Durante los últimos trescientos años hemos vivido avivamientos que han cambiado el rumbo de la historia de la Iglesia y de países enteros. Desde el Siglo XVIII, en diferentes naciones, Dios obró de una manera prodigiosa, derramando de su Espíritu Santo para traer despertar espiritual y avivamiento.
A principios del Siglo XVIII se dio lo que conocemos como el Primer Gran Despertar, en el que intervinieron Jonathan Edwards, Juan Wesley, Carlos Wesley, Jorge Whitefield y otros. Este gran avivamiento trajo a millones de personas a la salvación y transformó, literalmente, la sociedad.
Para el Siglo XIX encontramos en la historia de la Iglesia lo que se denominó el Segundo Gran Despertar. En él intervinieron personas como Carlos Finney, Guillermo Carey, Dwight L. Moody y otros. De la misma manera que el primero, este Segundo Gran Despertar transformó la conducta y el comportamiento de la gente, alcanzando niveles en donde fueron cambiados los aspectos más importantes de la sociedad, como la educación, la economía, la política y la vida misma de la familia.
A principios del Siglo XX suceden también acontecimientos extraordinarios que dan como resultado el Tercer Gran Despertar. Este comienza desde el derramamiento en Gales en 1904, a través de Evan Roberts, y pasa por el Avivamiento de la calle Azusa, en Los Ángeles, California, en Estados Unidos, a través de William Seymour, que dejó un fruto de millones de personas y cuya influencia permanece hasta nuestros días.
En los avivamientos de mitad del Siglo XX apareció en los años 1947-1953 “El movimiento de la lluvia tardía” en Canadá occidental y en los Estados Unidos. En 1949, en Escocia, Duncan Campbell, evangelista, vino a la Isla de Lewis en las Islas Hébridas (poco después de su llegada predicó en una iglesia y cayó el Espíritu Santo; la gente clamaba a Dios pidiéndole misericordia). En los 1960s y 1970s aparecieron “El movimiento de la renovación carismática” y “El movimiento de Jesús”.En los 1980s y 1990s se dio a conocer “El Movimiento de la Tercera Ola” (también denominado “El Movimiento de señales y prodigios”) y “El Movimiento profético”.
De los avivamientos contemporáneos que hemos vivido durante los últimos cincuenta años, el más grande de ellos y que llama más la atención, es el que se está viviendo en la Iglesia de Corea del Sur. En los últimos cincuenta años la Iglesia cristiana en Corea ha tenido un crecimiento exponencial tremendo. En 1958 empezó a predicar un hombre de aspecto sencillo, pero con un fuego que ardía en su corazón por las almas de su país… ¿su nombre? Yonggi Cho. Dieciséis años después ya reunía a más de diecinueve mil personas, y para el año 2006 su iglesia tenía una membresía de 750,000 congregantes; convirtiéndose en la congregación más grande del mundo. Se reúnen cada domingo en dieciséis diferentes sedes en la ciudad de Seúl y en otras doce en el resto el país; tienen en cada una de ellas de seis a siete servicios. Este ejemplo lo han seguido diferentes congregaciones de diversas denominaciones que se han levantado por todo ese país, y que actualmente, se considera, son una tercera parte de la población de Corea (que consta de cuarenta y ocho millones de personas). Lo más importante es que la Iglesia cristiana coreana ha incursionado en las diferentes áreas del desarrollo de la sociedad y de la familia, prácticamente en todas las disciplinas, como la economía, el comercio, la educación, las artes, la política, los medios de comunicación, etc. Se considera que es el país que tiene el mayor porcentaje de cristianos activos en el mundo entero. Tienen la fuerza misionera más grande de la Iglesia contemporánea. Solamente la iglesia Onnuri, del pastor Yong Jo Ha, de Seúl, ha enviado ya mil misioneros, de los cuales setecientos se encuentran activos trabajando en el campo misionero en más de treinta países actualmente.
Cuando le preguntaron al pastor Yonggi Cho cuál es la clave de lo que está sucediendo en su iglesia y país, y cómo se puede hacer para tener y llevar adelante la iglesia más grande del mundo, él contestó: “Yo solamente oro y obedezco”.
El común denominador de todos estos avivamientos durante los últimos trescientos años ha sido uno solo: la oración.
En México Dios ha derramado una gracia muy especial durante últimos treinta y cinco años. Se ha levantado una Iglesia cristiana con sus propias características y una gran diversidad entre ella, pero con Cielos abiertos de parte de Dios. El crecimiento también ha sido exponencial. Sin embargo, ahora, para que pueda seguir creciendo y madurando, pero sobre todo, para que empiece a ser el factor de cambio en la sociedad, necesita que todos los creyentes busquen al Señor de todo corazón en oración.
El cambio en nuestra nación que afecte a la sociedad entera en la cultura, la economía, las artes, la política, la educación, las comunicaciones, etcétera., se logrará solamente a través de la oración.
Necesitamos que Dios nos ayude a crear una cultura de oración en la Iglesia cristiana de todas las denominaciones. La oración tiene que ser particular y colectiva. Cada creyente debe ser responsable de tener un tiempo con Dios y de tener tiempos de oración con otros creyentes en la iglesia. Carlos Finney, considerado “El apósto de avivamientos” (1792-1875) dijo: “Se puede esperar un avivamiento cuando los cristianos tienen el espíritu de oración por el avivamiento”. La oración también hará que se puedan crear vínculos de unidad en el espíritu en toda la iglesia mexicana.
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