Artículo
 
 
Confiando en Dios como un niño
         






 
 

Hace unos días miraba con detenimiento un grupo de niños que jugaba despreocupadamente en el patio de mi casa. Veía que la expresión de su mirada era brillante totalmente transparente y desinteresada, sin malicia alguna.
También observaba que cualquier cosa que ocurría a su alrededor era de asombro y sorpresa; si pasaba volando un avión o si alguien de ellos, jugando, se caía, todo les sorprendía, porque sonreír para ellos era tan fácil, mayormente cuando les dije que tenía un chocolate para cada uno.
Esto les alegró tanto como si les estuviera dando un enorme regalo; son tan agradecidos, que no se complican la vida y viven con sencillez cada momento. Por cierto, si promentemos algo a un niño, tenemos que cumplirlo, porque ellos todo lo esperan y no se olvidan de las promesas que les hacemos. Aunque pasen los días, tienen presente lo que les prometimos.
No sé si tú también has tenido la oportunidad de observarlos y no sé cuántos de ustedes recuerden esa etapa de su niñez. Independientemente de cómo haya sido, ahora de jóvenes, o de adultos, sé que muchas cosas han cambiado en nuestra vidas, y no somos ni la sombra de lo que fuimos, porque la ingenuidad, la sencillez y aquella capacidad de asombro la hemos perdido totalmente.
Lucas 18:17 dice: De cierto os digo, que el que no recibe el Reino de Dios como un niño, no entrará en él”. Este punto es muy importante, porque Dios quiere enseñarnos que, aunque hemos crecido físicamente, quiere que tengamos el corazón y la mentalidad fresca de un niño. Claro no me malinterpreten, no quiero decir que nos comportemos con inmadurez, sino con pureza, y que busquemos la presencia del Señor con el mismo hambre con que un niño recién nacido busca a su madre.
Hace tiempo vi una película de una oruga que hablaba con Dios. Me pareció muy interesante, porque la oruga por las noches se subía a una flor a platicar con Él para exponerle sus necesidades. Cuando la oruga iniciaba su plática le decía: “¡Hola Dios. Qué tal!”, con gran naturalidad como si platicara con un gran amigo (de hecho Jesús lo es). La oruga, cuando comenzaba a orar, dirigía su mirada hacia el Cielo y mostraba una expresión total de dependencia esperando la respuesta de Dios.
¿Sabes? Quizás sea un ejemplo muy simple y a la vez profundo, pero debemos ser así como ese pequeño ejemplo de la oruga. Jesús quiere que dependamos de Él totalmente, y que creamos en lo que nos ha prometido, porque los problemas de nuestra vida diaria nos hacen perder la fe con mucha facilidad. A causa de esto nos encontramos amargados todo el tiempo, sin disfrutar de cada día que Dios con tanto amor nos da.
Para nosotros amanece y anochece sin pena ni gloria; es un día y otro más, y parece que nos pesa vivir. Las horas se nos hacen tan largas y en ocasiones tan cortas; nuestras preocupaciones no nos dejan dormir,; el montón de deudas nos está matando. Sin embargo, Jesús quiere que hagamos un alto en nuestra vida, que comencemos a valorar todo aquello que tenemos, y que no nos hemos dado cuenta, y dejemos de buscar todo aquello que no tenemos, que ha hecho que nuestra vida se apague.
A veces, lo que deseamos no lo podemos alcanzar y menospreciamos todo lo hermoso que Dios nos ha dado y ha puesto en nuestras manos. Por ejemplo: es probable que nos desesperemos porque no tenemos trabajo, porque no tenemos novia o novio, no tenemos dinero, no tenemos un carro, miles de cosas. Sin embargo, lo más importante lo tenemos a nuestro lado y no nos hemos dado cuenta: es Jesús quien está al lado nuestro; tenemos vida, salud, un hogar donde llegar, un plato de comida, un nuevo día que Él nos da para enmendar nuestros errores.
Volvamos a nuestro origen sencillo como cuando éramos pequeños; veamos el futuro con esperanza y fe, lejos de toda malicia. Dejemos a un lado ese orgullo y arrogancia; desechemos la avaricia que nos está alejando de Dios para que podamos percibir con más claridad su presencia. Si nos equivocamos volvamos a empezar; aun podemos recibir el Reino de Dios como ese niño. Cambia tu mentalidad; esa es la actitud que Jesús quiere que tomemos.
¡Levantémonos, abracemos la vida! ¡Vivamos con amor cada minuto! Levantemos nuestra mirada hacia el Cielo, pidámosle a Jesús que transforme nuestro ser. Olvidemos el pasado, dirijámonos hacia lo que tenemos delante. Podemos empezar de nuevo... recordemos que nada está perdido. Esperemos en Dios como un niño destetado que espera en su madre.
El Salmo 131:1-3 dice: Jehová no se ha envanecido mi corazón, ni mis ojos se enaltecieron; ni anduve en grandezas, ni en cosas demasiado sublimes para mí. En verdad me he comportado y he acallado mi alma como un niño destetado de su madre; como un niño destetado está mi alma. Espera, oh Israel, en Jehová desde ahora y para siempre.

No olvidemos sus promesas, ¡volvamos a sonreír!

© 2008. AMÉRICA NUEVA. MÉXICO.