Hace algún tiempo me encontré con un texto que aparecía en uno de los libros de mis alumnos para cubrir la habilidad de comprensión de lectura.
Esta narración fue bastante impactante para mí, pues en resumen trataba de un chico casi adulto cuyo padre gozaba de una excelente situación financiera. A pesar de contar con un hogar y todos los beneficios materiales, un hermoso día de verano el chico se rebela y huye de su casa, con el afán principal de demostrarle a sus padres que se puede vivir bien sin necesidad de tantos recursos.
Con solamente una tienda de campaña y unos cuantos artículos de primera necesidad, el joven se instala en un paraje deshabitado tal como un ermitaño, decidido a no volver a saber de nadie. Meses después, y tras una intensa búsqueda, encontraron su cadáver y lo enviaron de regreso a casa. La autopsia había revelado muerte por ingerir plantas venenosas. No sé si ésta fue una historia verídica o no, pero los finales tristes me dejan casi siempre un halo de tristeza.
Este caso me hace recordar la rebeldía innata con la que nacemos, así como esa actitud aventurera de voltear hacia donde no debemos, bajo el pretexto de gozar de libertad y hacer uso de nuestro libre albedrío, pero haciendo a un lado el raciocinio para discernir que no todo lo que nos rodea es benéfico. ¿Pero cómo se le ocurrió a este hombre pensar que podría sobrevivir en un mundo aislado, fuera de una sociedad a la que todos nos debemos? Su decisión lo llevó a la muerte, pero me pregunto ahora cómo armó ese criterio o con base en qué concibió ese proyecto de vida.
El gran desarrollo de la tecnología en las comunicaciones ha permitido que podamos enterarnos y saber de opiniones de gente de distintas nacionalidades alrededor del mundo, llámense cantantes, actores, deportistas, escritores, etc.
En la última década ha aparecido, por ejemplo, una cantidad considerable de escritores que parecen haber encontrado la fuente inagotable de recursos para vender miles de copias. Vemos cómo se convierten en best-sellers, por ejemplo, libros que mezclan datos verídicos con estrambóticas fantasías, explotando así nuestra ignorancia sobre el tema y la actitud enfermiza hacia lo desconocido, dando lugar consciente o inconscientemente a ideas muy apartadas de la realidad y de la sana lógica.
Sin tomarnos la molestia de investigar si lo que leemos o vemos es auténtico o no, se fomenta pues, el placer insano de la crítica destructiva hacia la moral, hacia el civismo y hacia las mismas bases de nuestra sociedad, que aunque diste de ser perfecta, merece nuestra adhesión porque somos parte de ella. Entre esta gama de instituciones arteramente atacadas, la doctrina cristiana parece ser el blanco perfecto de esta batalla. Con base en que la ciencia está peleada con nuestro Creador, muchos científicos ateos no se dan por vencidos y siguen buscando la forma de demostrar que el Universo se formó de la nada. Me acabo de encontrar por ejemplo, en un periódico de gran circulación local, el anuncio del lanzamiento de un libro que invita al lector a “hurgar en lo desconocido para descubrir esas dimensiones invisibles que son tan reales como lo que palpamos”. Basado en los descubrimientos de la Física Cuántica, apoya la “búsqueda de la puerta a otros universos para una mejor comprensión de nuestra existencia”.
Al final de cuentas para los que hemos estudiado la Biblia, el libro de libros, descubrimos que no hay nada nuevo en esos planteamientos. Por supuesto que existen dimensiones llenas de todo tipo de espíritus invisibles a simple vista. Dios es Espíritu; y los que le adoran, en espíritu y en verdad es necesario que adoren (Juan 4:24).
Por más incrédulo que se sea, sabemos que lo que llevamos dentro es algo más que un montón de órganos. Ese hálito de vida que nos hace distintos de los animales le denominamos normalmente “espíritu humano”. Sin embargo, el hecho de que no contemos con mucha información precisa acerca de la naturaleza de nuestro espíritu y su entorno, no quiere decir que, malentendiendo la libertad, tengamos que averiguar y buscar a través de medios “científicos” que aparentemente son inofensivos.
Todas las cosas me son lícitas, mas no todas convienen; todas las cosas me son lícitas, mas yo no me dejaré dominar de ninguna (1 Corintios 6:12).
La libertad de nuestro pensamiento y espíritu está delimitada por nuestra propia esencia humana, misma que no puede acceder a misterios que solamente nuestro Creador puede encarar y descifrar, sin morir en el intento. Con todo, El nos ha dado a través de su hijo Jesucristo no solamente el regalo de vida eterna, sino la oportunidad de conocer en su momento las cosas que ahora desbordan nuestra capacidad intelectual. Antes bien, como está escrito: cosas que ojo no vio, ni oído oyó, ni ha subido en corazón de hombre, son las que Dios ha preparado para los que le aman. Pero Dios nos las reveló a nosotros por el Espíritu; porque el Espíritu todo lo escudriña, aun lo profundo de Dios (1 Corintios 2:9).
Lejos de considerarme una persona retrógrada, admiro los avances de la ciencia y tecnología modernas; sin embargo, los que hemos creído y aceptado a Jesucristo como nuestro Señor y Salvador, buscamos su guía como la de un padre amoroso que nos lleva de la mano por este mundo temporalmente, apartándonos de lo que nos puede dañar, y nos prepara paso a paso para su Reino eterno. Clama a Mí, y Yo te responderé; y te enseñaré cosas grandes y ocultas que tú no conoces (Jeremías 33:3).
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