar a los Estados Unidos. Antes de esto, desarrolló un centro médico evangélico interdenomicional, con un hospital y una escuela preparatoria para los lugareños. Al retirarse recibió tributos, pero el más importante de ellos fue expresado por un africano estudiante de medicina, que declaró: “Muchos misioneros me habían predicado a Jesucristo, y muchos me habían enseñado de Jesucristo, pero en el manganga (Becker) yo he visto a Jesucristo”.
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