En estas fechas es típico que mis consejerías giren en torno a dudas tales como “No sé que hacer”, “No sé a dónde va mi vida”, “No sé que es lo que Dios quiere para mi vida”, “¿Que voy a hacer este año?”. Muchos jóvenes, e incluso personas adultas, se acercan pidiendo ayuda buscando darle sentido a su vida y tener guianza y dirección divina. Es medio paradójico, porque la respuesta es muy simple; sin embargo, en medio de la simpleza, para muchos es como imposible encontrar la respuesta.
El término planear se ha vuelto un tanto “famoso”. De hecho, hay toda una teoría alrededor de la planeación estratégica: ya hay carreras, cursos, diplomados, especialidades y maestrías cuyo eje es la planeación. Las empresas actualmente invierten dinero y tiempo para definir su misión, su visión, e incluso sus valores, ya que estos conceptos son los ejes sobre los que se planea estratégicamente. No obstante, es real que actualmente, en este mundo globalizado y sistematizado, el que no planea, el que no se sienta a medir sus posibilidades y sus riesgos, no gana. Es más, los grandes talleres de toma de decisiones, los grupos de entrenamiento y el couching tienen que ver con planeación, tanto para los negocios y las empresas, como para cualquier tipo de proyecto y para la vida misma.
Fíjate que Jesús hizo mucho énfasis en lo mismo. En varias ocasiones enseñó a los discípulos sobre la importancia de ver hacia futuro, de planear sobre el presente, de tomar las decisiones correctas y de ejecutar las acciones planeadas.
Podemos leerlo en Lucas capítulo 14. Jesús traía detrás de Sí una gran multitud y le enseñaba lo que implicaba seguirle, haciéndole reflexionar sobre la importancia de planear sobre las propias vidas: Porque ¿quién de vosotros, queriendo edificar una torre, no se sienta primero y calcula los gastos, a ver si tiene lo que necesita para acabarla? No sea que después que haya puesto el cimiento, y no pueda acabarla, todos los que lo vean comiencen a hacer burla de él, diciendo: Este hombre comenzó a edificar, y no pudo acabar. ¿O qué rey, al marchar a la guerra contra otro rey, no se sienta primero y considera si puede hacer frente con diez mil al que viene contra él con veinte mil? Y si no puede, cuando el otro está todavía lejos, le envía una embajada y le pide condiciones de paz.
De hecho, también lo vemos en el Antiguo Testamento, cuando José descifró el sueño de Faraón, historia que podemos leer en el capítulo 42 de libro de Génesis, Él no sólo tuvo una visión del futuro, sino que el éxito y la salvación del pueblo egipcio y de la propia nación de Israel consistió en que José planeó y ejecutó conforme a su visión. Eso es lo que ahora se llama planeación estratégica.
Esto es muy importante, no sólo para los grandes proyectos o empresas, sino para el desarrollo de una vida, de nuestra propia vida. Todo ser humano que tenga en su corazón lograr algo debe tener claridad en su misión para la vida, en su razón de existir, en el propósito para el cual está aquí en la Tierra y ver hacia futuro; debe tener visión. Sin embargo, también es importante planear y ejecutar conforme a nuestra misión y visión.
Estamos en el inicio de un año, y no podemos, no debemos, dejar que el tiempo se nos venga encima, sin desarrollar planes a futuro, sin habernos sentado a medir nuestrsas batallas, nuestras propias luchas. Cada ser humano, chico, grande, joven, adulto, blanco o moreno, hombre o mujer, tiene una misión en este mundo, una razón de ser y una visión. Mucha de nuestra satisfacción en la vida tiene que ver con cumplir la misión y la visión.
Esa es la guianza divina: ser y hacer lo que Dios diseñó para nosotros.
Esa es la planeación estratégica: lograr ser y lograr hacer lo que Dios diseñó para nosotros.
Inicia este año con metas claras y sueños precisos, pero sobre todo con la fe y la certeza de que el que te creó, el que te salvó y te ama, tiene los mejores planes para tu vida.
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