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Sobre el multiforme rostro de Dios: Hay que fijarse más en el Dios vivo que sufre con su pueblo
         




 
 

Yo creo que se puede afirmar en justicia, y desde posicionamientos bíblicos, que toda la diversidad humana, la pluralidad de razas y etnias, así como el sufrimiento humano, se refleja en el rostro de Dios mismo. Somos todos a imagen y semejanza de Dios.
Además, Dios también sufre con el sufrimiento de sus criaturas; se siente identificado y no ajeno a él y a los cambios de los hombres. Es por eso que Jesús pudo afirmar el impresionante y tan conocido “Por Mí lo hicisteis”, refiriéndose a nuestra acción solidaria con los sufrientes del mundo.
Dios no es sólo un concepto teológico, metafísico o filosófico de un Ser Supremo, Todopoderoso, Creador y Sostenedor del Universo. Él es un Dios vivo que se implica dentro de nuestra historia concreta y de los fondos humanos de los hombres, no sólo en el pasado, sino en el aquí y el ahora que nos ha tocado vivir.
Uno de mis lectores, en una carta (por cierto muy seria y que agradezco), dice que es como si estuviéramos “enclaustrando a Dios en los márgenes de la Historia”. Yo le diría, con todo respeto, que tengamos cuidado de no conferir a Dios un carácter de espiritualidad como si Él no fuera el Dios de nuestra historia concreta.
No se le debe enclaustrar solamente en los márgenes de nuestra historia, pero tampoco en los márgenes de la Teología académica ni en los de la Sociología. Dios actúa, indudablemente, dentro de los márgenes de nuestra historia. Es el Dios de la Historia. No es que nosotros lo enclaustremos en ella, sino que Él ha decidido moverse en medio de ella. Es un acto de su soberana voluntad.

Se comete el error de hablar de la salvación como si ésta fuera exclusivamente metahistórica. Como si la salvación no tuviera nada que ver con nuestro presente histórico, como si Dios no se preocupara de la situación concreta de los sufrientes de nuestro mundo, como si su rostro no pudiera ser afectado por las injusticias a los que tantos hombres son sometidos hoy. Es como si quisieran liberar a Dios de la sucia historia humana y lo quisieran enclaustrar dentro de la vitrina teológica.
¡Dios no quiere ser encerrado en ninguna vitrina teológica! Como si Él no pudiera entender e interpretar el rostro de tantos hombres sintiéndose afectado en su propio rostro. No entienden que el sufrimiento puede ser asumido por Dios como algo propio, en nuestro momento histórico presente, que se puede reflejar en el multiforme rostro de Dios.
A veces queremos un Dios aséptico en relación con las transformaciones de nuestra historia presente; un Dios tan alejado de las injusticias humanas que incluso nos hace olvidar la figura del Galileo, del Jesús de la historia con todos sus ejemplos de compromiso, de prioridades y de denuncias concretas, siempre en defensa de los desprotegidos, débiles y oprimidos de nuestra historia presente.
Es un error percibir a Dios como algo del más allá, lejano, glorificado y esperándonos en el Cielo; un Dios que sólo espera alabanzas, pero no actos solidarios que dan sentido al concepto de projimidad bíblico. En otra de las cartas, también profunda, se me dice que hablar del multiforme rostro de Dios es preferir el perfil sociológico al teológico. Como si a Dios se le captara solamente desde los conceptos filosóficos o teológicos. Como si los problemas sociales de sus criaturas no tuvieran nada que ver con el concepto de Dios.
A Dios se le capta desde lo teológico, desde lo social, desde lo histórico, desde lo ecológico y desde su comunicación con nuestro propio espíritu de forma viva, personal y alejada de los tan queridos conceptos metafísicos y de teologías académicas más o menos acertadas.
A Dios se le puede descubrir en medio del sufrimiento del mundo, y por supuesto, reflejado en los rostros de los migrantes injustamente tratados. Dios se hace presente, con sus valores del Reino, allí donde se hace justicia, donde se dignifica a las personas. Sufre con los que sufren, llora con los que lloran.
Creo que esto no es preferir el perfil sociológico al teológico, porque Dios lo abarca todo, incluyendo los aspectos que le afectan desde la injusticia social y el sufrimiento de los hombres. A veces pensamos que el concepto de Dios sólo se capta intimista e individualistamente, aunque, a veces, de forma insolidaria, dentro de nuestros corazones, en el interior de los templos o en medio de la alabanza.
Algunos son ciegos ante el hecho de captar a Dios en medio del sufrimiento del mundo. A Dios se le puede captar en todos los ámbitos y el concepto de Dios no se deja encerrar dentro de los márgenes de la Teología que los humanos podemos hacer o entender. El Dios Salvador lo es desde ya en nuestro aquí y nuestro ahora, mezclado en los trasfondos de nuestra historia presente, en forma concreta, como siervo, dando ejemplo de vida, sufriendo con los pobres y débiles del mundo.
Es el Jesús histórico que a veces olvidamos para centrarnos en el Jesús teológico. Es el Jesús que sufre con los problemas de las personas, con los sufrientes del mundo. Hay que fijarse más en el Dios vivo que sufre con su pueblo. No hacer de Dios un concepto lejano, ajeno a la vida, teologizado, sumido en ideas metafísicas y con una historia de salvación metahistórica, para el más allá, sin influencia en nuestra historia concreta de nuestro aquí y nuestro ahora que nos ha tocado vivir.
Ese no es el Dios del multiforme rostro en donde se pueden reflejar los rostros de los hombres del mundo.
No busquemos sólo al Dios de la Teología, de la Filosofía o de la Metafísica. Busquemos al Dios de la vida que, en el libro que nos ha dejado como revelación suya, se muestra como el Dios de la Historia, interviniendo en ella, liberando y sufriendo con los que sufren.
Ese es el Dios en el que creo y que, por supuesto, tiene la capacidad suficiente de que, en su multiforme rostro, se reflejen todos los rostros de los hombres del mundo. Especialmente el de los sufrientes.

Juan Simarro es licenciado en Filosofía, escritor y director de Misión Evangélica Urbana de Madrid

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