Artículo
 
 
El canto del gallo
         



 
 

Y el gallo cantó por segunda vez. Entonces Pedro se acordó de las palabras que Jesús había dicho: Antes que el gallo cante dos veces, me negarás tres veces. Y pensando en esto, lloraba (Marcos 14:72).

Allí estaba él. Calentándose en una noche fría, con el corazón galopándole en la garganta. Él, que había prometido que si le fuera necesario moriría con Jesús, atemorizado jura no conocerlo.

Se oye el canto del gallo, y ese hombre impulsivo, rudo… ese Pedro desafiante se deshace ante un acto que el Maestro ya había predicho.

Al instante reconoce su error y tristemente se lamenta por ello.

Pedro no se diferencia mucho de lo que tú y yo somos. Aunque nuestras vidas son muy diferentes, en el fondo estamos hechos del mismo material, con la naturaleza pecadora que nos lleva a abandonar al Maestro cuando más lo necesita.

Promulgamos frases que dejan latente el amor que profesamos a Dios, pero silenciosamente contenemos esas esperanzadoras palabras que son necesarias emitir en los oídos más necesitados.

Al acallar aquello que Dios nos alienta a expresar, abandonamos al Maestro, y sin quererlo, nos sentamos en el patio de Caifás, mientras el canto del gallo nos recuerda que no estamos haciendo lo que prometimos.

Cada vez que de forma apresurada prometemos algo que luego no cumplimos, estamos imitando el comportamiento de Pedro.

Pecar, errar, es un acto humano. Reconocer el error, enmendar lo maltrecho y arrepentirse del pecado hace que nos acerquemos a Dios para que Él se encargue de hacer de nosotros hombres y mujeres más humildes, más sabios.

Yolanda Tamayo es colaboradora de la revista Ventana abierta de la Asamblea Cristiana.

©2008. Protestante Digital, España.