Hemos hablado en los artículos anteriores sobre lo que es la cultura, como ésta caracteriza, identifica y une a un grupo de gente en una localidad de la Tierra. La cultura trae una diversidad de tonos y estilos de vida que nos asombran y nos maravillan por las maneras en que la humanidad ha podido adaptarse a diferentes tipos de situaciones y geografía. Hemos concluido que no hay culturas superiores o inferiores, mejores o peores, poca cultura o mucha cultura; sólo hay cultura.
Algunas de estas formas diferentes de hacer las cosas nos causa risa, y nos parecen muy graciosas las costumbres de dichos pueblos, pero… ¿qué pasa cuando estas costumbres violan la Palabra de Dios? ¿Cuál debe ser la postura de un misionero o de un cristiano ante una cultura que tiene por “normal” ciertas prácticas que Dios aborrece? Nos encontramos ante un dilema: el de ser acusados de venir a destruir la cultura, pero al mismo tiempo con el deber y la necesidad de traer la verdad del Evangelio para alcanzar salvación. El misionero por la naturaleza propia de su trabajo es un agente de cambio. Hay otras fuerzas ideológicas, como el Comunismo o el Humanismo, que tratan de cambiar la cultura para sus propios intereses; en cambio, el único interés de un misionero es llevar las almas a una reconciliación con Dios.
Jesucristo no vino a destruir las culturas, sino a sanarlas. En un pasaje de los evangelios dice: No penséis que he venido para abrogar la ley o los profetas; no he venido para abrogar, sino para cumplir (Mateo 5:17). Sólo Cristo puede sanar las culturas. La función del misionero es ser un agente de ese saneamiento. El mandato del Evangelio requiere que los misioneros enseñen a otros hombres a observar todo lo que Cristo ha mandado. Al enseñar así, los misioneros afectan la cultura, pues todas necesitan una transformación, por lo menos de motivaciones, y a veces en sus prácticas.
El famoso misionero Guillermo Carey, a quien se le conoce como el “Padre de las misiones modernas”, fue misionero en la India en el Siglo XIX. Entre muchos logros, aparte de sus traducciones de la Biblia y la fundación de escuelas, abolió el sati, que era una práctica donde quemaban vivas a las mujeres que quedaban viudas junto con su marido difunto. Esto golpeó fuertemente el corazón de Carey, a tal grado, que dedicó años para detenerlo.
La Biblia dice “No matarás”. La Palabra de Dios está en contra de todo acto de quitar la vida o quitarse la vida. Un cristiano verdadero siempre defenderá la vida desde su concepción. Gracias a la influencia de Guillermo Carey ante las autoridades y su don tan especial de convencimiento ante líderes religiosos, logró acabar con dicha costumbre, salvando así desde entonces, a cientos de miles de mujeres inocentes.
Qué haría usted ante una situación como la que han experimentado varios misioneros a través de la historia y que me sucedió a mí también. Estando en un país de África impartiendo enseñanza en un instituto bíblico un alumno se acercó para hablar y pedir un consejo; me dijo: “Ahora que soy cristiano y quiero ser pastor ¿Qué debo hacer con mis dos esposas?”. En esta parte de África la poligamia es legal, y no sólo él, sino varios nuevos creyentes en las iglesias llegan al Evangelio con dos o más esposas. A través de los siglos los misioneros se han encontrado con este problema, sobre todo en países islámicos donde se vive esta costumbre normalmente. ¿Qué hacer cuando llegan al conocimiento de Cristo? ¿Cuál es la mejor opción? La Biblia dice que cada uno tenga su propia mujer, y cada una tenga su propio marido (1 Corintios 7:2). También dice de los creyentes, y sobre todo de los que sirven, que es necesario que el servidor sea irreprensible, marido de una sola mujer (1 Timoteo 3:2). Algunos dirán: “Que se quede con la primera”; otros: “Que se quede con la última”; otros: “Mejor con la de enmedio”… No es fácil, nunca ha sido fácil.
Se debe considerar lo que se llama “los efectos inesperados dañinos”; es decir, que a veces el remedio sale peor que la enfermedad. Lo que sucedió con algunos misioneros en la historia es que empujaron a los creyentes con esta situación a quedarse con la primera y alejarse de las demás. Esto ocasionó que, las mujeres abandonadas, para poder sobrevivir con sus hijos, se dedicaran a la prostitución; esto trajo efectos inesperados dañinos.
Nuestro Dios es un Dios de paz, de orden y bendición. La Biblia es el manual de fabricante y contiene el mejor estilo de vida y la mayor bendición para cualquier persona de este planeta. Todo aquél que se acerque a Él encontrará la plenitud de gozo y felicidad que se pueda experimentar. No hay fronteras ni razas ni idiomas que encuentren mayor bendición que vivir en la “cultura del Reino de Dios”. Sin quitar identidad y personalidad, la cultura de Dios es para todo ser humano que pise esta Tierra; es universal y personal. Todo aquel que en ella viva, vivirá por encima de la miseria humana y del pecado, y no morirá eternamente.
México necesita ser sanado en muchas áreas de su propia cultura; hay costumbres y tradiciones que más que darnos identidad han perjudicado gravemente a la sociedad y a la vida familiar. El “machismo”, por ejemplo, durante siglos a deteriorado, tanto la imagen del verdadero hombre, como el de la mujer. Es triste que el mundo haya adoptado en su diccionario una palabra que nació en nuestro país y que desde el extranjero conozcan a México por “macho”. Sin embargo, Cristo vino a sanar nuestra nación de esto y de muchas otras costumbres, si nos acercamos a Él, lo hará.
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