Hoy en día la gente está enfrascada y envuelta en los problemas que le presenta la vida cada día.
La idea es salir lo mejor librado de ellos; sin embargo, debemos reconocer que actuar así día a día nos desgasta, a tal grado que puede llegar el momento en que todas las cosas se llegan a hacer sólo porque se tienen que hacer, porque son nuestra obligación, porque no nos queda otra opción o simplemente porque si no las hacemos no podremos alcanzar nuestros satisfactores mínimos para vivir, como la provisión, el techo, el abrigo, etcétera.
Lo anterior, aunado a la problemática misma de cada ciudad o sociedad en la que se vive, trae como consecuencia una vida en la que el estrés ya es parte integral de cada persona, la preocupación es permanente, la insatisfacción se da en todas las áreas y los deseos, anhelos e ilusiones no llegan.
¿Qué es lo que sucede cuando día a día vivimos de esta manera? Se va perdiendo el deseo y la alegría de vivir. El egoísmo, la envidia, las frustraciones y otras cosas, hacen que el carácter de la persona se vaya deteriorando. Se van sembrando raíces de amargura y descontento, a tal grado que sólo se vive el día por el momento que llega; si es de alegría, pues alegres; si es de frustración o miedo, atemorizados; si de lo que se trata es de aprovechar el momento, pues lo arrebatamos para tenerlo.
A esto se le puede denominar como vivir por nuestros deseos o apetitos, es decir, satisfaciendo los deseos de la carne.
En el mundo existen distintas clases de personas; pero de ellas, es necesario referirnos no sólo al aspecto externo, sino también al interno, el cual nos revela la característica particular de cada una de ellas. Lo que se expresa en lo exterior no necesariamente refleja lo que hay en el interior. Es por eso que, observando a un determinado individuo, no podemos argumentar con certeza que sea una persona mala, así como tampoco podemos asegurar que otra es buena o digna de confianza, porque nos podemos llevar una gran decepción.
Nuestro interior es como un flujo que no siempre va en la misma dirección; es como la marea que sube y baja. A esta inestabilidad la podemos definir como inclinación del corazón.
El Señor Jesús nos dice que el hombre que tiene buenas cosas en su corazón las manifestará y saldrán en su comportamiento: El que es bueno, de la bondad que atesora en el corazón produce el bien; pero el que es malo, de su maldad produce el mal, porque de lo que abunda en el corazón habla la boca (Lucas 6:45. NVI).
Esto quiere decir que nosotros actuaremos conforme lo que vayamos metiendo en nuestro corazón cada día. Un ejemplo muy simple acerca de esto lo podemos observar cuando nos disponemos a ver una película, ya que, dependiendo de su contenido, afectaremos nuestra mente y pensamientos. Si vemos una película cuyo contenido es de gran violencia, terror o sexo, ¿cuál será nuestro estado anímico posterior? ¿Cuál es el pensamiento que nos domina? Definitivamente crea una inclinación en nuestro interior.
De la misma manera, cuando vemos una película en la que los valores centrales de la vida como el coraje, el amor, la bondad, la valentía y el sacrificio son parte de su contenido, nuestro estado anímico y pensamientos dominantes se afectarán y tomarán esa buena dirección.
La Biblia dice que en el corazón de cada persona existen dos clases de deseos: Digo, pues: Andad en el Espíritu, y no satisfagáis los deseos de la carne. Porque el deseo de la carne es contra el Espíritu, y el del Espíritu es contra la carne; y éstos se oponen entre sí, para que no hagáis lo que quisiereis (Gálatas 5:16-17. RV60). La base para establecer los dos deseos de nuestro corazón es verlos a la luz del concepto de dirección, que tiende a tomar nuestro ser interior. Una dirección es hacia el Espíritu, hacia Dios, y otra es hacia el mundo, hacia la carne. Nuestras tendencias son cambiadas constantemente durante el día, y eso nos hace también cambiar de dirección.
El hombre, desde un principio, ha tenido estos dos deseos: la tendencia o inclinación hacia Dios (quien es invisible) y la tendencia o inclinación hacia la carne (que es material y visible). Si solamente vive por lo que es visible y material, lo estará haciendo bajo el dominio de la carne; pero los resultados de vivir así pueden ser desastrosos.
Esto nos enseña que el hombre no sólo puede vivir de las cosas materiales, sino también de las que son del Espíritu. Dice la Biblia: Te humilló y te hizo pasar hambre, pero luego te alimentó con maná, comida que ni tú ni tus antepasados habían conocido, con lo que te enseñó que no sólo de pan vive el hombre, sino de todo lo que sale de la boca del Señor (Deuteronomio 8:3). El hombre no puede alimentarse de lo que viene de Dios, hasta que su corazón se incline hacia Él; entonces tendrá el maná que viene del Cielo. El Señor nos lo explica: Jesús le respondió: Escrito está: “No sólo de pan vive el hombre, sino de toda palabra que sale de la boca de Dios” (Mateo 4:4). El maná que viene del Cielo es la Palabra de Dios, es el alimento de su Espíritu; lo necesitamos para vivir.
Por esta razón es que necesitamos pasar tiempo con Dios cada día. Nuestro ser debe proveerse del alimento espiritual necesario para enfrentar la vida. La tendencia o inclinación de nuestro corazón no sólo tiene que ser hacia las cosas materiales, sino también hacia las del Espíritu. Si vivimos solamente con la tendencia de nuestro corazón hacia satisfacer lo material, lo que es de la carne, en nada nos diferenciaremos de los animales.
No obstante, si nuestro corazón se va llenando de ese maná que viene del Cielo, esto es, de la Palabra de Dios, la tendencia de nuestro corazón se inclinará hacia las cosas que produce el Espíritu.
¿Por qué pasar tiempo con Dios? Porque no sólo encontraremos el alimento espiritual de su bendita Palabra, sino también nos encontraremos con Él, y nos revelará de los secretos de su corazón, por los cuales podemos vivir: A ustedes se les ha concedido conocer los secretos del Reino de los Cielos; pero a ellos no (Mateo 13:11. NVI).
Lo anterior nos indica con toda claridad que sólo en la presencia de Dios y pasando tiempo con Él a solas podemos acceder a su consejo, guianza y dirección para vivir cada día de nuestra existencia en paz, seguridad, confianza, satisfacción, contentamiento y felicidad.
Ernesto Alonso Delgado es pastor de Amistad de Puebla, A. C. y director de América Nueva.
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