En el artículo anterior hablamos un poco sobre la importancia de enseñar a nuestros hijos a diferenciar lo bueno de lo malo. Veíamos que para la correcta toma de decisiones es fundamental que cuenten con la habilidad y el entrenamiento para discernir entre el bien y el mal, la vida y la muerte.
En esta ocasión queremos poner sobre la mesa la importancia de que los padres reconozcamos que nuestros hijos son seres integrales. Los seres humanos fuimos creados bajo un patrón, un modelo. Ese patrón o modelo es Dios mismo; fuimos formados conforme a su imagen y semejanza. Más aún, somos los únicos seres creados que no respondieron al sonido de su voz para existir, porque fuimos creados bajo modelo y a mano. Entonces dijo Dios: Hagamos al hombre a nuestra imagen, conforme a nuestra semejanza; y señoree en los peces del mar, en las aves de los cielos, en las bestias, en toda la tierra, y en todo animal que se arrastra sobre la tierra (Génesis 1:26).
La imagen es un réplica idéntica de algo. La semejanza se refiere al carácter de los seres humanos, no implica la apariencia, sino las actitudes, la habilidad para sentir, para amar, de responder ante las circunstancias a las que nos enfrentamos.
Nos debe quedar claro que hay semejanza entre Dios y nuestros hijos e hijas. Yo sé que hay ocasiones en que eso no parece real, en especial cuando pasan por un trance adolescente; pero siempre que pensemos en la crianza de nuestros hijos, debemos tener en mente, en el corazón y en el espíritu, que ellos son imagen y semejanza de Dios.
Por otro lado, debemos recordar que este asunto de la imagen y semejanza no es una cuestión virtual; Dios mismo se hizo hombre conforme a esa imagen y semejanza, a través de Jesús, y nos permitió conocer la perfección de esta imagen: ...y estando en la condición de hombre… (Filipenses 2:8). Esta imagen y semejanza se ve reflejada en todo lo que es nuestro ser: cuerpo, alma y espíritu, y en todo lo que nuestros hijos son: Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo, sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23).
Nuestros hijos, como cualquier otro ser humano, son un espíritu, que tiene emociones y habita en un cuerpo. El hecho de ser cuerpo, alma y espíritu los define como seres integrales y no podemos, ni debemos, ignorar este hecho.
No son un espíritu vagabundeando por el mundo, no son un cúmulo de emociones y sensaciones producto de la nada, aunque en ocasiones lo parezca; tampoco son sólo un cuerpo, vacío, sin emociones, sensaciones, sueños, anhelos y sin el soplo del Espíritu de Dios sobre sus vidas.
Es un típico error de los padres no asumir la integralidad de los hijos; hay quienes se enfocan en desarrollar en sus hijos únicamente lo que a su cuerpo se refiere, hay otros que con el desarrollo académico se conforman, otros más, que todo es únicamente espíritu.
Realmente, cualquier padre que se enfoque solamente a uno o dos de estos aspectos está cometiendo un grave error; nuestros hijos son seres integrales, y esto los define como seres integrales: son 100% espirituales, 100% emocionales, 100% sociales, 100% intelectuales, 100% físicos, y por ende 100% sexuales.
Claro que cuando hablamos de nuestros hijos entre los 7 y 12 años pareciera que son más emocionales, más sociales, más físicos y más sexuales; pero realmente los define la integralidad, y la educación que de nuestro regazo salga como padres debe incluir guianza, coucheo, oportunidades, límites y disciplina en cada área que los define como seres humanos.
Octavio y Litzajaya Herrera son líderes del grupo de jóvenes “Destino Joven” en Amistad de Puebla, A. C.
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