Artículo
 
 
¿Para qué nos sirve nuestra identidad?
         




 
 

Ya sabemos que somos hijos de Dios, que tomamos nuestra porción como tales cada día y que decidimos reeducar nuestra estructura mental para poder recibir lo que es nuestro. Sin embargo, ¿realmente estamos creyendo que lo somos o sólo estamos guardando la información en nuestros cerebros mientras pensamos cómo aplicar la doctrina de esto en nuestras vidas religiosas?
Cierto día estaba orando con unos jóvenes a los que discipulo; la mayoría de ellos están en edades entre los 18 y los 22 años. Precisamente, el tema era entender, tomar y caminar en nuestra identidad de hijos de Dios. Así que, después de una buena charla y exposición de esta verdad, empezamos a orar. Yo les había dicho que como ejercicio práctico cada uno de ellos, durante la oración, debía dirigirse a Dios como “Padre” o “Papá”. Mi sorpresa fue que, prácticamente, ¡no lo pudieron hacer; les costaba mucho esfuerzo! Necesitaban casi un guión de su oración, porque de lo contrario, regresaban al clásico: “Dios…”, “Señor…”. Sin embargo, esta experiencia no quedó ahí, y no es un caso aislado que sólo afecte a ciertos jóvenes de determinada edad.
Mi hijo menor, David, cuando tenía como cinco años y medio, un día empezó a gritar: “¡Abba, Abba. Ven Padre!”, durante nuestro tiempo devocional familiar. Inmediatamente pensamos mi esposa y yo: “Ya la hicimos, ya le cayó el veinte de su verdadera identidad a este chavo”. Sin embargo, días después de estar orando de esa manera, platiqué con David y le dije: “Bien hijo, ahora en tu oración llama Papá a Dios. Dile que es tu Padre. Él se agrada en que le llamemos así”. Mi hijo, que es un pequeño guerrero de oración, me respondió directamente: “No, no me gusta pensar que Dios es mi Papá”. De principio casi me infarto; me sentí el peor padre del mundo. Inmediatamente pensé que algo estaba haciendo mal en mi papel de padre como para que el reflejo de esta mala imagen hiciera que David no quisiera llamar Padre a Dios.
Sin embargo, la explicación a su respuesta llegó casi tan rápido como todo lo mal que me sentía: “Prefiero decirle a Dios Señor y que Él es poderoso y tiene fuerza cuando oro”.
Para muchos padres esto podría significar un “¡Uf. Ya la brinqué! Mi hijo conoce a su Dios personal y poderoso hacedor de milagros”. No obstante, en el fondo, su respuesta no es más que religiosidad. En este punto alguien podrá decirme: “¡No, cómo crees eso. Es un niño de 5 años; en él no hay religiosidad!”. Desafortunadamente sí, porque después de varias pláticas con él y con su hermana mayor, enseñándoles con la Palabra los lugares en los que Jesús se refiere a Dios como su Padre, y cómo finalmente hizo todo por mostrarnos el camino al Padre con el objetivo de que fuéramos uno con Dios como el Señor lo era (Juan 17), se empezó a romper este paradigma religioso y se inició una nueva relación no sólo con un Dios poderoso, sino también con un Padre amoroso en quien no hay sombra de cambio o variación.
Ahora bien, todo esto es un proceso, que se tiene que aprender y a decidir caminar por él. Cuando conocemos a Dios lo primero que tenemos que aprender es que efectivamente somos sus siervos. Él nos ha liberado del pecado y nos trajo de muerte a vida. Nuestras vidas fueron compradas a precio de su preciosa sangre, pero no nos adquirió a tan alto costo sólo para tener súbditos. Nos lleva a tener intimidad con Él, a que lo conozcamos, y en este proceso nos hace sus amigos, sus íntimos. Cuando entendemos esto, que ya no nos llamará más siervos sino amigos, es entonces que estamos listos para recibir la revelación de que todo el proceso de la salvación, desde su nacimiento hasta su resurrección, es para tener acceso al Padre y estar reconciliados con él.
