Quiero presentarles a unas amigas, compañeras desde mi nacimiento; de hecho, cuando nací, fueron las primeras que me dijeron que siempre estarían presentes. Desde entonces han estado conmigo.
Mis amigas han estado en los mejores momentos de mi vida; ellas han descrito como nadie los sentimientos de felicidad más profundos en mi vida; ellas me han enseñado que la vida también tiene su lado amable, y que dejarlas expresarse es una de las mejores maneras de decir: “Soy feliz”.
Sin embargo, también han estado en los momentos más tristes de mi vida; de hecho, no existe una mejor forma de expresar el dolor que a través de ellas.
Fueron, y han sido, mi compañía en momentos de mayor dolor. Esas amigas le acompañan a uno de manera espontánea y sin invitación; la tristeza no hubiera podido tener mejor cause si no fuera por aquellas compañeras. Definitivamente son necesarias.
¿Quiénes son? Las lágrimas, las cuales son tan necesarias, Dios sabía que llorar era una de las mejores maneras de desahogar la angustia, de expresar el dolor, de manejar los sentimientos más profundos, de aliviar las cargas, de aligerar las penas, de consolar la tristeza, de descargar el alma, de tranquilizar la ansiedad, de calmar el sentimiento de zozobra, etc.
Llorar no es malo, y no llorar en tiempos de dolor es reprimir los sentimientos. Es mejor llorar que airarse o explotar en ira y odio hacia alguna persona. Es todavía mejor llorar que levantar el brazo contra Dios. Es mejor llorar que descargar la angustia en los vicios. Es mejor llorar que callar. Es mejor llorar que buscar alivio en el pecado. Las lágrimas siempre serán las mejores amigas en los tiempos difíciles. Ellas nos acompañarán en los valles más oscuros.
Llorar no es malo. Si algo te duele, llora. Si algo te angustia, llora. Si algo te atormenta, llora. Si estás afligido, puedes llorar en oración. Si las cosas no salen como debieran, es mejor llorar. Nadie se ha vuelto loco por hacerlo; a nadie se le bota la razón. Nadie se ha enfermado por llorar y mucho menos se ha muerto. Por lo tanto, es mejor llorar que callar.
¿Porqué la gente reprime el llanto? Porque tiene miedo de parecer débil; porque no quiere manejarse por las emociones; porque no quiere tener una vida basada en los sentimientos.
Entonces, ¿por qué Dios nos dio la capacidad de llorar? ¿Por qué Él mismo lloró?
Jesús lloró ante la tumba de Lázaro, lloró ante la ciudad de Jerusalén y se conmovió con la tristeza de la viuda de la aldea de Naín ante la pérdida de su único hijo. También lloró porque tenía una tristeza tan profunda que fue caracterizada por la misma muerte. El Rey humilde lloró, el Creador y Sustentador del universo derramó sus lágrimas. Esas compañeras de tantas batallas corrieron por las mejillas del Verbo Encarnado, del Siervo sufriente, del Hijo de Dios.
¿Acaso es malo llorar? Es peor no llorar. ¿Hay algo que nos conmueve? ¿Qué nos hace llorar? ¿Existe algo que todavía nos mueva nuestros más profundos sentimientos? ¿Cómo expresamos el dolor? ¿Cómo expresamos la alegría? ¿Cómo compartimos el dolor de la gente? ¿Lloramos con el que llora? ¿Nos condolemos hasta las lágrimas cuando alguien nos expresa su dolor? ¿Nos brotan las lágrimas cuando alguien nos comparte con llanto su felicidad?
A muchos se les han secado las lágrimas; han perdido sensibilidad para llorar delante de Dios. Quizás alguno se preguntará: “¿Es necesario hacerlo? ¿Se vale llorar ante Dios? ¿No es sinónimo de debilidad?”.
Dios no es un burócrata detrás del escritorio ante quien nos deba dar temor llorar. Él no rechaza las lágrimas de la madre que llora por su hijo, del padre que lamenta la condición de su familia, de los casados que sufren a causa de la condición de su matrimonio, de la señorita que ha sido desilusionada, de la mujer que ha sido abandonada, del trabajador que ha sido despedido, del comerciante que está quebrado económicamente, del empresario que ha sido defraudado por sus compañeros, de la nación que clama por justicia y de aquellos que experimentan la soledad más dura.
Dios recibe nuestras lágrimas, las seca, consuela nuestro dolor, fortalece nuestra debilidad, resuelve los problemas y anima nuestro espíritu; Él las está esperando. Si no tenemos otra forma de expresarle los sentimientos, lloremos. ¿Queremos expresarle a Dios cuán agradecidos estamos y cuán profundamente le amamos? Lloremos. Expresemos nuestra devoción a Dios con lágrimas.
Si el ministerio cristiano se hace pesado, podemos llorar. Podemos sembrar con lágrimas la semilla del Evangelio, porque a veces hay que regarla con ellas, con trabajo, con sudor, con esfuerzo y con dolor. Sin embargo, vale la pena este trabajo, y también servir. Hagamos de las lágrimas nuestras compañeras de milicia, que evoquen los más grandes anhelos de nuestro corazón. Derramemos nuestro corazón y nuestras lágrimas a Dios en intercesión por la familia o por ese ser amado que todavía no conoce de Él.
Doy gracias a Dios porque mi temperamento me ayuda a aliviar el estrés del ministerio pastoral que desarrollo; no obstante, las lágrimas han sido leales compañeras. Son mis amigas y no necesitan invitación; simplemente dejo que fluyan cuando es necesario. No me avergüenza llorar ni siento debilidad cuando expreso mi llanto ante Dios, porque es liberador, es restaurador y es consolador.
En el libro Con razón lo llamaban el Salvador, Max Lucado habla acerca de la importancia de las lágrimas cuando las palabras se han agotado: “El principio es simple: Cuando las palabras son por demás vacías, las lágrimas son las más apropiadas. Una mancha de lágrimas sobre una carta dice mucho más que la suma de todas sus palabras. Una lágrima cayendo sobre un féretro dice lo que un orador bien preparado nunca podría. ¿Qué resume más rápidamente la compasión de una madre y la preocupación que siente, que una lágrima en la mejilla de su niño? ¿Qué brinda mayor ayuda que una lágrima de simpatía en la cara de un amigo? Las lágrimas son pequeñas gotas de humanidad, son esas redondas y húmedas esferas de fluido que brotan de nuestros ojos, descienden por nuestras mejillas y caen en el piso de nuestros corazones, son mensajeras en miniatura, se les puede llamar las 24 horas del día, para sustituir las palabras paralizadas. Ellas gotean y vierten del rincón de nuestras almas trayendo consigo las más profundas emociones que poseemos, resbalan por nuestros rostros anunciando toda una gama de emociones que van desde el gozo más hermoso hasta la más profunda desesperación”.
Llorar no es malo. Las lágrimas sinceras atraen a un Dios sincero que consuela a aquellos que sufren. Si nuestras lágrimas están presentes, sea de devoción, felicidad o dolor, Él estará presente.
Arturo Delgado es Pastor de la iglesia Centro Cristiano Ágape en San Luís Potosí.
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