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Escuela para Padres: Padres con identidad de hijos
         





 
 

Todos tenemos grandes expectativas para nuestros hijos, desde el momento en que sabemos que “estamos” embarazados (incluso más cuando los tenemos en nuestros brazos). Definitivamente creemos que lo que nosotros no hemos logrado en Dios ellos lo harán; como diría Bill Johnson: “Que mi techo sea su piso”. Sin embargo, esto no es una labor fácil y sencilla; mucho menos una labor que nada más encomendamos a la Iglesia los domingos. Si ésa ha sido nuestra expectativa de la vida espiritual de los hijos o de la intimidad en la relación con Jesús que ellos desarrollarán en sus vidas, me temo que no va por ahí el propósito.
Antes de que nos espantemos expliquemos algo que ha estado por un largo tiempo en el corazón de mi esposa y el mío, así como en el de otros padres que conocemos: NECESITAMOS LEVANTAR UN EJÉRCITO DE PADRES.
Sí, un ejército bien reclutado y concertado, en dónde todos sepamos cuál es nuestro lugar en el hogar, en la Iglesia y en la sociedad. ¿Tenemos idea de lo que nuestros hijos alcanzarán si tomamos nuestro lugar en casa? Claro que tenemos una idea parcial, pero el clamor nuestro es que veamos la fotografía completa del lugar al que Dios nos quiere llevar como familias.
Para eso, los padres necesitamos levantarnos y establecer el Reino de los Cielos en nuestra vida personal y en nuestro matrimonio, así nuestros hijos alcanzarán el potencial al que Dios los ha llamado.
Recuerdo una anécdota de un niño que hablaba con su papá y le preguntaba: “Papi, ¿qué necesita un gato para vivir?”. El papá respondía: “Ser gato”. El niño inquiría una vez más: “Papi, ¿qué necesita un perro para vivir?”. El papá contestaba: “Ser perro”. ¿Y qué necesita un hombre para vivir?”, le decía finalmente el niño a su padre, quien después de pensar un poco contestaba: “Mhhh... Ser doctor, maestro, ingeniero, vendedor…”.
El hombre es el único ser que necesita ser “algo” para ser; pero en ese camino pierde su identidad. Un poco más fácil: gatos engendran gatos, perros a perros, pero los padres engendramos hijos que se convertirán en padres (al menos la mayoría así lo desea).
El problema aquí está en que si nosotros no tenemos nuestra identidad de hijos bien establecida y sanada en nuestro ser, lo que engendraremos son huérfanos,ya que nosotros mismos no tenemos una identidad de hijos. Esto es porque, a diferencia de los animales, lo que nosotros traigamos en nuestro corazón se engendrará en ellos.
Si nosotros no tenemos una visión correcta de la paternidad, o ni siquiera de lo que es verdaderamente ser un hijo, entonces no podremos multiplicarnos en hijos. Engendramos niños, a los que indiscutiblemente cuidamos, alentamos, promovemos o exigimos que lleguen a las metas que nosotros les trazamos (muchas de ellas son porque nosotros no las pudimos alcanzar); y sí, hasta llegamos a amarlos. No obstante, si nosotros no tenemos una buena referencia como hijos de nuestro padre terrenal, o no podemos ver a Dios como nuestro Padre, entonces no habrá una correcta relación padres/hijos.
Dios está interesado en que la humanidad se relacione con Él como hija, no sólo como su criatura. Leemos en la genealogía de Jesús: …Enós, hijo de Set, hijo de Adán, hijo de Dios (Lucas 3:38).
Adán estaba considerado como el primer hijo de Dios dentro de la raza de los hombres. Dios ya tenía al Hijo, pero Él estaba interesado en que su relación con la humanidad fuera la de un padre con sus hijos. De hecho, en todo ejemplo que Jesús nos dio siempre se refirió a Dios como Padre, aunque ahora dirás: “Es que Él SÍ ERA su Padre”. Claro, sabemos la doctrina: el Hijo vino a la Tierra como un hombre para redimir a la humanidad de sus pecados y de todo tipo de esclavitud y prisión. Ese hecho ha sido establecido en las mentes y los corazones de la mayoría de los cristianos. Sin embargo, Cristo también vino a la Tierra con el propósito de revelarnos al Padre celestial.
Primero Él dijo a sus discípulos: “El Padre me ha enviado” (Juan 5:36). Entonces Él dijo: “Yo no puedo hacer nada por iniciativa mía... porque no busco mi voluntad, sino la voluntad del que me envió” (la del Padre) (verso 30). Finalmente Él declara: “Yo voy al Padre” (Juan 14:12).
