Las inundaciones en Tabasco y Chiapas sacudieron nuestros pensamientos de seguridad garantizada y de una percepción de perpetuidad de nuestros hogares. En unos pocos días, y sin que ninguna autoridad pudiera evitarlo, un millón de personas quedaron damnificadas. Familias enteras tuvieron que salir de sus casas, no importando si estaban enfermas o muy ancianos, si eran niños o bebés; finalmente tuvieron forzosamente que salir de sus hogares, pues si no podrían ser victimas fatales de estas intensas lluvias que llevaron al desbordamiento de los ríos.
Se calcula que más de 69 mil personas tuvieron que dejar su nido para irse a vivir en albergues, pero muchos otros tabasqueños tuvieron que irse a vivir en parques, en casa de vecinos, cerca de caminos rurales y federales y todos con la falta de servicios (agua potable, luz, gas, etcétera). Sólo imagínese usted mismo con su familia tener que vivir esa odisea.
Estos tiempos son difíciles. Los que tenemos más de cuarenta años de estar sobre este planeta nos damos cuenta de una gran diferencia con años anteriores. Nunca habíamos oído de un maremoto que matara a 200,000 personas en minutos. ¿Cuándo una ciudad de los Estados Unidos iba a desaparecer bajo las aguas como Nuevo Orleáns? Vimos escenas de carros saliendo enloquecidos de una ciudad como Houston por el huracán Rita de una categoría cinco. Presenciamos las Torres Gemelas en Nueva York incendiándose y derrumbándose estrepitosamente. En países subdesarrollados era, hasta cierto punto, normal, pero no en países de primer mundo.
No desistamos. La fe genuina y el valor verdadero son como los papalotes con los que juegan los niños: el viento contrario los lleva más alto. Recordemos que los momentos difíciles no son eternos; son como esas lluvias: sólo duran un momento.
Hermanos míos, debéis teneros por muy dichosos cuando os veáis sometidos a cualquier clase de pruebas. Pues ya sabéis que cuando vuestra fe es puesta a prueba, aprendéis a soportar con fortaleza el sufrimiento. Pero procurad que esa fortaleza os lleve a la perfección, a la madurez plena, sin que os falte nada. Si a alguno de vosotros le falta sabiduría, pídala a Dios y él se la dará; pues Dios da a todos, sin limitaciones y sin hacer reproches. Pero tiene que pedir con fe, sin dudar nada, porque el que duda es como las olas del mar, que el viento lleva de un lado a otro. Quien es así no crea que va a recibir nada del Señor, porque el que hoy piensa una cosa y mañana otra no es constante en su conducta (Santiago 1:2-7).
Sé lo que piensan algunos: “Si tú hubieras vivido lo que nosotros pasamos no escribirías este pasaje”; sin embargo, debo decirles que son dichosos, porque lo que no mata fortalece.
Ahora tú, si enfocas bien lo que has vivido (como dice la Escritura, si procuras que esa nueva fortaleza te lleve a la perfección, a la madurez) estás en el camino correcto. Nunca debes permitir que la adversidad te haga caer, excepto de rodillas.
Por esta razón estáis llenos de alegría, aun cuando sea necesario que durante un poco de tiempo paséis por muchas pruebas. Porque vuestra fe es como el oro: su calidad debe ser probada por medio del fuego. La fe que resiste la prueba vale mucho más que el oro, el cual se puede destruir. De manera que vuestra fe, al ser así probada, merecerá aprobación, gloria y honor cuando Jesucristo aparezca (1 Pedro 1:6-7).
No desistamos; luchemos hasta el final. A veces pensamos que es el final del camino, pero dando unos pasos más nos encontramos que es el inicio de algo bueno y bello. El peor de los días puede ser el comienzo de lo mejor que ha pasado en nuestra vida. Si el tren pasa por un túnel y todo se pone oscuro, uno no tira el boleto y salta a tierra; nos quedamos sentados y confiamos en el maquinista. De la misma manera, siempre recordemos que Cristo es el conductor de nuestra vida, y para Él nada es imposible.
Muchos te dirán que la situación es ya imposible, y esas palabras serán como agua fría. Nos harán pensar que somos incapaces, que nunca lo lograremos.
Insistamos en “NO DESISTIR”; tengamos la certeza de que mejores días vendrán.
¡Pueblo mío, confía siempre en Él! ¡Habladle en oración con toda confianza! ¡Dios es nuestro refugio! (Salmos 62:8). Confía en Dios y Él hará…
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