Viajaba a la ciudad de México en avión desde una de las fronteras de Estados Unidos. Estaba muy cansado y pensaba en dormir durante el vuelo y escuchar un poco de música para relajarme.
A un lado de mí se sentó un hombre de más de 70 años de vestidura sencilla, con sombrero. Su cara se veía muy triste, y de inmediato me empezó a hacer preguntas. Me quería hacer la plática, pero yo no estaba de humor. Me puse mis audífonos y lo quise ignorar, pero no pude, algo en mí me decía: “Podría ser tu papá en problemas. ¿Como reaccionaría Jesús?”. Me intente justificar diciéndome: “Mañana tengo una cita temprano y es mejor que descanse”, pero yo sabía que eran excusas. Así que, me quité los audífonos, y me comenzó a explicar lo que le había pasado en la frontera en su intento de cruzar a los Estados Unidos: “Fíjese que no me dejaron pasar... ¿que por qué? No sé, estaban bien los papeles”.
Esto lo repitió en varias ocasiones con un tono de tristeza en la voz, mostrándome sus documentos. Había viajado con su esposa, la cual estaba con él desde hacía más de 20 años, pero con la que no había procrear hijos propios. Ella tenía una hija en los Estados Unidos, quien los había invitado a pasar unas vacaciones. Les compró y les envío pasajes de avión y dinero para todo el viaje, pero al llegar a pedir permiso con la gente de Inmigración, se dio cuenta de que la hija no había arreglado los papeles de él, sólo los de su mamá. Inmigración no lo dejó seguir su plan de viaje.
Él no tenía casa propia; vivía en la casa de su patrón en un pueblito del sur del Distrito federal y le prestaban una casa para cuidar un jardín de una tienda de plantas de ornato. No procreó hijos ni parientes; estaba completamente solo, y obviamente, con poco dinero.
“Voy a esperar que me llamen mañana para que me digan qué hacer... ¿Usted no cree que me olviden, ¿verdad?”, me preguntaba. Sólo alcancé a animarlo y a escucharlo. El viaje se me hizo como nada... nos despedimos en un taxi.
Al alejarme en el vehículo me preguntaba ¿Cómo habrá sido su juventud? ¿Por qué nunca tuvo hijos? ¿Por qué nunca compró casa? Se había olvidado de la vida, donde es más que fama y fortuna. La soledad acecha a los ricos y a los pobres, unos por ser famosos y mantenerse ahí y otros por buscar la fama.
Existen varios casos en la Biblia donde hombres o mujeres pudieron trascender contra la corriente sin mostrar riqueza terrenal.
El primero de ellos es el pequeño que compartió su cesta de dos panes y cinco peces, ¿recuerda esta parte de la Escritura en Juan 6:9? Ofrenda sencilla, pero llena de la pasión infantil; esa que con la magia de su mirada no deja dudas de que todo es posible. ¿Acaso alguien sabe su nombre? ¿De qué familia provenía? ¿Cómo era su aspecto? ¿Era judío?
Nunca lo sabremos en la Tierra, pero algo sí es cierto, logró trascender, y para hacerlo no requirió fama. Ésta, generalmente, no tiene moral; hoy día, como siempre, es famoso el que se acuesta con muchas mujeres, el que canta tan bien que puede elegir a una de sus seguidoras y tener sexo con ella, o la mujer que se ha desnudado por un poco de apreciación, o el político que ha roto todas sus promesas.
Trascender es decir “No” a la tentación. Es aquel que huye de lo que sabe que no le conviene, el que actúa de forma correcta en la quietud y soledad de su vida. La oración es una forma de trascender, es tan sencilla y completa que no tiene que ver nada con la fama.
Jesús lo dijo así: “Si has dado una dádiva económica y lo publicas para que todos lo sepan, ya no cuenta”. Trascender es algo íntimo y personal, pero a la vez por todos es sabido y sólo por Dios recompensando (Mateo 6:2-4).
Otro ejemplo que viene a mi mente es la mujer viuda que dio únicamente una moneda de poco valor. Nadie sabía lo pobre que era, pero su corazón y sentimiento fue revelado por Jesús (Lucas 21:1-4).
“Ella dio más que todos”. No dio lo que le sobraba, sino de lo que necesitaba. Traducido a nuestros días sería representado en algo como esto: Tú y yo nos sentamos muy dignos en la iglesia un domingo por la mañana. Alguien saca su chequera para dar su diezmo, mientras que otro saca su cartera y cuenta sus billetes. También una mujer, más adelante, pone unas monedas, que cuando caen al ofrendero revelan que no es mucho dinero. ¿Quién dio más?
Aquí, para mí, está el secreto de trascender; es dar lo mejor que se tiene, sin importar lo que digan los demás, sin pensar en una cantidad en específico, sino dando por la alegría de dar.
Pablo lo puso así, veamos el contraste: “No por tristeza, no por necesidad; porque Dios ama al dador alegre” (2 Corintios 9:7). ¿Entonces se puede pensar que Dios no ama al que da con tristeza?
Vamos a darle vida con un ejemplo: Nos encanta una muchacha que conocimos, su belleza nos tiene vueltos locos, la invitamos a salir, y muy emocionados le compramos un ramo de cebollas con todo y rabo. Ella las mira, y en lugar de alegría, siente tristeza. ¿Dónde estuvo nuestro error? ¡Pero si compramos cebollas frescas para regalárselas, ¿por qué no se alegra?!
No podemos ocultar a Dios nuestro corazón en lo que damos; sabemos qué le agrada, y si queremos trascender o no. ¡Si no podemos engañar a nuestras esposas... menos a Dios!
Un ejemplo más es el ladrón que murió a un lado de Jesús, según Lucas 23:39-43, y que al final de su vida alcanzo perdón. Hay una tradición que dice que se llamaba Dimas, o Gestas, la verdad no lo sé; pero lo que sí sé es que pudo trascender en su muerte, y su acción será recordada siempre. Se enfrentó a Jesús, y fue vencido por su sacrificio. Ambos estaban muriendo de la misma forma, pero la determinación de Jesús al enfrentar la muerte hicieron que el ladrón buscara perdón. ¿Sabemos realmente su nombre? No, pero ¿eso importa? No, porque al final sus acciones trascendieron más allá de su nombre. He aquí la diferencia de la fama, porque ella busca exaltar un nombre. Cuando trascendemos la acción sobrepasa nuestro nombre.
Proverbios habla del alcance del buen nombre: “Es más que riquezas, más que la plata y el oro” (Proverbios 22:1).
Volviendo al pasaje que ya había mencionado en el libro de Mateo 6:2-4, veamos lo que quiso decir Jesús con “que tu derecha no sepa lo que hace tu izquierda”. No le pongamos nombre a nuestra acción. Nuestro accionar no necesita carta de presentación; la humildad real está casada con la trascendencia. Así nos sentimos con nuestros hijos, cuando los vemos crecer y hacen buenas cosas por ellos mismos; nos hace trascender.
Recordar al anciano que conocí en ese vuelo me hizo reflexionar, más que nunca, en la trascendencia que debemos de dar a nuestra vida cristiana. No nos llevaremos nada al morir, pero podemos trascender en nuestras acciones. Haber ayudado a este hombre no me hizo famoso, ni más rico o pobre... me hizo trascender.
Rubén H. Anteles es colaborador del portal cristiano Cristoweb.com.
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