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Las estaciones de una madre
         



 
 

Una madre tiene varias estaciones. Así como las estaciones que Dios le dio a la tierra para que los agricultores supieran cuando era el tiempo de poner la semilla, cuando era tiempo de cuidar la pequeña plantita y cuando era tiempo de recoger el fruto, así creo que existe una similitud en la maternidad.
La estación de la vida en la que nos encontremos como madres puede ser muy diferente a la de otras personas. Tal vez algunas se encuentran en la primavera de la maternidad, con hijos que van desde los recién nacidos hasta los doce años. La primavera está llena de sorpresas y amor en el aire, y de mucha vida y agitación. Pañales, biberones, visitas al doctor, el primer día de clases, el primer raspón, tareas, cantos y juegos. Esta etapa está llena de descubrimientos tanto para la madre como para el hijo o hija.
De igual forma, tal vez otras mamás se encuentren en el verano de la maternidad, donde el calor arrecia con la adolescencia, pero también hay alegría, risas y mucha energía de parte de los hijos (con hijos más o menos entre los trece y los dieciocho).
Otras se encuentran en el otoño de su maternidad, cuando los hijos empiezan a volar como las hojas que se lleva el viento. En esta etapa las mamás permanecen confiando que el viento será favorable y los llevara tan alto y lejos como los planes que Dios tiene para ellos.
Otras se encuentran en el invierno de la maternidad. Si pensamos sólo en el frío del invierno no podremos asemejar esta etapa a la maternidad, pues no carece de fruto. Al comparar esta estación tenemos que pensar en la alegría de las fechas que trae el invierno: las convivencias, la Navidad y la expectativa de un año nuevo. Así, entonces podremos pensar mejor en las mamás en esta estación. Esta es la etapa de los nietos en la que se comparte un calor en el corazón que ni la mejor chimenea puede imitar. Con la sabiduría de los años y el gozo de ver a los hijos de sus hijos, esta estación del invierno para las mamás debe estar llena de gozo, dulces, alegría; debe traer la oportunidad de volver a soñar a través de los ojos de esos pequeños, que al verlos, les hablan de un futuro lleno de esperanza.
En mi caso me encuentro en la primavera y el verano de mi maternidad. Estoy a la vuelta del otoño con mi primogénito. Por esta razón, al pensar en nuestra maternidad como una estación, nos ayudará para recordarnos que esto es ¡sólo una estación! Por más que uno quisiera regresar el tiempo no será posible. Así que, tenemos que aprender a disfrutarlas y atesorarlas recordando que la maternidad es un regalo de Dios para nosotras las mujeres.
No importando en qué etapa nos encontremos, Dios quiere animarnos a seguir adelante cultivando el corazón de madre ¿Por qué? Porque hay una necesidad tremenda de ejemplos maternos piadosos en la Iglesia de hoy, de mujeres que sean ejemplo para una generación en donde el papel de ser sólo madre no signifique “no ser nada.”. Las mujeres que no tienen un concepto sano en cuanto a ser madres están luchando por encontrar su realización fuera de casa, ya sea con trabajo o ministerio. Yo sé que hay madres que trabajan por necesidad, y eso lo entiendo y lo respeto; sin embargo, estamos hablando de prioridades, de la mentalidad que ha penetrado a la sociedad: “¿Qué eres?”. “Ama de casa”. “¡Ah, sólo eso! ¿No haces nada más?”.
El trabajo de un padre y una madre deben ser los más respetados y puestos en alto. No hablo de traer dinero a casa o tener la comida lista, sino de invertir, de criar, de estar presentes para nuestros hijos. Menciono también al padre, pues no podemos caer tampoco en un matriarcado en el que la mujer trate de opacar el papel del padre ¡No! Los hijos necesitan de los dos si vamos a levantar una generación sana y apasionada por Cristo.
