Es muy interesante (y poco conocido) todo el bien que la gratitud puede traer a nuestra vida en todas las áreas, además de ser determinante para la relación con Cristo.
Ella puede verse reflejada en el rostro de quienes la ejercitan, debido a la belleza que produce en nuestro ser interior.
La gratitud es de mucha utilidad para nuestro espíritu, alma y cuerpo.
En nuestro espíritu ayuda a mantener la paz, y cuando hacemos lo que la Palabra nos enseña acerca de dar siempre gracias por todo al Dios y Padre en el nombre de nuestro Señor Jesucristo (Efesios 5:20), desarrollamos un reconocimiento permanente acerca de las bondades de Dios, lo cual nos ayuda a conocerle de una manera profunda y palpable.
Además, al mantenernos reconociendo con gratitud todo lo que Él es y hace en nosotros, podemos vivir confiadamente con un corazón enriquecido por el gozo que trae el saber que Dios es bueno y que sus planes para nosotros son de bien.
Un espíritu desagradecido es vulnerable a sentir enojo hacia Dios cuando considera que las cosas no salieron como se esperaba, lo cual aumenta la amargura e incapacita para recibir las bendiciones que se le han concedido.
Muchas veces, cuando vivimos circunstancias difíciles, la mente humana grita con fuerza que Dios no nos ayuda o no responde, pero si ese razonamiento llega a un corazón que sabe ser agradecido, queda sin efecto alguno, porque si hay alguien que puede conocer la bondad incondicional del Señor es aquél que tiene permanente gratitud dentro de sí hacia Él.
En nuestra alma, la gratitud es una excelente protección contra diversos males, pues una persona que no la practica es altamente propensa a la amargura, inconformidad, celos, envidias, contiendas, etcétera, ya que la ingratitud genera altivez de pensamiento, y por ende, un elevado concepto de uno mismo, lo cual lleva a la persona a creer que nadie merece más que ella. Cuando alguien llega a tener algo “mejor”, viene una enorme insatisfacción malsana que provoca reacciones dañinas, no sólo para quien la alberga, sino para quienes están a su alrededor.
La gratitud nos ayuda a mantener un corazón humilde, generoso y servicial, pues un alma agradecida reconoce siempre la ayuda que los demás le otorgan, valora a las personas de forma espontánea y no por sus bienes materiales; en respuesta a la bondad de los demás, procura siempre servir a manera de corresponderlos.
Cuando somos agradecidos podemos desarrollar un carácter amable y generoso, y nos mantiene considerando constantemente las necesidades de los demás, evitando el egocentrismo, desarrollando compasión y misericordia a otros, y una paciencia que bendice a todos aquellos que están cerca.
Una persona agradecida puede, incluso, pasar por alto ofensas, evitar contiendas y guardar la unidad, pues debido a que ejercita la gratitud, nunca tiene un corazón endurecido y puede vivir libremente en el perdón.
…el que no ha elevado su alma a cosas vanas ni jurado con engaño, él recibirá bendición del Señor y justicia del Dios de salvación (Salmo 24:4-5).
En nuestro cuerpo la gratitud nos protege de ser malencarados, ásperos con los demás y nos ayuda a no lastimar con nuestro trato. Por el contrario, nos permite ofrecer a otros tiempo, atención, consuelo y palabras de ánimo, pues una persona agradecida siempre está dispuesta a extender su mano a otros, porque reconoce que siempre hay quien tiene una mano extendida para ella.
Ser agradecido nos mantiene con buena salud física, como resultado de vivir fuera de resentimientos o constantes enojos; mantiene un brillo de libertad y gracia en nuestros ojos.
Gracias a la gratitud se tiene siempre un buen ánimo, y por lo tanto, fuerza y disposición para desarrollar todo lo que hacemos; como consecuencia de ello tenemos éxito en las labores que desarrollamos y generamos un testimonio vivo de la bondad del Señor que impacta a los demás, incluso sin hablarles, sólo por el hecho de que la gratitud es una virtud que procede del corazón mismo de Dios; al desarrollarla, emanamos esa parte de Él hacia los demás.
La gratitud es una actitud, una forma de comportamiento que se adquiere por voluntad propia. Cada persona decide ser o no agradecida. Sin embargo, decidir vivir con gratitud puede trasladarnos de una vida vacía y oscura a una vida llena de luz, con satisfacciones y bendiciones que sobreabundan no sólo para la propia vida, sino para todos aquellos a nuestro alrededor.
Nos asemeja a la imagen de Jesús, y al ejercitarla podemos ser un poco más como Él es. Cuando desarrollamos corazones agradecidos tenemos la oportunidad de reflejar su corazón, su bondad y su rostro: el de la gratitud.
Y el mismo Dios de paz os santifique por completo; y todo vuestro ser, espíritu, alma y cuerpo sea guardado irreprensible para la venida de nuestro Señor Jesucristo (1 Tesalonicenses 5:23).
Adriana Jaramillo, junto a su esposo Rodolfo, es líder de Adolescentes en Amistad de Puebla, A. C.
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