El racismo tiene que ver con la exaltación de la raza propia, con el menosprecio de cualquier otra y con todos los derivados de ambas cosas. Ante lo que Dios dice de Israel, su nación, desde los primeros contactos con el patriarca Abraham, podría parecer que es racista: “Engrandeceré tu nombre”, “Tu descendencia será como el polvo de la Tierra y las estrellas del cielo”, “Haré de ti una nación grande y poderosa”, “Eres mi especial tesoro”, “Eres como la niña de mis ojos”, y por si esto fuera poco, instituye la circuncisión como distintivo de su exclusividad.
Sin embargo, no se puede perder de vista que aquel pueblo surgía con el objetivo de ser bendición a todas las familias y naciones de la Tierra. La Biblia insiste en que Dios no hace acepción de personas (Deuteronomio 10:17 y Efesios 6:9). Dios está en las antípodas de cualquier favoritismo, predilección o diferencia injusta.
Cuando Israel ya estaba consolidado como nación le insistía por medio de los profetas para que no maltratase ni oprimiera a los extranjeros que había en ella y que no los afligiera haciéndoles violencia o negándoles sus derechos. Si los extranjeros se quejaban de eso Dios se comprometía a atenderlos y castigar a Israel. Dios no es racista.
Él usaba dos argumentos para exigir esto. El primero era que ellos sabían cómo se sentía el extranjero porque lo habían sido en Egipto, y para refrescarles la memoria, tanto en su esclavitud, como en la espectacular liberación, Dios les hacía vivir bajo enramadas una semana cada año (La fiesta de los tabernáculos).
El segundo argumento era que Dios amaba a los extranjeros, y por lo tanto, ellos tenían que amarlos como a sí mismos. El racista menosprecia al extranjero por el simple hecho de serlo.
Haremos bien en exigir a nuestros gobernantes buenas y adecuadas políticas de inmigración basadas en el respeto a la persona. Extranjero no es sinónimo de delincuente ni de terrorista, quienes sí deben ser tratados como tales, sean de aquí o de quién sabe dónde.
¿Habría que recuperar antiguas historias de cuando nuestros mayores emigraban para recordar cómo se siente un extranjero? Los cristianos, ¿nos atreveríamos a decir: “Dios no te ama porque eres musulmán, rumano, sudamericano o pakistaní? ¿Seríamos capaces de decir: “Aunque sé que Dios te ama, yo no?”.
Luis Ruiz es ingeniero y escritor
© 2008. PROTESTANTE DIGITAL. ESPAÑA.