Es bastante conocido este proverbio; incluso lo recitamos de memoria muchas veces sin percatarnos, siquiera, de la profundidad y magnitud de su significado.
Lo que experimentamos cada día es resultado del tipo o grado de sabiduría con el que nos movemos.
Para tocar sólo una pequeña parte de este proverbio quiero llamar tu atención en las tres palabras claves: sabia, edifica y casa.
Primero. Una persona sabia es aquella que conoce de muchas cosas buenas y las aplica con integridad en su propia vida. Además, busca seguir aprendiendo siempre. También entendemos por sabio a alguien sensato, prudente y que comparte con otros de lo más profundo y lo mejor que tiene en su ser, sin enfocarse en lo superficial o emocional. Según el original, se describe a una mujer sabia como alguien hábil, excelente, con destreza e ingenio para resolver situaciones adversas.
Segundo. La palabra edificar se refiere a construir de una forma permanente hasta haber terminado, poner cimientos, reedificar y restaurar. También se refiere a la virtud de guiar con el ejemplo y de enseñar.
Tercero. Finalmente, al referirse a casa, en el original quiere decir: “habitación”, “familia”, “hijo”, “linaje”, “templo”, “interiormente”.
¡Qué tremendo! Si hiciéramos combinaciones de estas tres palabras podríamos decir, entre otras cosas, que:
1. La mujer hábil pone cimientos en su familia y sus hijos.
2. La mujer que tiene ingenio para resolver situaciones adversas enseña a su familia no sólo lo externo, sino también lo interno.
3. La mujer hábil puede restaurar el templo (la morada del Espíritu Santo) en su familia.
¡Esto es algo extraordinario!
¡Y pensar que a veces se cree que Dios hizo menos importante la función de la mujer que la del hombre!
¡Ambos tenemos encomiendas extraordinarias de parte del Señor en lo referente a a vida familiar!
Como mujeres muchas veces conocemos de la Palabra y somos sensibles a la presencia y anhelos de Dios, porque desde lo profundo de nuestro ser le conocemos; para la mayoría de nosotras Él no es una emoción ni una experiencia superficial, pues verdaderamente disfrutamos de su presencia.
Esto nos convierte en mujeres sabias; de hecho, Dios nos hace mujeres sabias desde el momento mismo en que deposita en nosotras su Espíritu, pero la Palabra menciona: “La mujer sabia… ¡edifica su casa!
Veamos el aspecto práctico de esto. Una mujer sabia que edifica su casa es aquella que no se conforma con “saber” por la Palabra que es necesario amar al prójimo, sino que decide hacerlo, y ama de tal manera que se convierte en un ejemplo y también guía a sus hijos a amar como Dios lo requiere.
Una mujer sabia no se conforma con leer o escuchar que debe perdonar 70 veces 7, sino que lo hace y sostiene a los suyos cuando ellos deben hacerlo.
La mujer que sabe edificar su casa es aquella que se despoja de la rencilla, el reproche, la amargura, la autocompasión, el chisme, la mentira y vive en integridad delante de Dios y de los hombres.
La mujer que sabe edificar es aquella que no se deja llevar por la ira, sino que tiene sus emociones bajo el señorío de Jesucristo y no emite palabras destructivas o insultos por el sólo hecho de estar muy enojada, sino que saca de lo profundo de su ser el dominio propio, lo ejercita, y si no tiene nada bueno qué decir, prefiere permanecer callada hasta que pueda hablar con prudencia y sensatez.
Una mujer sabia que edifica su casa, es aquella que no solamente sabe que el estar sujeta a su esposo es un privilegio y una bendición, sino que además permite a Dios tener bajo cobertura a su familia por medio de esa sujeción.
Debemos ser mujeres sabias que edifiquemos siempre, y la manera de hacerlo es poniendo por obra la Palabra de Dios en nuestras vidas primeramente y después sosteniendo y guiando con prudencia, ejemplo y amor al resto de nuestra familia para que ella también puedan ser hacedora de la perfecta voluntad de Dios.
No desperdiciemos la sabiduría que por gracia se nos ha dado, quedándonos solamente como oidoras olvidadizas; seamos hacedoras de la voluntad de Dios y con amor y respeto edifiquemos a los demás.
La sabiduría que se nos ha depositado debe cultivarse y madurar; para ello necesitamos pasar tiempo en la presencia de Dios, buscando mediante su gracia llegar a vivir conforme a su imagen y semejanza.
Amar a Dios es ponerlo en el centro de todo lo que somos y lo que hacemos, y eso lleva a cualquier persona a ejercer la sabiduría que vemos en Cristo cuando estuvo en la Tierra.
Cuando amamos a Dios por encima de todas las cosas, quedamos libres del peligro de operar bajo la voluntad del “yo” y entonces vivimos bajo la sabiduría de lo alto:
Pero la sabiduría que es de lo alto, es primeramente pura, después pacífica, amable, benigna, llena de misericordia y de buenos frutos, sin incertidumbre ni hipocresía (Santiago 3:17).
Adriana Jaramillo, junto con su eposo Rodolfo Jaramillo, es líder de Adolescentes en Amistad de Puebla, A. C.
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