En plena Edad Media surgen en Europa algunos grupos de cristianos que decidieron apartarse de la Iglesia ante la terrible corrupción eclesiástica de sus días. En contraste con aquellos que optaron por el Monasticismo, estos cristianos no se recluyeron en claustros para huir de las contaminaciones del mundo, sino que formaron comunidades que buscaban y compartían una fe más bíblica. Estos grupos eran identificados a través de varios nombres despectivos, especialmente por aquellos que los perseguían; el más común de ellos fue el de cátaros, que simplemente significa “puros”.
Este apelativo estaba directamente relacionado con el estricto estilo moral de vida que habían adoptado, como resultado de su apego a las Escrituras y su repudio a las costumbres licenciosas tan prevalecientes en la Iglesia institucional.
Hoy en día, nuestro conocimiento de estos grupos y de sus creencias está basado, mayormente, en los testimonios de aquellos que fueron sus enemigos. Estos registros están documentados en las crónicas de los juicios de herejía y en los manuales que la Iglesia usaba para el tratamiento de los herejes. Sin embargo, incluso a través de estos testimonios, aunados a los de otros historiadores evangélicos como John Fox en el Siglo XVI, podemos claramente distinguir el carácter genuinamente bíblico de estos cristianos perseguidos. Además de su apego a las doctrinas cristianas ortodoxas, los cátaros tenían una apertura muy singular al ministerio milagroso del Espíritu Santo. Al palpar de cerca la depravación de la Iglesia establecida con sus formas y rituales huecos, su preocupación y búsqueda se orientaba hacia un regreso a los fundamentos de la Palabra de Dios y la libertad del Espíritu Santo.
Al denunciar las pomposas ceremonias y rituales externos de la jerarquía eclesiástica, los cátaros enfatizaban el desarrollo de la vida espiritual y los verdaderos valores del Cristianismo. Rechazando también la observancia de los sacramentos, ellos enseñaban acerca de la importancia de un bautismo en el Espíritu Santo conocido como el consolamentum, el cual se recibía por la imposición de manos. De acuerdo al historiador luterano Augustus Neander (Siglo XIX), “en virtud de esta imposición de manos, el que se sometía a este bautismo era llenado con dones del Espíritu y purificado de todo pecado; era capacitado para entender correctamente y por primera vez las cosas profundas de la Escritura. Además, esta obra interior del divino Espíritu permanecía para ellos en lugar de los sacramentos”.
Por esta razón, existen registros que hablan del ministerio sobrenatural del Espíritu Santo entre los cátaros, incluyendo el hablar en lenguas. Por ejemplo, se cuenta de una mujer que habló en una lengua desconocida para ella, pero que fue identificada por otros como el idioma armenio. Sus enemigos entonces la acusaron de estar bajo el hechizo de un brujo. Incidentes sobrenaturales como este se propagaban tan rápidamente que pronto eran malinterpretados y acusados de hechicería, lo cual también justificaba a la Iglesia católica romana el perseguirlos con toda su maquinaria inquisidora antiherejes. Durante ciertas etapas, los cátaros fueron objeto de una persecución sistemática, lo que provocó que muchos murieran en la hoguera o que fueran marcados en la frente con un hierro candente que los señalaba como herejes.
Aunque existen historiadores que consideran a los cátaros como un movimiento no cristiano o seudocristiano, de acuerdo a las mismas crónicas de los juicios y otros registros como los del libro de los mártires de J. Fox, es obvio deducir que los cátaros eran bien versados en las Escrituras y en la actividad sobrenatural del Espíritu Santo. Estos registros muestran que ellos consistentemente refutaban las acusaciones que se les hacían apelando a la Biblia. Esto incluso contribuyó a que en el Sínodo de Toulouse en 1229, la Iglesia católica romana prohibiera a los laicos el uso de cualquier traducción de la Biblia a la lengua vernácula.
En conclusión, podemos decir que estos cristianos valientes estuvieron dispuestos a pagar el precio de la persecución impulsados por su conocimiento de la Palabra de Dios en medio de una era de tremendo oscurantismo espiritual. Su doble énfasis en vivir una conducta moral bíblica junto con la obra transformadora del Espíritu Santo (tan característico de todo avivamiento y movimiento de renovación), también contribuyó a preparar el terreno en Europa para lo que más tarde sería el movimiento de la Reforma Protestante.
Hoy en día su ejemplo debe recordarnos que el ser un verdadero testigo y discípulo de Cristo conlleva la posibilidad de ser malinterpretados, perseguidos e injuriados, incluso por aquellos que se dicen creer en Dios. Jesús nos advirtió diciendo: Os expulsarán de las sinagogas. E incluso llegará la hora en que todo el que os mate piense que da culto a Dios. Y esto lo harán porque no han conocido ni al Padre ni a Mí. Os he dicho esto para que, cuando llegue la hora, os acordéis de que ya os lo había dicho (Juan 16: 2-4).
Sin embargo, tal como sucedió con los cátaros, si permanecemos fieles aun ante los fuegos de la persecución, podremos no sólo impactar a un mundo necesitado de Dios, sino legar a la siguiente generación un clima de mayor transformación espiritual y reforma social y cultural.
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