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El renacer de una flor…
         





 
 

Hablar de flores y belleza es sinónimo de mujer. Ella ha sido, desde siempre, parte importantísima desde que la humanidad existe. Las mujeres han sido dotadas de una gran inteligencia y sensibilidad. Muchos compositores y poetas se han inspirado en ellas y han sido objeto de las más bellas expresiones artísticas.
No cabe duda de que ser mujer es todo un reto… desde que va creciendo hasta que llega a ser madre. Sin embargo a pesar de todo lo que mencioné, no se le ha dado el lugar que se merece, y así como ha sido objeto de inspiración, también ha sido objeto de humillaciones.
Por otra parte, hay quienes han sido maltratadas, por su propia pareja, quien ha dañado profundamente su corazón. Dañar el corazón de una mujer es muy fácil, pero sanarlo es muy difícil. Es como una flor delicada, y sólo Dios, que conoce ese corazón, puede sanarlo.
Hay algo en un tipo de flor que me llama mucho la atención (por cierto, se llama copa de oro). Por las noches parece que está marchita, porque se ve como inclinada, y aparentemente seca, pero por las mañanas se vuelve a recuperar y parece como si renaciera. Se pone nuevamente erguida y se abre otra vez, de manera que sus pétalos se vuelven a fortalecer cada mañana. Eso me asombra, porque si esa flor lo puede hacer, nosotras como mujeres también podemos hacerlo, y con mucha mayor fuerza.
Este escrito no trata de disfrazar las cosas ni pintarnos la vida de color rosa. Quizás estamos sufriendo en estos momentos experiencias muy dolorosas (algún tipo de maltrato, tal vez viviendo una separación, el duelo de algún ser querido); las situaciones que puede enfrentar una mujer son muchas, pero hoy tengo buenas noticias para nosotras: ¡no estamos solas! Para quienes hemos sufrido, quienes no hemos sido valoradas y amadas, hay alguien que nos ama y nos valora como nadie en este mundo, y entiende nuestros problemas femeninos.
Dios es un ser que nos ve cómo un ser tierno y delicado, porque nos creó con delicadeza. Su anhelo más grande es restaurar nuestra vida, nuestros años de sufrimiento. Sin embargo, es tiempo de que dejemos de padecer y volvamos a sonreír.
En Lamentaciones 5:21 dice: Vuélvenos oh Jehová, a Ti, y nos volveremos; renueva nuestros días como al principio. Y es que siempre hay un antes y un después. Antes de casarnos o de padecer algún problema éramos diferentes; tal vez éramos sonrientes, tolerantes, dadivosas, optimistas, positivas, alegres, sociables, amorosas, soñadoras y confiábamos más en Dios; teníamos más fe y le buscábamos fervientemente.
Sin embargo, desafortunadamente nos topamos en nuestro camino con un después, y las cosas se tornaron totalmente distintas que al principio. Ahora, en la actualidad, somos enojonas, gritonas, avaras, negativas, amargadas, apagadas, aisladas, y nuestra fe está casi agonizando por la falta de búsqueda y consagración a Dios.
Es tiempo de que Dios vuelva a renovar nuestros días como al principio. Él no nos quiere ver caídas o derrotadas. Él quiere sanar nuestro corazón lastimado, pero tenemos que volvernos a Él y buscarle como antes.
En lamentaciones 2:19 dice: Levántate, da voces en la noche, al comenzar las vigilias derrama como agua tu corazón, ante la presencia del Señor. Derramemos todo nuestro ser delante de Jesús, quien vino a darnos una vida nueva, quien puede cambiar nuestro desierto en un vergel, y que puede devolvernos la paz y la alegría que tanto hemos buscado. Él hará reverdecer nuestra vida, renovará nuestro interior trayendo consuelo, trayendo fortaleza y nuevas ganas de vivir, manantiales de aguas en tierra seca. Somos hermosas, no importa la edad que tengamos, siempre seremos alguien muy especial para Él. Dios nunca cambia, Él permanece fiel.
Nosotras somos esa flor que necesita el agua viva de Dios, y por eso tenemos que renacer. En 1 Juan 5:4 dice: Porque todo lo que es nacido de Dios vence al mundo: y esta es la victoria que ha vencido al mundo, nuestra fe. Somos vencedoras; nazcamos de nuevo, y como las flores, dririgamos nuestros pétalos hacia el Cielo, para que su agua nos reanime, y para que destilemos el rocío celestial.

Janette Fuentes