El ejemplo de una mujer que a mí siempre me ha bendecido es el de Ana, en 1 Samuel 1: 4-11, 19 y 1 Samuel 1: 21-28; este es para mí el modelo del papel de una madre: amar a los hijos con todo el corazón, destetarlos, y por último, entregárselos en las manos a Dios.
Primero: el amor verdadero se expresa no en palabras, sino en lo que somos capaces de hacer por la persona que decimos amar; ese es el amor que todo lo puede y todo lo soporta. Segundo: destetarlos significa, enseñarles cómo valerse por sí mismos, enseñarles dónde y cómo se encuentra el alimento, espiritual y físico; desprenderlos de nuestro regazo para que puedan ver por sí mismos. Tercero: entregarlos en las manos de Dios es confiar que Él los ama más de lo que nosotros podemos amarlos, porque Él tiene planes de bien y no de mal para nuestros hijos.
Creo que esta es la parte más difícil, pero la más crucial. Tenemos que entender qué es lo que nos pide Dios en esta etapa y aprender de Él, que es nuestro ejemplo.
Como Padre, Dios cree en nosotros, y una y otra vez, no importando lo que hagamos, nos ve como “el producto final”; nos ve cómo seremos cuando ya estemos con Él. Cada vez que nos volvemos a Él nos habla palabras de ánimo, de aceptación y de amor. También, como Padre, nos ha dado la responsabilidad de administrar nuestras propias vidas. Dios le dio al ser humano ese hermoso derecho. Tú eres responsable de tu propia vida y nadie más. Dios te ha dado el derecho de escoger, de elegir. A esto le llamamos libre albedrío. Creo que es tiempo de que aprendamos del ejemplo de Dios y prestemos atención para corregir las ideas erróneas.
Como madres o padres tenemos que entender que llega el momento en el que nuestros hijos son responsables por sus propias vidas delante de Dios, y nos toca a nosotros respetar ese derecho que Dios les dio. Parte de soltarlos en las manos de Dios es dejar que ahora Él sea el Padre, y nosotros pasamos al nivel de amigos. Eso no anula el respeto y la honra que los padres merecen, pero ya no los podemos obligar; sólo podemos estar ahí por ellos, y si te lo permiten, darles el consejo cuando te lo pidan. Tenemos que aprender a descansar en esta verdad. ¡Cada ser humano es responsable de su propia vida! Dios les dio el maravilloso regalo del libre albedrío, y si Dios nos deja decidir, ¿quiénes somos nosotros para obligar a alguien a hacer lo contrario?
Finalmente, todas las que somos madres ahora somos hijas, o lo fuimos. Es tiempo de entender que tú como madre eres responsable de tu propia vida; no tus padres, tu esposo o tus pastores. Las decisiones que tú tomes y el camino que tú elijas será tu responsabilidad. Muchas veces esta parte no nos gusta, pero la verdad es que Dios te ha dado la maravillosa responsabilidad de tu vida.
Tiene poco más de un mes que estaba hablando con un amigo que es un psicólogo cristiano, y le pedí que me diera una sesión. Cuando tocamos el tema de la maternidad me preguntó qué calificación me daba como mamá (con el diez el más alto y el cero lo más bajo). Yo le contesté: “Me doy un ocho”. Él me dijo: “¿Por qué un ocho?”. Me reí y le dije: “¡Pues por que hoy estoy bastante positiva!”. Esta respuesta le llamó mucho la atención, y me dijo que pensara qué me llevaría a darme un diez. Lo pensé, lo pensé y no encontré la forma de darme un diez; soy una melancólica perfeccionista. De pronto le dije: “Tal vez me podría dar una calificación más alta; pues mis hijos tienen mi corazón al 100%”. Él se sorprendió y me dijo: “¡Muy bien! Lo importante no es si fallamos o no; lo importante es que demos lo mejor de nosotros con las limitaciones que tenemos”.
Muchos hijos no darán un diez a sus madres o padres por muchas razones, y no se puede vivir con esa carga en el corazón. Lo importante es: ¿diste lo mejor de ti? ¿Te diste al 100%? Sólo así descubrirás, como yo, que nos podemos dar un diez, no por ser muy santos o buenos, sino porque entregamos todo nuestro ser a nuestros hijos. ¡Eso siempre vale un diez!

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