Sin duda ha sido una gran aventura para muchos médicos en su incesante deseo de servir al Señor. Se han arrojado, literalmente hablando, dejando atrás todas sus comodidades, intereses personales (e incluso familiares), éxitos, progresos científicos, y familias enteras deciden agregarse día a día a la obra misionera: El Señor me llamó desde el vientre, desde las entrañas de mi madre tuvo mi nombre en memoria (Isaías 49:1b).
Tenemos ejemplos desde el siglo antepasado, como la familia Scudder.
Todo inició con Juan Sccuder, quien vivía en Nueva York. Después de leer un folleto que invitaba a misioneros para agregarse a la difusión de la Palabra de Dios en la India, se embarcó junto con su esposa y un hijo en el año de 1819.
Sirvieron en ese país durante 36 años y llegaron a tener 14 hijos, de los cuales 9 llegaron a ser adultos, y de estos, siete fueron misioneros y la mayoría estudió medicina. En cuatro generaciones 42 miembros de la familia Scudder fueron misioneros; entre ellos se encontraba Ida, hija del hijo menor de Juan Scudder.
Ella nació en la India en el año de 1870, y fue llevada a Estados Unidos; sus padres regresaron a la India y la dejaron con unos familiares en Chicago. Esta separación trajo gran dolor para Ida, quien contaba sólo con 14 años de edad; no haberle permitido siquiera acompañar a su madre a la estación provocó en ella un desconsuelo que duró meses. Estudió bachillerato, y después de su graduación en 1890, recibió un cablegrama urgente, que informaba que su madre había enfermado de gravedad.
No era su intención seguir la tradición familiar de hacerse misionera; sin embargo, se apresuró para ir a ese “horrible país, con su calor, polvo, ruido y malos olores”, para ir a cuidar a su madre: Porque Dios es el que en ustedes produce así el querer como el hacer, por su buena voluntad (Filipenses 2:13).
No obstante, además del cuidado de su madre, surgió otro más: la escuela de las niñas necesitaba una maestra, por lo que poco después se hizo cargo de 68 alumnas. También asistía en el bautismo de infantes que oficiaba su padre.
Ida, aunque feliz por estar viviendo en medio de su familia, no deseaba continuar con la tradición de hacerse misionera; ella deseaba vivir de una manera diferente. Sin embargo, un suceso extraordinario logró su “llamado” personal a las misiones médicas. En una noche, y a diferentes horas, llegaron hasta su puerta tres hombres: un brahmán, un hindú y un musulmán; los tres le rogaron que acudiera a ayudar a las esposas de cada uno de ellos, pues estaban en medio de un parto complicado. Se oponían a que las atendiera el Dr. Scudder, pues sus costumbres religiosas prohibían un trato tan íntimo con extraños del sexo opuesto.
Toda esa noche la pasó en angustia, orando y teniendo, por primera vez, un encuentro cara a cara con el Señor. Al amanecer escuchó el ruido de tambores que anunciaban, de manera fúnebre, la muerte de aquellas tres mujeres.
Después de meditar y orar decidió regresar a los Estados Unidos para estudiar medicina y regresar a la India para ayudar a mujeres como esas. Se tituló en la facultad de Medicina de Cornell y regresó al país asiático con su diploma de médico y un cheque de 10 mil dólares para construir un nuevo hospital, que fue ofrendado por una patrocinadora rica.
Acompañándola iba Anita Hancock, quien realizaría obra de evangelismo en combinación con la obra médica de Ida.
La iniciación de la obra misionera médica de Ida fue desalentadora. Primero murió su padre, en segundo lugar la gente necesitada de atención médica no confiaba en ella; por algún tiempo no tuvo ningún paciente.
Enfrentó grandes frustraciones, pues las supersticiones de la gente se oponía a sus mayores esfuerzos. Se prohibía la medicina en ciertos días festivos y a veces las personas llevaban a los enfermos graves de un lugar a otro para escapar de los “malos espíritus”.
Poco tiempo después de su llegada a la India, Ida inició la construcción del hospital en Velore. Se dio cuenta de que el hospital no era lo único que necesitaban. Tenía que liberar, principalmente, a las mujeres de su ignorancia en cuanto a tratamiento médico y enseñarles principios fundamentales de higiene. Esto sólo podría conseguirse si ellas recibían una preparación adecuada. Entonces, una facultad de Medicina para mujeres se convirtió en su nueva meta.
Además, organizó un curso sobre las epístolas del apóstol Pablo, y junto con Anita Hancock, consiguió ser bien recibida en las casas que ambas visitaban.
Ida también cuidaba huérfanos, y a la edad de 65 años se jubiló, aun cuando todavía, y durante diez años más, se dedicó a dar sus clases de Biblia y a aconsejar a todos aquellos médicos que buscaban su guía profesional. Su incesante trabajo trajo a luz un complejo médico moderno con casi 100 médicos, un hospital general con 484 camas, otro hospital para enfermedades de los ojos con 60 camas y muchas clínicas móviles.
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