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Dones y destino (1ª Parte)
         




 
 

Cada uno de nosotros tiene un destino escrito por Dios aun antes de nuestro nacimiento (Salmos 139:16). Ahora bien, el hombre tiene la facultad (por el libre albedrío) de escoger vivir en el destino que por gracia ya le fue preparado o de diseñar el propio. Cuando una persona opera conforme a su razonamiento, experiencia, capacidad humana, formación, costumbres o conceptos adquiridos puede formar su propio destino, sin embargo, por más logros o éxito que obtenga en su caminar, siempre quedará muy por debajo de lo que hubiera podido ser o lograr si hubiese alcanzado el destino que Dios le tenía preparado.
Hoy en día aun dentro de la comunidad de cristianos existen muchas personas que no pueden nunca encontrar el destino para el cual fueron especial y cuidadosamente diseñados debido a que, aunque tienen al Espíritu de Dios morando en ellos, viven con base a su propia prudencia.
Romanos 8:29-30 nos dice: Porque a los que Dios conoció de antemano, también los predestinó a ser transformados según la imagen de su Hijo, para que él sea el primogénito entre muchos hermanos. A los que predestinó, también los llamó; a los que llamó, también los justificó; y a los que justificó, también los glorificó.
Dios destinó al hombre para ser a su imagen, es decir con la capacidad de ser hecho conforme a la manera de ser de Jesucristo, y cuando el Espíritu Santo viene a nuestra vida, se deposita sobre nosotros una enorme gama de dones.
No solamente los dones del Padre, del Hijo y del Espíritu Santo como nos señala la Palabra, que por cierto serían más que suficientes, sino que, además de ello, Dios por Su Espíritu, ha concedido dones muy especiales en nosotros para que podamos vivir en la esencia misma de nuestro destino que es SU IMAGEN Y SEMEJANZA.
Mencionaremos en esta primera parte solamente dos de ellos:

EL DON DE LA GRACIA.
La palabra gracia es algo que muchas veces se mal entiende, pues creemos que gracia es una actitud permisiva de Dios por medio de la cual pasa por alto nuestros pecados y debido a que en la cruz todo fue perdonado, creemos que podemos vivir con ligereza.
O quizá también la palabra gracia no tiene un significado claro para nosotros y permanece como algo completamente neutral en nuestro cristianismo.
Si analizamos cuidadosamente la cultura del reino de Dios establecida en Mateo 5, 6 y 7 vamos a observar que Jesús (que vino a dar gracia y que es la gracia misma de Dios) estableció en el estilo de vida de los cristianos de ese tiempo, parámetros mucho más altos de los que se habían establecido en la ley de Moisés, y si ya es bien sabido que nadie pudo cumplir totalmente la ley; ¿cómo es que la gracia consiste en elevar esos estándares de vida?
Por ejemplo, la ley decía: “Ojo por ojo y diente por diente”. La gracia dice: “Si tu enemigo te pide, dale más allá de lo que necesite; ámalo, bendícelo. Perdona a cada persona que te dañe hasta 70 veces 7”. ¿Nos parece que la gracia que aquí se describe es: “Haz lo que quieras y yo te perdono”? ¡Por supuesto que no!
La gracia fue diseñada en primer lugar para derribar en el ser humano la costumbre innata de vivir alimentándose del árbol del conocimiento del bien y del mal (Génesis 2:16-17). Es decir, la naturaleza caída nos dice que si nos esforzamos y ponemos todo nuestro empeño lograremos ser buenos cristianos. La gracia nos coloca ante un estándar imposible de cumplir basados en la fuerza humana. Al colocar estos estándares, el corazón del hombre tenía forzosamente que reconocer que necesitaría de la intervención divina para vivir de esta manera.
Hoy como entonces, si queremos vivir en el destino que nos fue otorgado, debemos reconocer que es imposible para nuestra fuerza, razonamiento y propia prudencia, producir siquiera el más mínimo cambio en nuestra forma de ser, y que necesitamos absolutamente de la gracia para alcanzarlo. Entonces… ¿qué es la gracia?
La gracia es el poder de Dios que puede operar en nosotros para producir un cambio y además mantenerlo como algo ya permanente en nuestro interior.
Toda persona que tiene dentro de sí al Espíritu Santo, tiene la gracia en operación, lo único que se requiere es permitir que LA GRACIA haga los cambios y entonces podremos vivir siendo cada día transformados conformes a la imagen de Su Hijo (Romanos 8:29).
La vida cristiana sólo pude vivirse en plenitud por medio de la gracia.
San Agustín oraba : “¡Dame la gracia, oh Señor, de hacer lo que has ordenado y ordéname hacer lo que Tú quieres! Oh santo Dios… cuando se obedecen tus mandamientos es de ti que recibimos el poder para hacerlo”.

