María lloraba desconsolada. Ella, “feliz” madre de dos hijos, se abrazaba con fuerza a sí misma contra sus rodillas, haciendo un esfuerzo por no gritar. Cubría su boca con angustia desesperada; había tenido una discusión con quien es su esposo desde hace 15 años.
La pelea pudiera haberse tomado como una más de las experiencias del matrimonio, si no fuera por las palabras que había escuchado de él, que la herían como daga profunda que toca los nervios sensibles del alma, lugar recóndito que, lejos del alcance de lo físico, es alcanzable por medio de las emociones.
María tenía como trasfondo una crianza en un hogar piadoso, lleno de necesidades económicas por todos lados, pero feliz y unido. Había abrazado el Cristianismo de tal forma que, desde joven, mostraba deseos de servir a Dios en otros países. Gustavo, su novio en ese tiempo, mostraba interés por ella, pero no por las metas que le manifestaba con tanta seguridad de alcanzar.
Los padres de María, sabiamente, le habían comentado que no era un mal muchacho, pero que no era la persona para ella. María estaba más que perdida por él, y sólo pensaba en cubrir sus defectos con explicaciones de que sabía que era la voluntad de Dios que se unieran (como si la voluntad de Dios requiriera de tal explicación). Gustavo llegó a su vida con una posición económica que bien pudo influenciarla.
En el primer año de casados él le confesó que no tenía el menor interés de servir como misionero o algo así. Fue la primera puñalada de la cual no se pudo recuperar; se sentía traicionada... su vida no era como la había soñado. Con el tiempo él ni siquiera mostraba interés en leer la Biblia que con tanto cariño ella le había regalado; rara vez fue abierta, y conservaba los cantos dorados de fábrica. Lucía en buena condición, pero en el caso de este libro especial, el uso y desgaste habla de una verdadera devoción.
Existen tres momentos que son claves para nuestro desarrollo humano, y aunque no son exactos, sí nos dan una idea de dónde nos encontramos y hacia dónde se dirigen nuestras vidas.
De 0 a 20 años. En esta edad son pocas las decisiones importantes que pudimos haber tenido. La única decisión que hace trascendencia en esta época es aquella que nos deja poner nuestra vida en las manos de Dios. No obstante, aun con eso, como tenemos el mandamiento de honrar a nuestros padres, no hemos podido ir mas allá de su sombra. Las decisiones no tienen gran trascendencia y sólo empezamos a asomar la cabeza de su círculo de influencia y dominio, arrastrados por los cientos de ilusiones y anhelos que tenemos en nuestro corazón. Las bases de nuestras decisiones estarán formadas por los años de relación que mantengamos con nuestros padres.
Por eso, a falta de padre, el hombre no ha tenido un ejemplo de cómo reaccionar ante las presiones que le rodean. Si la mamá lo ha criado entonces será muy difícil separar las emociones de sus decisiones. Para una mujer, la falta de un afecto paternal masculino le hace caer fácilmente en las garras de el primer hombre que le muestra un afecto que ella nunca ha experimentado. Saberse aprobada por un hombre es una satisfacción que es nueva y hermosa, y es muy difícil no ceder a esta presión-necesidad cuando se siente por primera vez.
Los padres funcionan como refuerzo emocional, y la relación-cercanía con ellos es en forma paralela que la que se mantiene con Dios, pues nos identificamos emocionalmente con Él de acuerdo a la forma en que fuimos criados. Un padre firme y fuerte de carácter nos hace ver a Dios de la misma manera; una madre inestable y manipuladora nos hace reaccionar inseguros e inconstantes en nuestra relación con Dios, e inconscientemente le asociamos con un manipulador.
De 20 a 40 años. Aquí es donde se empieza a poner interesante, porque las decisiones que tomamos tienen gran fuerza y marcarán los días que nos seguirán por delante. Las decisiones abarcan:
• Con quién nos casaremos.
• La carrera que decidiremos llevar (la especialidad nos puede llevar a hacer muchos cambios, de los cuales la pareja puede no estar de acuerdo).
• La dieta que dará forma a nuestro cuerpo (nunca pasa al revés).
• Las decisiones pavimentan nuestro futuro, ensanchando o angostando nuestra visión y pasión.
• Cuántos hijos queremos tener.
¿Cómo estamos sembrando nuestro futuro? La forma en la que tratamos a nuestros padres es la forma paralela en que nuestros hijos nos tratarán a nosotros. Cuando empezamos a interactuar con nuestros vástagos nos encontramos en el terreno de nuestras propias decisiones; estamos decidiendo qué postura tomar: aquellos patrones malos que nos dejaron nuestros progenitores o cambiarlos.
Nos enfrentamos con que Jesús dejó la Biblia como si fuera un espejo, y del mismo modo que en el cuento de Blanca Nieves, podemos preguntarle cómo ve nuestras vidas a la luz de su Palabra; pero a diferencia de la narración, con la bruja de por medio, escuchamos el veredicto de la Escritura.
Sería algo como esto: nos paramos frente al espejo, y le decimos: “Espejito de la Biblia, dinos: ¿Cómo anda nuestra vida el día de hoy?”. Lo demás ya lo podemos imaginar: nos ponemos a llorar de vergüenza.
Esta etapa de la vida puede ser una de las más agitadas y variables, pues tenemos allí los cambios de estilos de vida de dos personas, hijos, problemas económicos, enfermedades, desilusiones, angustias de los cambios sociales, crecimiento, cambios fisiológicos, rentas, mudanzas a diferentes ciudades, etc.
