Por más de dos siglos hemos vivido un sinfín de acontecimientos en la historia como Iglesia cristiana. Desde momentos gloriosos, comenzando con la venida de Cristo, hasta momentos cruentos como el Oscurantismo, el institucionalismo, etc.
Como Iglesia estamos volviendo a nuestra condición original. Lo que hasta ahora conocemos no es el diseño que Dios pensó cuando nos dio el don principal del Evangelio, que es Dios mismo haciéndose hombre para venir a la Tierra y darse a Sí mismo a nosotros para que tuviéramos la oportunidad de conocer su gloria.
Una de las razones por las que el Cuerpo de Cristo (la Iglesia) está sobre la Tierra es para que haya evidencia palpable de que Él existe, es real y está vivo. Sin embargo, esta evidencia ha estado opacada por siglos debido a que el Cristianismo se ha diluido entre las muchas corrientes, circunstancias y épocas que nos han tocado vivir por generaciones, lo cual nos ha llevado a perder nuestra forma original, como Iglesia y como individuos.
Sin embargo, ha llegado el tiempo en el que Cristo mismo, por su buena voluntad, ha decidido comenzar a manifestarse al mundo entero por medio de su pueblo (su Cuerpo).
Hasta hace no mucho tiempo, las sanidades eran un evento esporádico, los milagros eran cosa de ciertos siervos de Dios ungidos de una forma especial y los diamantes eran como un cuento de hadas llenos de hermosa fantasía, pero nada de realidad.
Hoy en día, la razón de los diamantes, sanidades y milagros es porque Él quiere atraer nuestra atención a Sí mismo. Cuando Cristo vino a la Tierra, una de sus encomiendas era mostrarnos la gloria de Dios (es decir, su carácter y manera de ser). Ahora Él está ocupando estas señales para mostrar a su Iglesia quién es Él: Porque también Cristo padeció una sola vez por los pecadores, el justo por los injustos, para llevarnos a Dios (1 de Pedro 3:18). Hoy la historia está cambiando, y todo parece indicar que apunta hacia su gran final. Dios ha comenzado a hacer, en un alto porcentaje, las cosas que habían de suceder cuando se acercara el regreso de Cristo. Él está comenzando a establecer su gobierno entre nosotros, trasladándonos de la condición pasada a una condición especial y a llevar a cabo la manifestación gloriosa de los hijos (maduros) de Dios.
Su gobierno
Establecer su gobierno es algo que pudiera registrarse en nuestra mente como algo sin mucha importancia debido al concepto que pudiéramos tener de gobierno. Sin embargo, y como siempre, cuando de Dios se trata las cosas tienen un significado único, inigualable y que no hemos conocido antes de haberlo experimentado.
Cuando hablamos del gobierno de Dios entre nosotros, como Iglesia y como individuos, estamos refiriéndonos a la experiencia profunda de saber confiar en Él a tal grado de que podamos dejar todo asunto en las manos de Él con la total certeza de que obrará lo que considere mejor para nosotros.
Por otro lado, cuando Dios gobierna nuestra vida, podemos observar cuán débiles e incapaces somos para realizar, siquiera, un mínimo cambio en nuestro carácter, forma de pensar o actitud, y terminamos reconociendo que, a menos que Él gobierne en esta área y venga a hacer los cambios que necesitamos, no tenemos la menor oportunidad de ser transformados a la imagen de su Hijo: Porque a los que antes conoció también los predestinó para que fuesen hechos conformes a la imagen de su Hijo (Romanos 8:29).
Cuando un cristiano entiende que sólo la intervención de Dios puede lograr cambios significativos, entonces entrega cada área bajo el gobierno de Él y es cuando su poder se perfecciona en nuestra debilidad, llevándonos a vivir más dentro de su diseño original para cada uno de nosotros.
Cambio en nuestra condición
Efesios 6:26 y 27 habla de que Cristo amó a la Iglesia al grado de entregarse por ella para santificarla, purificándola por la Palabra a fin de presentársela a Sí mismo como una Iglesia gloriosa, que no tuviese mancha ni arruga ni cosa semejante, sino que fuera santa y sin mancha. Ésta es una parte del diseño que Dios pensó para su pueblo, y cuando establece su gobierno, comienza a concretarse esta obra en nosotros.
Durante el tiempo en que hemos estado expuestos a la Palabra, si la escuchamos y practicamos, vivimos ese proceso de purificación, es decir, cambia en nuestra manera de pensar, de actuar, etcétera, ya que ella nos proporciona momentos de revelación, lo cual produce la transformación en nuestro interior.
Todo esto lleva la finalidad de que Dios mismo nos esté atrayendo a su justicia, a su rectitud, a su integridad, a su bondad, etcétera. Nunca como ahora en nuestra gran historia, ha habido tanta revelación de Él mismo en la Palabra, lo cual genera hambre en nuestro corazón, anhelo por obedecerla y búsqueda de su gobierno para alcanzar transformación. Esto nos lleva a la condición de Iglesia gloriosa, es decir, al grupo de personas que reflejan en su propia vida y carácter las bondades de Dios. Al vivir en esta condición, el Espíritu Santo puede ocuparnos para moverse con toda libertad y entonces manifestarse con gran poder por medio nuestro.
Pronto la Iglesia será conocida por el poder del Espíritu de Dios operando entre nosotros y a través de nosotros para que, los que no han creído, crean en Él y se conviertan de las tinieblas a la luz. Esa es la manera en la que se predicará el Evangelio en los últimos tiempos, tal como al inicio, por medio de señales y prodigios que muestren que Jesús resucitó y ha estado vivo todo este tiempo.
La manifestación de los hijos de Dios
Uno de los objetivos de las señales que Él está haciendo (sanidades, milagros, diamantes, etcétera) es, dentro de la Iglesia, para volvernos a Él, para ayudarnos a creer en Él. Pareciera una paradoja que sea dentro de las congregaciones en donde el Señor debe comenzar a convencernos de su realidad, pero en su misericordia y bondad lo está haciendo.
Así como cuando Cristo vino a la Tierra para mostrarnos cómo es Dios y para que su pueblo se volviera a Él, ahora está realizando, ante nuestros ojos, hazañas prodigiosas, primeramente para elevar la fe de su pueblo y la confianza nuestra en Él.
Una vez que el pueblo se vuelva de todo corazón a Él, tendremos no sólo el denuedo, sino el acompañamiento de señales y prodigios cuando hablemos su Palabra. Con el sólo hecho de mencionar su nombre, sucederán cosas que ojo no ha visto ni se han escuchado antes en toda nuestra historia, y todos serán, igualmente, atraídos a Él.
De esta manera llegarán las buenas nuevas a todos los confines de la Tierra y entonces… será el gran final de la historia.
Y se manifestará la gloria del Señor, y toda carne juntamente la verá; porque la boca del Señor lo ha hablado (Isaías 40:5).
Adriana Jaramillo
©2008. AMÉRICA NUEVA. MÉXICO.