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La envidia busca venganza
         




 
 

La otra tarde fuimos a despedirnos de mis tíos Juan y Encarna. Regresan a Francia para estar con sus hijos, y de paso, evitar los fuertes calores que se aproximan a nuestra tierra.
Durante la merienda salieron a relucir temas antiguos de familia. Me encantan. Nos contaron la anécdota de un aparato de radio, comprado a plazos, que les habían regalado a mis abuelos. Verán que la historia no es de ayer, sino de mediados del siglo pasado.
Fue el primer ejemplar de esa especie que llegó al lugar. Siendo una familia de origen humilde, recibieron el obsequio como un gran tesoro. Coincidió por aquel tiempo que la instalación de luz eléctrica en las casas era muy reciente. El que más, tenía una sola bombilla en el comedor, y eso ya era todo un lujo.
El aparato, por el costado que daba al corazón, causó admiración en los coterráneos. Sin embargo, por el otro, el del hígado, acarreó problemas. Pasada la novedad de los primeros días, los vecinos comenzaron a quejarse diciendo que desde que el artilugio había llegado, las bombillas alumbraban menos y la luz se iba con más frecuencia. Nadie sabía adónde, pero se iba, y cuando regresaba, lo hacía sin dar explicaciones (digo esto último porque la gente quería que la explicación fuera “el novedoso regalo”).
Decían que mis antecesores (ajenos los pobres a todos aquellos rumores) estaban consumiendo la luz que a ellos les pertenecía. Tanto notaron la bajada de intensidad y los cortes que formaron grupos de defensa. Transmitieron las quejas al encargado de la empresa con la intención de que fuera a la casa, revisara las instalaciones y comprobara el asunto. Siempre ocurre igual: si uno participa, aunque sea como oyente, en las conversaciones que generan esta enfermedad llamada envidia, se expone gravemente al contagio de tomar partido.
El hombre, armado de brusca autoridad como era el deber de aquellos tiempos, llegó con el propósito de desconectar por lo sano aquel problema del enchufe y devolver a los vecinos la luz que se les estaba robando. Cuál fue su sorpresa cuando vio la pequeña radio sobre la mesa sin ningún cable. Funcionaba a pilas. El mediador, todo avergonzado, contó a mis abuelos que el motivo de su visita había sido las quejas. En aquel momento, a ellos empezaron a cuadrarles algunas actitudes que, hasta entonces, no habían logrado comprender.
Retomo la segunda parte del título de este artículo: la venganza. Las personas que sufren esta enfermedad acusan a quienes envidian, sienten que les están robando lo que por derecho es suyo, los critican, inventan cosas que no existen y denuncian ante quienes creen que tienen autoridad y pueden apoyarlas.
Estos “quienes” son los que normalmente dan la cara defendiendo temas que desconocen. Terminan pasándolo mal, ya que sus partes íntimas suelen quedar al descubierto públicamente. Son las liebres que los enfermos lanzan para que, si hay que cazar a alguien, ellas sean la presa. Enfermedad no es sinónimo de ingenuidad.
Nadie está libre de sufrir envidia. La Palabra de Dios nos enseña a todos: La mente tranquila es vida para el cuerpo, pero la envidia corroe hasta los huesos (Proverbios 14:30); y nadie está libre de padecer las consecuencias de los envidiosos.
La envidia habitó en Caín y mató a Abel en los principios de la Historia de la humanidad: Pasó el tiempo, y un día Caín llevó al Señor una ofrenda del producto de su cosecha. También Abel llevó al Señor las primeras y mejores crías de sus ovejas. El Señor miró con agrado a Abel y a su ofrenda, pero no miró así a Caín y a su ofrenda, por lo que Caín se irritó mucho y torció el gesto. Entonces el Señor le dijo: “¿Por qué te has irritado y has torcido el gesto? Si hicieras lo bueno, podrías levantar la cara; pero como no lo haces, el pecado está esperando el momento de dominarte. Sin embargo, tú puedes dominarlo a él” (Génesis 4:3-7).
Llenos de envidia los hijos de Israel odiaban a su hermano José: Israel quería a José más que a sus otros hijos, porque había nacido siendo él ya anciano. Por eso le hizo una túnica muy elegante. Pero al darse cuenta sus hermanos de que su padre le quería más que a todos ellos, llegaron a odiarle y ni siquiera le saludaban (Génesis 37:3-4).
Hasta al mismo Jesús, nuestro Señor, lo sentenciaron a muerte por esta misma causa: Reunidos, pues ellos, les dijo Pilato: ¿A quién queréis que os suelte: a Barrabás, o a Jesús, llamado el Cristo? Porque sabía que por envidia le habían entregado (Mateo 27:17-18).
La envidia busca venganza y llega a convencer al enfermo de que nadie merece tener lo que él mismo no tiene.
En Santiago 3:14 está escrito: Pero si dejáis que la envidia os amargue el corazón y hacéis las cosas por rivalidad, entonces no tenéis de qué enorgulleceros y estáis faltando a la verdad.
De 1 Pedro 2:1 recibimos este consejo: Por lo tanto, abandonad toda clase de maldad, todo engaño, hipocresía y envidia, y toda murmuración.
El poder sanador del Señor es grande pero, para curarnos, tenemos que desear tomar su Medicina.

Isabel Pavón es escritora y miembro de una Iglesia evangélica en Málaga.

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