En este período podemos perder la candidez de la vida y tomar hábitos, que después nos formarán. Empezamos a recoger los frutos de nuestras decisiones, pero también podemos caer fácilmente en la trampa de culpar a otros por las cosas que no salieron bien. Aparece la amargura encubierta por los “hubiera”, y así pretendemos no asumir responsabilidad alguna.
Las mujeres corren por la estabilidad, mientras que los hombres corren por sus sueños; se dan luchas por acelerar o frenar los sueños individuales.
De esta forma, si una mujer constantemente le dice a su esposo que sus sueños son muy absurdos, causará en él dolor emocional. Igual sucede con la estima de una mujer cuando se le dice que se está poniendo vieja y arrugada. El hombre espera ser necesitado-admirado, mientras que la mujer espera ser apreciada-aceptada.
Una pareja pudo haber puesto ya los cimientos de su Cielo en la Tierra o de su Infierno terrenal bajo la esfera de estos años.
De 40 a 60 años. Por algo se dice que a los 40 viene la crisis de la edad media, porque estamos en los momentos en que sentimos que todavía podemos, aunque ya no igual de intenso. Aquí es muy difícil regresar de las decisiones que hemos tomado, y generalmente tomamos solamente lo que ya sembramos en el pasado. No podemos recrear la niñez de nuestro hijos, así como tampoco cambiar las razones o motivos que nos llevaron a tomar ciertas decisiones.
Fácilmente notamos que María y Gustavo ya estaban más que atrapados en las decisiones de ambos; querer deshacer los sueños de nuestra pareja es un canibalismo que destruye, personal y emocionalmente, el matrimonio.
Hay un ejemplo en la Biblia que nos da luz en medio de esta oscuridad de emociones. 2 Samuel 6:12-23 enseña que David danzó (y vamos a decirlo así) en calzones largos delante de toda la gente, y estuvo haciéndolo acompañado de otras mujeres que no eran su esposa o hijas. No se vio muy propio para su rango, pero al final sólo buscaba agradar a Dios. Lo que hizo no fue nada ortodoxo, pero Mical se lanzó contra él con uno de los mayores destructores de matrimonios:
1. Salió a enfrentarlo avergonzándolo delante del pueblo que venía contento de alabar a Dios. Esto es ir contra de la autoridad que representa el esposo; no es aceptable en el Reino de Dios donde la democracia no tiene cabida, y esto es aplicable para ambos bandos.
2. David danzó para Dios, quien se agradó de esto, así que la relación entre Dios-esposo (o esposa) es única y no tenemos derecho a criticar la manera en que se desarrolla.
3. Tú puedes atraer la bendición o la maldición por medio de tu boca.
Resumimos, entonces, que podemos tener razón, pero estar equivocados al mismo tiempo. Muchas mujeres se pueden quejar de que su esposo no es tan espiritual como debiera; o viceversa. Sin embargo, tal vez sea porque han sido avergonzados en su relación personal con Dios entre ellos mismos.
El castigo, en el caso de Mical, fue quedarse estéril para no reproducir el mismo patrón en otro niño o niña. ¿Nos sentimos estériles en alguna área de nuestra vida? Notemos que no nació estéril; se volvió estéril.
Al final de todo, en un matrimonio las heridas, el dolor, la alegría, la paz y la inseguridad de nuestra pareja nos tocan a nosotros mismos como herencia. Somos uno al casarnos, y lo hacemos con la familia, sus valores, virtudes y defectos, para bien o para mal. Las maldiciones que pasan de generación a generación no se van con oraciones largas reclamando un cambio de la otra persona; el cambio comienza en nosotros cuando asumimos la responsabilidad. Jesús lo dijo de una manera magistral en Lucas 6:32-36: Porque si amáis a los que os aman, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores aman a los que los aman [y la suegra no es un enemigo, ¿o sí?]. Y si hacéis bien a los que os hacen bien, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores hacen lo mismo. Y si prestáis a aquellos de quienes esperáis recibir, ¿qué mérito tenéis? Porque también los pecadores prestan a los pecadores, para recibir otro tanto. Amad, pues, a vuestros enemigos, y haced bien, y prestad, no esperando de ello nada; y será vuestro galardón grande, y seréis hijos del Altísimo; porque Él es benigno para con los ingratos y malos. Sed, pues, misericordiosos, como también vuestro Padre es misericordioso.
Podemos hacer guerra contra las cosas que no nos parecen de nuestra familia, pero ella es la que Dios diseñó para nuestra vida. No convivir con la familia de nuestra pareja es una falta de aceptación hacia ella. Finalmente, los defectos o fallas de nuestras familias son las virtudes que debemos desarrollar en nuestra vida; no son nuestras enemigas, sino nuestro campo de entrenamiento... ¡y vaya que hay que entrenar!
En cualquier edad que estemos encontraremos respuesta en la frescura del Espíritu Santo. Juan 4:14 dice: ...mas el que bebiere del agua que Yo le daré, no tendrá sed jamás; sino que el agua que Yo le daré será en él una fuente de agua que salte para vida eterna, y es un llamado de sanidad y salvación integral porque solamente la limpieza de su Espíritu Santo puede llevarse lo que no necesitamos y darnos una nueva oportunidad de mejorar nuestra vida, sin importar en qué etapa nos encontremos.
Rubén H. Anteles es colaborador del portal cristiano Cristoweb.com.
© 2008. CRISTOWEB. MÉXICO.
RUBEN H. ANTELES