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Nunca digas jamás
         

 
 

Hay ideas que son imposibles, aunque estén construidas con una lógica aparente. En la teoría de la comunicación es lo que se llama paradoja. El mundo está lleno de ellas, y el cristiano no se escapa a este fenómeno.
Por ejemplo, es una paradoja un cartel que diga: “No haga caso a este cartel”. Si no se le hace caso se está siguiendo al pie de la letra lo que dice. Si alguien desea obedecerlo le es imposible porque tiene que no hacerle caso.
El mismo inicio del título de este artículo, “Nunca digas jamás”, es otra paradoja, más corta y sencilla. Se está diciendo lo que a la vez se ordena que no debe decirse.
¿Por qué les contamos todo esto? Porque es cada vez más frecuente en la sociedad y en la vida una idea paradójica, que nosotros los cristianos estamos asumiendo en determinado sectores “paradójicos”.
Nos referimos a cierta idea acerca de la verdad: ninguna persona puede poseer la verdad, por lo tanto “mi verdad es igual que tu verdad, por lo que nadie puede defender su opinión como verdadera”.
Ahí está el quid de la cuestión: esa afirmación se convierte en una verdad absoluta, ¡y ay de quien la discuta! Todos tenemos que someternos a esa “madre de todas las verdades” que es, en definitiva, que toda verdad es subjetiva; y quienes lo anuncian, sus profetas (profetas de la sociedad y de la iglesia de las paradojas).
Una iglesia paradójica que afirma que la Escritura es su referencia cuando no cree en la Escritura como relevada realmente por el Dios vivo.
Una iglesia paradójica que habla de Jesús como Dios, pero le considera un hombre más (¡al fin y al cabo, si era verdadero hombre, su verdad era también verdaderamente subjetiva!).
Una iglesia paradójica que no tiene referencias morales en cuestiones esenciales, porque hay que aceptar cualquier postura, porque toda ética (al fin y al cabo es también), a su juicio, una interpretación subjetiva.
Desde luego nadie posee la verdad, pero es nuestra obligación buscarla, vivirla y defenderla en lo que estemos convencidos. Es más fácil salir del error que de la confusión. Sin embargo, sólo puede errar quien sabe lo que cree y lo cree de veras… aunque sea para descubrir que se ha equivocado.
No obstante, hay algo más profundo. Dios mismo se revela de una manera inconfundible a Moisés en la zarza ardiendo en el monte Sinaí: Yhw, Yo soy el que soy (no “Yo soy el que creo que soy”, o “Yo soy el que parece que soy”, o “El que cada cual cree o interpreta que soy”).
Dirá alguno que sí, que esa verdad de Dios mismo es inmutable y eterna, pero que está lejos de nosotros, pobres seres humanos. Sin embargo, ahí está la grandeza del Cristianismo. No es una hueca filosofía ni vanas sutilezas. Es la locura del Evangelio, que entre otras muchas cosas, dice en boca de Jesús: Cuando venga el Espíritu de verdad, Él os guiará a toda la verdad (Juan 16:13). Ese es el anhelo, la meta y el deber de cada creyente que tiene al Espíritu de verdad en su corazón: buscar la verdad. El negar que esto es posible es la primera gran mentira.
Que cada cual defienda su propia verdad; pero que no nos engañen con paradojas baratas.

Pedro Tarquis es director de Protestante Digital.

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