EL DON DE LA JUSTICIA
Pues si por la transgresión de un solo hombre reinó la muerte, con mayor razón los que reciben en abundancia la gracia y el don de la justicia reinarán en vida por medio de un solo hombre, Jesucristo (Romanos 5:17)
La justicia es un don, aunque pocas veces lo consideramos como tal, y creemos que la justicia es algo que debemos adquirir con esfuerzo, buenos comportamientos o intenciones, o aún desarrollando labores ministeriales.
Ahora bien, ¿qué es la justicia? Enfocada en este pasaje, la justicia se refiere a la integridad, rectitud y forma de actuar de Dios mismo.
Al decir entonces que la justicia es un don que posee todo aquel que tiene al Espíritu Santo en su interior, Pablo está afirmando que tenemos la plena capacidad de se íntegros, rectos y aptos para actuar a la manera de Cristo.
Pablo reconoce que él mismo batallaba constantemente con el bien y el mal dentro de sí, y descubre que gracias a la Justicia de Jesucristo, fuimos librados del poder del pecado y de la muerte: Por lo tanto, ya no hay ninguna condenación para los que están unidos a Cristo Jesús, pues por medio de él la ley del Espíritu de vida me ha liberado de la ley del pecado y de la muerte (Romanos 8:1-2), y que ahora somos capaces de vivir como siervos de la justicia: Entonces, ¿qué? ¿Vamos a pecar porque no estamos ya bajo la ley sino bajo la gracia? ¡De ninguna manera! ¿Acaso no saben ustedes que, cuando se entregan a alguien para obedecerlo, son esclavos de aquel a quien obedecen? Claro que lo son, ya sea del pecado que lleva a la muerte, o de la obediencia que lleva a la justicia. Pero gracias a Dios que, aunque antes eran esclavos del pecado, ya se han sometido de corazón a la enseñanza que les fue transmitida. En efecto, habiendo sido liberados del pecado, ahora son ustedes esclavos de la justicia (Romanos 6:15-18).
Y nos menciona una clave importante: No ofrezcan los miembros de su cuerpo al pecado como instrumentos de injusticia; al contrario, ofrézcanse más bien a Dios como quienes han vuelto de la muerte a la vida, presentando los miembros de su cuerpo como instrumentos de justicia. Así el pecado no tendrá dominio sobre ustedes, porque ya no están bajo la ley sino bajo la gracia (Romanos 6:13-14)
Cuando Dios diseñó nuestro destino, decidió dotarnos de todo aquello que necesitáramos para alcanzarlo. La gracia, la justicia y muchos otros dones fueron dados a nosotros no solamente como parte de tener ya insertada su imagen y semejanza, sino para que, al hacer habitar su Espíritu en nosotros, pudiéramos caminar en un cristianismo que nos haga vivir de forma práctica en la semejanza de su Hijo. La imagen está puesta dentro de nosotros, pues es nuestro destino. Los dones vienen para que podamos ejercer lo que somos en Él. Cuando cada hijo de Dios viva conforme a su destino, se reflejará la imagen misma de Jesús a todos a nuestro alrededor, entonces la tierra será llena del conocimiento y la gloria del Señor.

Adriana Jaramillo, junto a su esposo Rodolfo, es líder de Adolescentes en Amistad de Puebla, A.c.

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