Hace aproximadamente un mes tuve fiebre durante cinco días consecutivos; aparentemente era un cuadro gripal, mismo que, después de estos síntomas tan agudos, cambio el diagnóstico por el de influenza.
Después del ciclo natural de la enfermedad, el día Jueves Santo me sentí muy débil, al grado de caer en un período de opresión profunda donde recibía todo tipo de pensamientos. Era un bombardeo muy intenso y permanente que quería anidarse en mi mente provocando mucha ansiedad, angustia e inquietud que salían de mi control.
Pensé: “Iré a dormir un rato para recuperarme”, y lo hice. Sin embargo, el bombardeo externo se incrementó, así que, me puse de pie y me fui a leer la Palabra, pero el ataque no cesó. Todo el tiempo estuve orando en el espíritu, y creo firmemente que fue lo que me sostuvo y finalmente me sacó a flote hasta el día Viernes Santo. Como estábamos en plena Semana Santa, apenas me sentí mejor, reflexioné un poco al respecto y me vino al corazón lo que Jesús padeció en el huerto de Getsemaní. Fue una batalla tan fuerte y tan intensa que necesitó que viniera un ángel para fortalecerle.
Y saliendo, se fue, como solía, al monte de los Olivos; y sus discípulos también le siguieron. Cuando llegó a aquel lugar, les dijo: Orad que no entréis en tentación. Y Él se apartó de ellos a distancia como de un tiro de piedra; y puesto de rodillas oró, diciendo: Padre, si quieres, pasa de mí esta copa; pero no se haga mi voluntad, sino la tuya. Y se le apareció un ángel del Cielo para fortalecerle. Y estando en agonía, oraba más intensamente; y era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra. Cuando se levantó de la oración, y vino a sus discípulos, los halló durmiendo a causa de la tristeza; y les dijo: ¿Por qué dormís? Levantaos, y orad para que no entréis en tentación (Lucas 22:39-46).
Jesús les dijo a sus discípulos: “Oren para que no entren en tentación” (según el diccionario, la palabra significa “instigación o estímulo que induce el deseo de algo”); como puede verse, es una cosa que viene de afuera y se encuentra con otra dentro de nosotros. Santiago lo describe así: ...sino que cada uno es tentado, cuando de su propia concupiscencia es atraído y seducido [por algo de afuera, por supuesto]. Entonces la concupiscencia, después que ha concebido, da a luz el pecado; y el pecado, siendo consumado, da a luz la muerte (Santiago 1:14-15).
Jesús les estaba advirtiendo que el ambiente espiritual en ese momento estaba muy denso y pesado, y que ellos no quedarían exentos de eso, así que la única manera de resistirlo era orando.
Yo creo que Jesús, al orar prolongadamente, lo hizo con oración en el espíritu (en lenguas). Él se apartó como a un tiro de piedra (de 30 a 50 metros). Los discípulos eran atacados también por las tinieblas tan espesas que se concentraron para impedir la consumación del ministerio de Jesús.
También en el libro de Efesios podemos percatarnos de la manera a través de la cual el Diablo actúa en contra de una persona: lo hace usando como arma dardos de fuego que son enviados con el propósito de quemarnos, de frenarnos y de desviarnos del llamado de Dios para nuestras vidas.
Sobre todo, tomad el escudo de la fe, con que podáis apagar todos los dardos de fuego del maligno (Efesios 6:16).
Para Jesús también representó una lucha muy dura, muy severa y muy agresiva. Siendo 100% Dios y 100% hombre, enfrentó la opresión de todos los principados, gobernadores, potestades y huestes espirituales de maldad; fue tan fuerte que dijo: “Padre, si quieres que pase de Mí esta copa”.
Recuerdo la escena que estoy describiendo en la película La pasión de Cristo: el Diablo rondaba alrededor (y creo que esa parte de la cinta se queda corta, porque Jesús entró en agonía) y su ataque intenso le estaba matando. Sin embargo, para salir de él Jesús oraba más intensamente, de tal forma que era su sudor como grandes gotas de sangre que caían hasta la tierra (aquí podemos ver un principio poderoso que debemos poner en práctica todos los creyentes:entre más dura es la batalla, más intensamente se debe orar).
Continuando con nuestro relato, Jesús se levantó de la oración (creo que ya había salido con la victoria, la oración se la dio), se dirigió a sus discípulos y los halló durmiendo a causa de la tristeza, es decir, sin poder aguantar la opresión ni el embate de los demonios; no siguieron orando hasta que tuvieran la victoria como Jesús.
Por cierto, una de las definiciones de la depresión es la de “tristeza profunda”; cuando el Diablo envuelve a una persona, la desgasta al grado de entristecerla totalmente.
Quiero imaginar a miles de personas en el mundo, creyentes y no creyentes, que están padeciendo depresiones, angustias, ansiedades. A ellas les quiero decir que Jesús nos está mostrando una manera a través de la cual podemos obtener la victoria, y ésta es orando. Por eso Pablo decía que había que orar en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu (es decir, orar en lenguas), y añade que había que velar también, de tal forma que tengamos que emplearnos a fondo en la lucha, sin importar que no durmamos, pues el propósito es alcanzar la victoria como Jesús lo hizo, porque no durmió hasta derrotar al enemigo (aquí vemos otro gran principio: si entramos en batalla, no la terminemos hasta que hayamos triunfado, no importa cuánto dure): ...orando en todo tiempo con toda oración y súplica en el Espíritu, y velando en ello con toda perseverancia y súplica por todos los santos... (Efesios 6:18).
Para finalizar quiero dar algunas señales para que detectemos si hemos pasado por un tiempo de esta naturaleza (las herramientas para tener la victoria ya se las dije): nerviosismo, inquietud o impaciencia, fatiga (cansancio), dificultad para concentrarse o poner la mente en blanco, irritabilidad, tensión muscular, temblor, cefalea (dolor de cabeza), movimiento de las piernas e incapacidad para relajarse, alteraciones del sueño (dificultad para conciliar o mantener el sueño o sensación al despertarse de sueño no reparador), sudoración, palpitaciones o taquicardia, problemas gastrointestinales, sequedad de boca, mareos, hiperventilación (aumento del número de respiraciones por minuto), bombardeo de pensamientos negativos, opresión, tristeza profunda.
Hay casos en los cuales se requiere valoración especializada. Como mexicanos no tenemos la cultura de consultar al psiquiatra, y decimos que no estamos locos. Incluso como cristianos no podemos aguantar o no hemos enfrentado el compromiso debidamente y requerimos una ayuda médica para estabilizarnos antes de salirnos de control.
Seguiremos comentando aspectos importantes considerados por nosotros como enfermedades del alma, localizadas en la mente, emociones y voluntad, así como enfermedades espirituales, mismas que atacan el área del espíritu y el alma, como el caso que hemos estudiado. Hasta la próxima.
Nota: Si requiere ayuda al respecto, puede comunicarse con nosotros vía correo electrónico a: correo@salvemoslafamilia.org con gusto le responderemos.
Francisco Ramírez es director de Fundación “Salvemos la Familia”, A. C.
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