Después le apareció Jehová en el valle de Mamre, estando él sentado en la puerta de su tienda , en el calor del día.
(Génesis 18:1)
No es la primera ocasión en que, al estar leyendo la historia de la vida de Abraham, me encuentro con esta porción. Puedo sentir cómo, en particular, las cinco últimas palabras del verso me atrapan fuertemente.
Creo que puedo imaginar la escena: un hombre de poco menos de cien años ha estado esperando el cumplimiento de una promesa, la cual hace ya casi veinticuatro años atrás le fue dada; su mirada está dirigida hacia abajo, y supongo que podría estar pensando: “No veo nada; no pasa nada”. Está sentado en la puerta de su tienda en el calor del día, o en una calurosa tarde de verano (según la versión La Bilia al día).
Son esas épocas tan secas, tan calientes y tan áridas en las que ni siquiera una ráfaga de viento sopla. Son esos tiempos en los que las hojas de los árboles permanecen estáticas; ni una sola de ellas se mueve. Sólo puede sentirse ese sofocante e intenso calor.
Me parece que existe un vínculo o una semejanza entre lo que ocurre en el entorno de ese hombre y lo que está sucediendo en su interior. Creo que estos tiempos en el calor del día son momentos en los que debemos pasar más allá de cuestiones humanas y circunstancias adversas y enfocarnos en PROPÓSITOS DIVINOS.
Son tiempos de abrazar y permanecer abrazando con todas nuestras fuerzas esos propósitos, aunque no los entendamos, pues son insondables. A simple vista se ve un hombre viejo, iluso e incluso tonto; casi muerto, como lo describe Hebreos11:12. Sin embargo, Jesús, el único que realmente puede entender lo que este hombre está viviendo, ve a alguien que se empieza a parecer a Él, porque en medio del calor del día, cuando parece que nada sucede, está ocurriendo un milagro grandioso: está forjándose en ese hombre el carácter de Aquel que, en el calor del día, colgado en un madero, puede conservar la paz en su mirada, puede conservar esperanza en medio de su sufrir, puede conservar la calma en medio de la tormenta; se está forjando el carácter de Aquel que, hasta el último momento, escogió y abrazo su propia muerte con tal de alcanzar el propósito y honrar a su Padre.
Puedo oír a Abraham ahí sentado EN EL CALOR DEL DÍA, repetirse una y otra vez: “Fiel es el que prometió” (Hebreos 11:11).
MARISELA GARCÍA
AMISTAD DE PUEBLA