África ha sido el continente más favorecido con la contribución médica misionera.
Una gran lista de médicos cristianos han engrosado las filas de misioneros evangelistas que han entregado su vida en este país. David Livingstone, Alberto Schweitzer, Elena Roseveare, Pablo Carlson y Malcolm Forsberg son ejemplo del trabajo realizado en ese lugar. Hubo gente menos prominente como P. Stirratt, de la Misión del Interior del Sudán, que fue aceptado de mala gana, porque se consideraba inaceptable su edad de treinta y ocho años.
La condición por la cual fue aceptado es haber donado sus propiedades a la misión y pagar su pasaje. Sin embargo fue fiel sirviendo durante más de cuarenta años como supervisor de los dispensarios médicos. El mismo trató a millares de pacientes durante toda su vida. Al leer esta reseña histórica, considerar menos prominente a este hombre, desmerita su esfuerzo, sacrificio, y sobre todo, su amor por el Señor y por África.
Yo esperaría ver en cada historia que se imprime una equidad en cuanto al reconocimiento de todo aquel que entrega su vida para servir al Señor: Respondió Jesús y dijo : De cierto les digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de Mí y del Evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna. Pero muchos primeros serán postreros, y los postreros, primeros (Marcos 10:29-31).
Alguien digno de mencionar por su participación profesional mejorando las salud de los africanos es al Dr. Carlos Becker. Inició sus estudios de medicina hasta los veintidós años de edad, pues antes tuvo que trabajar en una fundición para sostener a su mamá viuda y a una hermana. Ahorró cien dólares para poder estudiar la carrera de medicina y aliviar con ello su situación económica. La Primera Guerra Mundial le permitió ingresar al Cuerpo Médico de los Estados Unidos, lo cual le proporcionó techo, comida y matricula gratis, además de un modesto salario.
Becker se casó con María, joven cristiana que había conocido en una reunión social de la Iglesia, y antes de unirse en matrimonio, Carlos le comentó que él había prometido consagrar su vida en servir al Señor. “Yo no sé si tengo que ir a China o al África como misionero o qué, pero Él tiene derecho sobre mi vida”. Sin embargo, al ir creciendo su prestigio como médico, la promesa a Dios fue quedando en el olvido.
Carlos Hurlburt, de la Misión Interior del África, solicitó el apoyo de Becker, pues la nuera de Hurlburt, médica que había trabajado en el Congo, falleció repentinamente, por lo que buscaba urgentemente otro médico que la supliera. Becker pretextó que no podía ir porque debía cuidar a su madre. Sin embargo, en el verano de 1928 se embarca con su esposa hacia el África.
Al llegar al Congo trabajó en un lugar llamado Katwa y luego reemplazó a un médico en un lugar llamado Aba en un hospital bien establecido. En 1934 fue a una estación misionera de Oicha en un espesa jungla de Ituri, para trabajar entre los pigmeos. En este lugar Becker levantó un centro médico suficiente para satisfacer las necesidades de las tribus africanas, tan sólo con su sueldo mensual de sesenta dólares. Llegaban a atender hasta 200 pacientes diarios. A través de este ministerio fueron convirtiendo a muchos africanos al Cristianismo, librándolos así mismo del poder que los brujos tenían sobre ellos.
El evangelismo era el principal propósito del Dr. Becker y los fines de semana los dedicaba a visitar las aldeas (Señor da a cada uno de tus siervos este denuedo por llevar tu Palabra a cada rincón del mundo; porque dejamos a nuestra carne la “comodidad” del descanso, porque sólo somos “siervos inútiles” y resistimos para ir mas allá, para alcanzar a todos aquellos que se están perdiendo. Pensar en el esfuerzo físico, mental e incluso espiritual que se realiza durante toda la semana y entregarse a trabajar en la obra del Señor los fines de semana es realmente algo digno de encomio, respeto y de tomarse en cuenta, para imitarlo): Los que confían en el Señor nuevas fuerzas tendrán, levantarán alas como las águilas, caminarán y no se cansarán, correrán y no se fatigarán (Isaías 40:31).
Leyendo las sorprendentes historias de estos hombres de Dios, me pregunto: ¿Realmente estoy haciendo la voluntad de Dios? ¿Hay en mi corazón un genuino deseo de servirle? ¿Podría dejar atrás la conveniencia de mis pensamientos, para entregar mi vida y mi tiempo a servirle al Señor, cumpliendo el llamado que Él me ha hecho? ¿Verdaderamente estoy cumpliendo la misión a la que fui llamado?
©2008. AMÉRICA NUEVA, MÉXICO.