Hace unas semanas, mientras regresaba a mi casa después de la oración matutina de las 6 en las instalaciones de Amistad de Puebla, de repente vi a una persona corriendo con un carro eléctrico al hombro.
En ese momento pensé: “¡Qué raro... lleva un carro como el de mi vecino”. No obstante, ya no pude terminar de pensar en ello, pues miré a mi vecino atravesar corriendo la puerta de su casa, con su cara desencajada. Al verme hizo algunas muecas y caras, intentando seguir corriendo y al mismo tiempo manotear tratando de detener mi auto; todo al mismo tiempo. Por fin balbuceó, gritó y señaló al que acaba de pasar corriendo junto a mí: “¡Es un ladrón! ¡Se metió a nuestro jardín y se roba el carrito eléctrico!”.
Creo que después de eso la reacción fue inmediata: quité los seguros de mi auto, se subió el vecino y perseguimos al ladrón durante un par de cuadras, hasta que lo acorralamos. En medio de todo esto, una vecina que vio todo llamó a la Policía Auxiliar que, debo decirlo, llegó y actuó muy rápido, y lo detuvo; lo demás es una historia administrativa-legal medio tortuosa.
Todo esto lo platico no para que se piense que somos un par de héroes temerarios o unos justicieros... en fin, ¡qué se yo! Sino porque, cuando hablábamos con esta persona en el Ministerio Público, lo que decía para atenuar o justificarse era: “La puerta estaba abierta”, “No estaba cerrado con candado, por eso fue fácil entrar”; y ésas eran las razones que esgrimía para haberse metido.
No justifico la acción de robar, pero esta persona tenía razón en algo: nos confiamos. Vivimos en una zona tranquila, es básicamente una privada, no hay tráfico, nadie pasa por ahí y sólo cerramos el portón con el cerrojo, hasta ese día. No poníamos un candado para mantener el área un poco más segura; nada ni nadie guardaba la puerta.
Mostremos un ejemplo de un avivamiento verdadero: sucede cuando las paredes y las puertas que guardan la casa de Dios son restauradas, y esas paredes incluyen las puertas de cada hogar cristiano.
Cuando Nehemías y muchos compatriotas judíos regresaron a Jerusalén, encontraron la ciudad en ruina total. Los muros estaban derribados y las puertas estaban removidas, así que los habitantes no tenían protección de sus enemigos (Nehemías 2:17). Todo un desfile de antagonistas estaba robando la ciudad como les placía.
A estos enemigos se les había otorgado dominio total por la condición descarriada de Israel y su desobediencia a la Palabra de Dios. Nehemías escribió: Por eso ahora somos esclavos, esclavos en la tierra que les diste a nuestros padres para que gozaran de sus frutos y sus bienes. Sus abundantes cosechas son ahora de los reyes que nos has impuesto por nuestro pecado. Como tienen el poder, hacen lo que quieren con nosotros y con nuestro ganado. ¡Grande es nuestra aflicción! (Nehemías 9:36-37. NVI).
Aquí Jerusalén es un tipo de la Iglesia de Jesucristo en la actualidad. Como los israelitas, muchos cristianos están bajo el dominio del pecado, el engaño y la intimidación del enemigo de nuestras almas. ¿Cómo pasó esto?
Los muros de la verdad fueron derribados, aquellas barreras protectoras que son levantadas cuando confiamos en la Palabra de Dios están desapareciendo. Por nuestro pecado y falta de integridad, esas puertas protectoras están cayendo, dejando a multitudes de cristianos expuestos al poder de Satanás.
Sin embargo, Nehemías representa el plan de restauración de Dios. Este hombre sabía que para que cualquier avivamiento verdadero tomara lugar, tenía que haber una pared protectora de verdad alrededor del pueblo de Dios. Así que, ¿entró Nehemías por la ciudad sin muros clamando por un avivamiento de manifestaciones sobrenaturales? No. La única manifestación que fue vista al regreso de Nehemías fueron hombres y mujeres con picos y palas en sus manos; estaban rehaciendo los muros de la ciudad y restaurando sus puertas.
Esta obra de restauración comenzó en el momento en que Nehemías tomó la carga del Señor por la ruina de su casa. Cuando este líder vio la aflicción y la humillación que el pueblo de Dios sufría, se dolió en su corazón, no fue insensible o egoísta (Nehemías 1:3. NVI). ¿Qué hizo después? Ayunó y oró noche y día, confesando los pecados de Israel.
Al escuchar esto, me senté a llorar; hice duelo por algunos días, ayuné y oré al Dios del Cielo (Nehemías 1:4. NVI).
Éste es el principio de un avivamiento: cuando tomamos la carga del Señor por una Iglesia atrapada en pecado, ayunamos y oramos suplicándole a Él que edifique los muros y puertas que protejan a su pueblo de todo enemigo.
Ahora bien, los muros y las puertas no sirven sin los porteros, quienes saben lo que es permitido dentro y lo que no. Por lo tanto, Nehemías hizo lo siguiente: Una vez que se terminó la reconstrucción de la muralla y se colocaron sus puertas, se nombraron porteros, cantores y levitas (Nehemías 7:1. NVI).
Observemos que estos porteros no eran estrictamente sacerdotes. Eran laicos, músicos, personas de todo tipo de vida, ministerio y profesión, quienes fueron instruidos: Las puertas de Jerusalén se abrirán cuando ya haya salido el sol, y volverán a cerrarse y se asegurarán con sus barras cuando los porteros estén en sus puestos (Nehemías 7:3a. NVI).
Dios le estaba diciendo a su pueblo: “Mi casa será un lugar de luz, donde a las tinieblas no les es permitido entrar. Todo aquél y todo aquello que entre aquí será un libro abierto, sujeto a la luz de mi Palabra”.
Como centinelas, debemos guardar las puertas de nuestro hogar con humildad a través del ayuno, oración, y basar nuestra vida y moralidad sobre la Palabra de Dios. Jesucristo fue muy claro cuando advertía: El que me ama, obedecerá mi palabra (Juan 14:23a. NVI).
Nehemías también dijo: Además, los habitantes de Jerusalén montarán guardia, unos en sus puestos y otros frente a su propia casa (Nehemías 7:3b. NVI).
Según Nehemías, algunos guardas fueron asignados no tan sólo a los muros de la ciudad santa, sino también a cada hogar.
En resumen, las cabezas de cada hogar, esto es, los padres y madres, eran responsables por lo que entrara en su casa. El mensaje de Dios aquí es tan claro como el cristal: padres y madres, nosotros estamos encargados de guardar nuestro hogar de todo ataque satánico que trate de entrar. Esto significa que somos responsables por cada libro, cada disco y cada amigo que nuestros hijos hagan entrar por las puertas de nuestras casas.
También somos responsables por cada influencia dentro del hogar, sea televisión, video o Internet. Sinceramente, los padres de hoy necesitamos más sabiduría y discernimiento que otros en la Historia. Satanás tiene muchas más armas y disfraces sutiles para usar contra el pueblo de Dios. Sólo a través de la oración diaria y diligente, y de la inmersión en la Palabra de Dios, tendremos el poder contra él como guardianes de nuestros hogares.
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Antonio y Litzabel Maldonado son directores de Kairos TV Producciones y conferencistas a padres de familia.
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