Dios no desea en ningún instante hacer muestra de su poder arrojando a los impíos en el Infierno. Las manos de los hombres no pueden ser fuertes cuando Dios se levanta; el más fuerte no tiene poder para resistirle ni puede librarse de sus manos. Él no sólo es capaz de arrojar a los impíos en el Infierno, sino que puede hacerlo fácilmente. Algunas veces un príncipe terrenal se encuentra con la dificultad de sujetar a un rebelde que ha encontrado medios para fortificarse a sí mismo, y se ha hecho fuerte por el número de sus seguidores. Sin embargo, no es así con Dios. No hay fortaleza que sea defensa contra el poder de Dios” (extracto del famoso sermón de Jonathan Edwards, Pecadores en las manos de un Dios airado, predicado en julio de 1741).
En los inicios del Siglo XVIII las colonias de Nueva Inglaterra, en la costa este de los Estados Unidos, se encontraban en una situación de gran declinación moral y espiritual.
La expansión territorial, junto con una serie de guerras devastadoras por la posesión de mayor territorio por parte de las potencias colonizadoras europeas, fueron las causas principales de este decaimiento en las costumbres de la población.
Las iglesias existentes no sólo se habían reducido en número, sino que cayeron en el formalismo institucional religioso sin ningún poder espiritual para provocar cambios en la sociedad.
Fue entonces que en medio de este ambiente apareció la figura del pastor de la Iglesia Congregacional de Northampton, Massachusetts, llamado Jonathan Edwards. Genuinamente preocupado por la sequedad y apatía espiritual tan prevaleciente en todas las colonias, Edwards se propuso buscar a Dios y rogar, según su propio entender, por un “avivamiento de la religión”.
Otros tantos ministros siguieron su ejemplo, y para el año 1726, comenzó un despertar espiritual que afectó prácticamente toda la costa este. Northampton fue particularmente uno de los lugares en donde la presencia del Espíritu Santo literalmente permeó toda la comunidad. Edwards describió la primavera y el verano del año 1735 como una temporada en la que “la ciudad entera parecía estar llena de la presencia de Dios”.
A tal grado fue saturada la comunidad que no había persona, joven o anciana, que no hubiese sido afectada con un profundo sentido de preocupación por las cosas de la vida eterna.
La iglesia de Jonatahn Edwards rápidamente se llenó de nuevos creyentes que venían con una fuerte convicción a recibir salvación, y de viejos congregantes cuya fe se veía revitalizada por el derramamiento del Espíritu.
Debido al dramatismo de las continuas manifestaciones externas que la gente presentaba ante la presencia de Dios, la gente de otros pueblos se burlaba y menospreciaba lo que ocurría en Northampoton. Sin embargo, después de visitar la iglesia de Edwards y experimentar la abrumadora presencia de Dios, su ecepticismo se disipaba y volvían a sus pueblos llevando consigo el fuego del Espíritu, propagando así el avivamiento.
Fue en estos años cuando Jonathan Edwars predicó su famoso sermón, Pecadores en las manos de un Dios airado. Ese domingo en la mañana la convicción del Espíritu fue tan poderosa sobre la congregación, que muchos hombres y mujeres empezaron a clamar en voz alta por misericordia al grado de apagar la misma voz de Edwards. Otros, al darse cuenta de la realidad del Infierno, se asían aterrorizados a los respaldos de las bancas o abrazaban fuertemente las columnas de la iglesia como si el suelo se fuera a abrir y las llamas los fueran a consumir.
Algo destacable en la vida de este hombre de Dios es que el poder que acompañaba su predicación no fue el resultado de compartir solamente el tópico del Infierno. Edwards fue un hombre sensible y compasivo que podía derretirse en lágrimas al contemplar la obra de la gracia de Dios con los pecadores. Al contrario de lo que algunos agnósticos han tratado de enfatizar, sus habilidades de oratoria tampoco fue la clave de su éxito, ya que él normalmente predicaba leyendo pausadamente sus sermones.
Lo que nos dejó como un claro testimonio es que su predicación derivaba su poder de su vida de oración. Según sus biógrafos, Edwards pasaba días enteros y aún semanas en oración; en ocasiones, no era raro que antes de predicar hubiera estado en oración hasta por más de ocho horas. El resultado fue no sólo la transformación de su ciudad, sino el gran primer despertamiento espiritual a nivel nacional que transformó la moral y costumbres de la naciente sociedad norteamericana cruzando por su historia colonial.
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