"Los hombres no saben que Dios está aquí. ¡Qué diferentes serían las cosas si lo supiesen!".
A. W. Tozer.
Ciertamente, el Señor está en este lugar y yo no lo sabía (Génesis 28:16).
En una ocasión escuché de una mujer que estaba profundamente absorta leyendo un libro: “Me había olvidado de que algunos aparatos eléctricos emiten un zumbido apenas audible. Estaba tan acostumbrada que ya no era consciente de él”.
Efectivamente, la radio y la televisión estaban apagadas y toda la casa parecía estar en silencio; sin embargo, de repente, fue como si todo lo que le rodeara estuviese muerto, como si todo lo que estuviera vivo se hubiese ido... ¡y así fue! ¡Se había ido la electricidad!
Esa misma experiencia fue la que tuvo Jacob en Betel. La presencia de Dios era tan normal y cotidiana (no se me olvida que, en aquella época, el Espíritu Santo no estaba permanentemente dentro de los suyos) que tuvo que decir: “Ciertamente, el Señor está en este lugar y yo no lo sabía”.
¿Acaso no nos sucede, algunas veces, lo mismo a nosotros?
En ocasiones cantamos aquel canto que dice: “Dios está aquí, ¡qué precioso es! Él lo prometió donde están dos o tres...”. Hasta ahí bien, pero luego añadimos: “Quédate, Señor, en cada corazón... ¡Quédate, Señor en mí!”.
¡Perdón! ¡Pido disculpas! Sin embargo, ese tipo de canciones a veces me parecen hasta un tanto heréticas. ¿Por qué? ¿Es que tenemos que invocar la presencia del Señor cuando estamos reunidos? ¿Es que acaso no hay promesa de que lo está? ¿Es que la presencia del Espíritu Santo, en nuestros corazones, no es también una promesa y debería ser una realidad cotidiana?
¡Perdón nuevamente! Se me olvidaba que en ocasiones padecemos sordera espiritual o estamos tan distantes del Señor que casi podemos acallar su voz; sin embargo,, no podemos olvidar ni obviar que cada creyente es templo del Espíritu Santo.
Se cuenta la historia de una pareja de enamorados que iba en un coche cierta noche estrellada y romántica, dispuesta a dar alas a toda su pasión. Cuando esos novios llegaron al lugar escogido, un monte apartado y solitario desde donde se contemplaba una hermosa vista de la ciudad, encendieron la radio esperando escuchar una música suave y romántica que les arrullara; pero, en lugar de eso, encontraron la voz serena, pero firme, del mundialmente conocido evangelista Billy Graham, quien decía: “Dios está en todas partes... Dios está aquí y está ahí donde tú estás; Él te está viendo”. ¿Podemos imaginar cómo se quedaron aquellos dos jóvenes? Todo su ardor, de repente, quedó hecho cubitos de hielo y decidieron regresar.
Sí, en ocasiones nos olvidamos que Dios es omnipotente, omnisciente y omnipresente. ¡Ya sabemos que “Dios está aquí”! Sólo que a veces no lo recordamos y tenemos que decir: “Quédate, Señor, en cada corazón... ¡Quédate, Señor en mí!”.
Es una lástima que tengan que suceder cosas así o que se tenga que ir la electricidad para detenernos a pensar que Dios está siempre presente en cada uno de los suyos y con cada uno de ellos, al igual que estuvo con Jacob en aquella mítica noche que marcaría toda su vida.
¡Que tú y yo podamos percibir la presencia de Dios en cada segundo de nuestras vidas y podamos decir, parafraseando al nieto de Abraham: “Ciertamente, el Señor está en este lugar y yo... ya lo sabía”.
Beatriz Garrido es maestra, locutora de radio y miembro de las Asambleas de hermanos en Galicia.
© 2008. PROTESTANTE DIGITAL. ESPAÑA.