En los últimos años, a un lado y al otro del charco, hemos escuchado sobre una generación que marcará la diferencia, que se levantará con un estilo de vida diferente y llegará al mismísimo corazón de este planeta con el Evangelio.
Hemos tenido pláticas acompañadas de ritmos de tambores, declaraciones de guerra y corazones de jóvenes que arden con la misma gran idea: “El Espíritu de Dios me llama”, “Yo formaré parte”, “Yo iré”, “Yo seré parte de ‘esa’ generación”, “No más religiosidad, no más mediocridad, seré un radikal para su reino” (parece que si escribimos radical con k es más cool).
Cualquier joven que ame al Señor y escuche su voz sentirá cómo se desata la pasión en su interior al oír esto. No hay duda de que el Espíritu Santo, en esta época, en todo el mundo está gestando una especie de cristianos comprometidos e incondicionales que preparen el camino de su segunda venida.
Ahora, no quiero ser chafa, ni robar la ilusión a ningún joven que se sienta un verdadero precursor e iluminado del Evangelio (perdón, quise decir luminar). Lo cierto es que hay ciertas cosillas que he percibido en mí que quizás no tenga nada que ver contigo; tal vez sólo es la cruda realidad de mi carnalidad. Sin embargo, si leo entre líneas, si analizo mi fervorosa pasión por ser parte de esta generación, descubro entre mis intenciones, escondida detrás de las bambalinas de mis emociones, una carga de ego considerable.
Veamos qué es lo que podría hacer que yo quiera formar parte de esta generación. Analicemos frase por frase esas declaraciones que nos hacen sentir una generación “especial”. Seré cruel conmigo mismo y no me perdonaré nada. Con ayuda del Espíritu Santo voy a entresacar lo precioso de lo vil (Jeremías 15:19) y veamos que queda.
¡Jóvenes valientes! Por supuesto, ahí estoy yo.
¡Jóvenes que no se conforman! ¿Con qué? ¡Ah! ¡Con nada! Me gusta.
¡Se está gestando una nueva generación! Menos mal anda, porque las generaciones anteriores… Sin embargo, ya; ya estamos aquí nosotros.
Sin darnos cuenta alimentamos dentro de nosotros una horrible bestia ambiciosa, con deseos de ser espiritual. Ser distintos, pero mejores. Sí, mejor que nuestros líderes, seguro que lo lograremos.
Lo cierto es que queremos aprender a ganar antes de aprender a perder. De este modo, se repetirá la historia, una y otra vez: personas que buscan unción, poder, denuedo, pero que sin darse cuenta, también fama y reconocimiento.
En ocasiones son hombres llamados (como lo fue Saúl), ungidos también (como Saúl), que han hablado de parte de Dios (como lo hizo Saúl), con el poder del Espíritu Santo (como fue con Saúl); pero hombres alejados del propósito y el carácter de Dios (también como el rey Saúl, desafortunadamente).
A menudo buscamos lo nuestro propio y no lo que es de Cristo. (Filipenses 2:21).
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