Como en la parábola del hijo pródigo, a pesar de haber dilapidado nuestra herencia y haber podido llegar hasta lo más bajo, el Padre siempre está dispuesto, una vez más, a que nos arrepintamos para recibirnos nuevamente en casa como hijos.
No obstante, es sólo hasta ese momento maravilloso en que comprendemos el amor del Padre y decidimos recibirlo que podemos cambiar de un entendimiento religioso a una relación llena de amor y a una revelación de nuestra relación con el Padre eterno. Por eso, como padres, es vital que conozcamos y tengamos esta revelación en nuestras vidas, para que así podamos transmitírsela a nuestros hijos. Éste es el plan original de Dios para nosotros. Leamos un pasaje: Yo había dicho: ¡Cómo quisiera ponerte entre mis hijos, y darte una tierra deseable, la más hermosa heredad de las naciones! Y decía: Padre mío me llamaréis, y no os apartaréis de seguirme (Jeremías 3:19).
Qué increíble declaración del corazón de nuestro Dios Padre; esto es a lo que yo llamo “tener pensamientos de paz y no de mal” hacia nosotros, sus hijos. Busca tenernos junto a Él porque sabe que es allí en donde encontraremos vida y toda plenitud; pero a su vez desea darnos lo mejor de esta Tierra para mostrar al mundo su amor y complacencia con nosotros. ¿Qué es lo que pide a cambio de tanto amor y bendición? ¿Que vayamos y hagamos mil cosas en su nombre? No, lo único que pide y desea está en la segunda mitad del versículo: “Padre mío me llamarás, y no se apartarán de seguirme”.
Amado hermano, papá o mamá, sé que en el mercado existen mil revistas y libros que nos indican cómo criar a nuestros hijos, cómo prepararnos aun desde antes de que ellos nazcan, cómo cuidarlos, alimentarlos, educarlos, disciplinarlos, etc. Incluso parte de esa información nos habla de transmitirle al pequeño los valores y creencias familiares como algo importante dentro de su formación.
Sin embargo, necesitamos entender que la formación y éxito en la crianza de nuestros hijos depende directamente de la transmisión de la identidad que como familia les demos. No sólo la identidad de un grupo étnico o religioso, sino la identidad que se obtiene de conocer al dador de ella, nuestro Dios Padre.
Retémonos a que, durante este mes, así como a estos muchachos y a otros padres se les ha invitado, cambiemos nuestra manera de vernos como siervos de Dios y adoptemos ser hijos de Dios. Cambiemos nuestra manera de hablarle al Padre de las luces, a nuestro Dios, y digámosle: “Abba, Padre”; Papito, en nuestras oraciones cuando nos dirijamos a Él.
No sé si Dios tenga que romper, durante ese tiempo, estructuras religiosas que nos impidan llamarle Padre, ¡pero es necesario! No sé si esto nos llevará a reconciliarnos con nuestros padres naturales por tener resentimientos hacia ellos por algo que sucedió en nuestra niñez o juventud; si algo nos está impidiendo ver y acercarnos a Dios como su hijo, ¡rompamos las ataduras! Perdonemos y rompamos con todo lo que estorbe; corramos y acerquémonos a ese corazón que desea llamarnos hijos y que quiere mostrarnos todo el amor y favor que tiene para con nosotros. Para que de esta forma, nosotros como padres, podamos enseñar a nuestros hijos a acercarse de manera confiada al trono de la Gracia; en donde hallaremos, ellos y nosotros, oportuno socorro y descanso para nuestras almas.
Será un gusto para mí poder saber tus comentarios, dudas y aportaciones a esta sección. A continuación damos un correo electrónico en donde podremos comunicarnos: vozqueclamahoy@gmail.com.

©2008. AMÉRICA NUEVA, MÉXICO.