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Los dolores y desesperación del amor
         




 
 

La vi y todo pareció dar vueltas. Ella era alta, delgada, de cabello oscuro y ojos claros. Caminaba muy segura y sonreía sin exagerar entre la multitud en el concierto. Era difícil para mí no intentar mirarla a los ojos. Aunque no la había visto antes, me animé a acercarme pensando que, quizás, no hubiera otra oportunidad de poder hablarle. Quien no arriesga no gana, y pensé que era tiempo de moverme.
Fingí confundirla con una conocida. Ella me saludó muy amable mientras le preguntaba su nombre. Luego no me atreví a decir más, pero atiné a observar a un conocido que me dijo en qué congregación se reunía, me la recomendó y me pasó su correo electrónico.
¡Ahora todo dependía de mí! Así comenzó todo, yo hice mi parte: intenté contactarla por Internet, me aparecí en su congregación… Muchas veces fui en vano sin encontrarla, hasta que, finalmente, logré platicar con ella a la salida del servicio.
Recuerdo que me dio su teléfono celular (¡yo no lo conseguiría de nadie más, ella tenía que dármelo!). Luego todo fue cuesta abajo. Tuve cuidado de no llamar demasiado como para molestar, pero no espaciar mis llamadas tanto como para que pensara que no tenía interés.
Ella parecía una persona sencilla y agradable. Poco después la invité a un café con el desastroso resultado de un plantón bien dado. Una hora y media de espera y nada… Pero no me desanimé. Ella valía muchísimo para mí y pensé en seguir tratando; si de verdad me interesaba me costaría deshacerme de un poco de orgullo.
Poco a poco logré obtener su confianza. ¡La estaba conquistando! Me sorprendió ver que se me ocurrían detalles cada vez más creativos para sorprenderla. La pasábamos bien juntos.
Luego, en una oportunidad, al cabo de dos larguísimos meses, me declaré con la boca seca de nerviosismo dándole un poema que le escribí. Ella no me dijo que no, pero pidió más tiempo para conocerme.
Eso no le gusta a ningún hombre, pero pensé que era una oportunidad para hacer un nuevo esfuerzo. Al menos ella sabía mis intenciones y aún me quería cerca.
Batallaba muchísimo para no llamarle todos los días. Tenía que darle espacio para ver si ella me llamaba en alguna ocasión… Pero nada.
Me dijo que no podría salir en una semana. Ella decía estar muy ocupada; era admirable que estudiara y trabajara de tiempo completo; yo trataba de ser comprensivo. Ella se reivindicaba en cada cita conmigo. Tuve detalles como jamás los he tenido con nadie: mensajes, flores, regalos, paseos diferentes.
No obstante a que todo iba bien, ya casi me dolía no estar más cerca de ella. Ya no aguantaba las ganas de volverle a preguntar si quería conocerme mejor. ¡Esperar es muy difícil y doloroso cuando quieres a alguien!
Al mes, en una noche estrellada, volví a proponerle que fuera mi novia… ¡Esta vez me dijo que sí! Esa noche fue mi primer e inocente beso. Casi flotaba. ¡Sentía que todos mis esfuerzos habían valido la pena! No me explicaba cómo podía alguien sentir lo que yo estaba sintiendo. Luego la cruda realidad. Al cabo de tres días de no contestarme por teléfono, fui a verla.
Me maltrató. Decía que no estaba segura de haber tomado la decisión correcta; que no sabía que hacer. Me decepcioné; mis alas estaban casi del todo cortadas, pero luego de algún tiempo seguí tratando. Ella se portaba indiferente a veces, y en otras ocasiones muy bien, pero no me daba mucha importancia. No sé cómo seguía cuidando un sentimiento hacia alguien que claramente estaba jugando, ¡pero la quería! Sin embargo, su inmadurez y apatía me lastimaron bastante. Era mi primera novia.
Te preguntarás por qué platico esta historia con un final tan triste. Hoy no puedo dejar de pensar en que lo mismo que esa muchacha me hizo, le he hecho a Dios. Me duele pensar en eso. Hoy sé que Él está verdaderamente enamorado de nosotros, su creación.
Caí en la cuenta de que, muchas veces, el Dios de todo el Universo desea oír mi voz orando durante el día y no me doy el tiempo por estar ocupado en mi rutina. La verdad es que esa falta de tiempo no es más que falta de interés. Me he portado como un petulante que no aprecia a quien lo ama a pesar de que Dios no es cualquiera, sino lo mejor que existe.
Piensa por un momento: Dios es quien ha tenido más detalles para ti; es quien te ha dado más regalos y oportunidades. Es quien más te ha buscado. Su Espíritu Santo trata de hablarte de una y otra manera. Nosotros no hacemos nada, sino ignorarlo. ¡Dios ha insistido como nadie!
Hoy sabemos que Jesús murió por nosotros, pero no nos interesa más. Hemos dado por sentado que tenemos derecho a lo que Él nos da tan insistentemente: vida, salud, familia, casa, comida, amigos… ¡todo lo puso Dios! Vivimos la vida como si Él no estuviera ahí, pero espera junto a nosotros.
¿Alguna vez has pensado cómo corresponderle por tanto amor? ¿Siquiera has intentado? ¿Te das cuenta de que no tienes la capacidad de hacer algo digno de Él?
¡Dios merece todo lo que pudieras hacer y ni aun así sería suficiente! ¡Cada esfuerzo, cada privación, cada trabajo sería indigno! Mucha gente puede haber pensado que fui muy tonto en dejar correr mis sentimientos como lo hice con esa muchacha; que fui muy simple en no ver que esa persona no estaba lista para mí y era muy egoísta. Sin embargo, yo no puedo comprender tampoco por qué Dios nos ama tanto siendo nosotros tan malagradecidos y poco merecedores.
Es el misterio más grande. Él cuida de cada detalle en nuestra vida. Sabe nuestros nombres. Si un cabello de nuestra cabeza se cae, eso no pasa desapercibido para Él. No le importan detalles pequeños o grandes, permanece declarándonos su amor. Estoy seguro de que a veces Dios se duele cuando le ignoramos tan flagrantemente.
La Biblia habla de no contristar al Espíritu Santo. ¿Cómo es posible que podamos hacer eso? Nuestro pecado es equivalente a un insulto a su gracia. No entiendo muchas cosas; pero sé que tengo cerca de mí la hermosa realidad de que puedo estar seguro: que el Amor en persona me desea, me quiere y me llama cada día. Mi enfoque dejó hace tiempo de estar en las personas, la pareja, el trabajo o el éxito económico y profesional.
Me esfuerzo en darle prioridad a quien me ama tanto: Dios. Mi anhelo es construir con mi vida un regalo que exprese de alguna manera que al menos intenté corresponderle.
¿Qué harás tú?

© 2007. AMÉRICA NUEVA. MÉXICO