Cuando todos se hallan ido y sólo quede entre nosotros el silencio, entonaré un canto con el aire más limpio de mis pulmones. Lo cantaré para ti, para que en medio de tu inmensa pérdida encuentres rastros de lo que fuiste...
Me senté en aquella sala con la intención de oír, prometiéndome guardar las lágrimas para cuando estuviese a solas.
Pero que difícil es prometer algo así cuando se sabe de la incapacidad personal para retener la emoción.
Había sido invitada a esa reunión en calidad de oyente, y eso hice. Oí con el corazón sus historias; todas con el mismo denominador común: ALZHEIMER.
Y mientras las escuchaba, prendí con los hilos de la comprensión una cometa solidaria que tomando forma de palabra escrita, pudiera surcar el plomizo cielo de sus rutinas.
Hablaban con ternura y dolor, porque ven el deterioro que consume a sus familiares que -desde primera fila- aprecian a seres que en un pasado eran portadores de vitalidad y van convirtiéndose día tras día en muñecos de trapos movidos por manos que se han vuelto expertas.
Esgrimiendo armas de amor, han sacado lo mejor de ellas, para poder paliar el sufrimiento de las personas a quienes tanto aman. Han aprendido que la tristeza y la queja sólo consiguen añadir sal a una herida que se resiste en cicatrizar.
Por ello, eludiendo el fracaso, luchan de forma incesante por hacer más liviano el dolor, derramando un suave bálsamo de cariño sobre seres desmemoriados que se asemejan tanto a niños caprichosos.
Compartir con ellas unas horas me ha servido para conocer parte de su sufrimiento y valorar aquello que hacen, actos colmados de generosidad que no quedan registrados en ningún libro, ni aparecen como titulares de prensa, pero que poseen una carga de valentía y abnegación dignas de ser imitadas.
Al abandonar aquella sala, me despido con las lágrimas aflorando a mis ojos. Intento regalarles unas palabras de ánimo, pero lo único que consigo es esbozar una sonrisa.
Pero con ese gesto quiero transmitir buenos deseos, ganas de que la vida les sonría a ellas, y sobre todo a esos enfermos a quienes la memoria les ha hecho burlas robándoles el pasado, el presente y tristemente hasta el futuro.
Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana Abierta (Asamblea Cristiana).
©2008. PROTESTANTE DIGITAL. ESPAÑA