Escuchemos cuidadosamente lo que Jesús está diciendo: “Yo vine del Padre, y mientras estoy aquí, sólo hago su voluntad. Pronto volveré a mi Padre”.
Jesús dice que su vida entera giraba en torno al Padre celestial: su venida a la Tierra, su propósito mientras estuviese aquí y su regreso. ¡Todo era acerca de revelarnos al Padre! Por lo tanto, qué mejor ejemplo de paternidad podemos tomar que el que nos muestra Jesús del Padre celestial.
Ahora veamos: Ciertamente les aseguro que el hijo no puede hacer nada por su propia cuenta, sino solamente lo que ve que su padre hacer... Pues el padre ama al hijo y le muestra todo lo que hace (Juan 5:19-20).
Aquí vemos que Jesús no tenía voluntad propia y que Él no hacía nada en la Tierra, excepto la voluntad de su Padre. De hecho, Cristo dijo a los fariseos: “Miren mi vida, mi ministerio; todos los milagros y buenas obras que hago y ustedes podrán ver al Padre celestial. Todo lo que hago es un reflejo de lo que Él es, y todo esto para revelarlo a ustedes”.
Mi Padre me ha entregado todas las cosas. Nadie conoce al Hijo sino el Padre, y nadie conoce al Padre sino el Hijo y aquel a quien el Hijo quiera revelarlo (Mateo 11:27).
Es imposible para nosotros conocer quién es el Padre a menos que Jesús nos lo revele. No podemos conseguir esa revelación por nosotros mismos, por la lectura de la Biblia o por ir a la Iglesia los domingos. ¡Él tiene que darnos esa revelación! Solamente la podremos tener estando a los pies de Jesús, buscando la intimidad diaria con Él, en su presencia. María la conocía, Martha la intuía, pero estaba muy ocupada en las labores ministeriales, en el trabajo, en todas las actividades que se tenían que hacer en la vida diaria. Que no nos suceda como a Martha, que los afanes de lo que tenemos que hacer o dar a nuestros hijos nos aparten de buscarlo a Él, fuente de vida y revelación; porque en su luz veremos la Luz.
Esta revelación la quisieron, pero no la tuvieron los grandes hombres de la antigüedad. David lo menciona como “un padre compasivo” (Salmos 103:13), Isaías como “el Padre eterno” (Isaías 9:6) y Jeremías escribe: “Me llamarías Padre mío” (Jeremías 3:19); no obstante, no pudieron conocerle como le podemos conocer nosotros hoy día, pues esto sólo nos es revelado por Jesús y por el Espíritu Santo que nos impacta en nuestro espíritu. Sólo estando en intimidad llegaremos a clamar: ¡Abba Padre!
La revelación de un padre humano siempre ha fallado. Falló en el Antiguo Testamento y en nuestra presente generación de jóvenes sin padre, que no tienen el concepto de lo que es un padre y de todo lo que encierra una correcta paternidad. Jesús sabía que tenía que haber una revelación de un Padre celestial cuidadoso, compasivo, y misericordioso para que nosotros tuviéramos esperanza. Él mismo fue la expresión humana de ese Padre celestial.
Podemos decir: “Yo conozco al Señor; yo tengo intimidad con Él; yo sé quién soy en Cristo”. No obstante Jesús incluso puede estar diciéndonos: “¿Hemos estado juntos tanto tiempo y aún no conoces a Dios como tu Padre?”. Que no nos suceda como a los discípulos en Juan 14:1-9, que hablando Él, ellos no escuchaban y no recibían la revelación.
El propósito de la intimidad con Jesús es obtener una revelación de quién es el Padre. Si decimos que tenemos intimidad con Cristo, pero no conocemos al Padre, no hemos entrado a la plenitud de la intimidad porque no hemos hecho que Cristo abra nuestros ojos al Padre. Aquí es cuando escuchamos a Jesús preguntando: “He estado contigo tanto tiempo, ¿y aún no ves? ¿Todavía no conoces a Dios como Padre?”.
La falta de identidad de los padres como hijos de Dios es uno de los problemas por lo que en medio de la familia cristiana hay tanta crisis. Vemos a padres peleando por un lugar de hijos dentro de la familia, la Iglesia o la sociedad, y al mismo tiempo engendran hijos que pelean por un lugar para ser hijos sin darse cuenta de que no tienen que hacer nada para ser hijos. Sólo son, y el serlo los lleva a tomar su lugar en el Reino como hijos, reyes y sacerdotes.
Padres, hagamos la diferencia en nuestras familias. Seamos padres y madres con identidad de hijos para engendrar y criar a hijos con identidad de hijos de Dios, que no necesitan pelear o ganarse su lugar, sino que ejerzan el dominio que el Padre celestial nos ha dado simplemente por ser sus hijos.

© 2008. AMÉRICA NUEVA. MÉXICO.

ANTONIO Y LITZABEL MALDONADO