Este tema es muy profundo. Ninguno de nosotros, salvo tal vez algún extranjero, está libre de la influencia y el efecto de esta maldición cultural; es como un smog tóxico. El machismo es una cosa tóxica que es como una nube contaminada que respiramos y nos mete veneno al organismo.
Hablando del machismo todos somos doctos, o mejor dicho, algunos somos perpetradores, otros víctimas y otros cómplices. Generalmente, los hombres somos perpetradores, las mujeres cómplices. Esto es un pecado de ambos, y cada cual tiene que entender cuál es su parte para poder arrepentirse y para poder cambiarlo. Todos traemos heridas por esto. Los varones a veces lo niegan, pero Dios quiere hacer una cultura nueva. Ellos son el proyecto del Señor.
Comenzaremos con la idea general de que todos somos huérfanos, comenzando con Adán y Eva (porque ellos se quedaron sin Padre, sin casa, sin herencia y también sin identidad -porque la identidad nos viene a través del Padre-). Entonces, todos somos huérfanos, espiritualmente hablando, y esto se remedia con la salvación, cuando Cristo nos presenta al Padre. También somos huérfanos emocionalmente, porque el que se cría sin padre es un huérfano, para toda la vida. Entonces espiritualmente somos huérfanos y emocionalmente también.
En la primera parte de este artículo hablamos del origen del mestizaje. De la conquista de las Indias y la conquista de las indias (es decir, de las mujeres indígenas en la Nueva España).
Aproximadamente un siglo después de comenzada la Conquista, los españoles hicieron un censo y lograron contar setecientos cincuenta mil mestizos en su imperio en las Américas. Si tomamos en cuenta que el 50% de los mestizos nacidos morían antes de los dos años por el estado de higiene y salud de aquella época, esto nos lleva a que tenían que haber nacido aproximadamente un millón y medio de mestizos. Es certero que no pudieron haber rebasado esta cantidad.
Cien mil españoles fueron los que se mezclaron y dieron a luz tal cantidad de hijos. Por tanto, cuando hablamos de que los españoles tenían harenes, es algo confirmado. La gran mayoría tenía sus harenes de “indias”, quizás alguno no, pero por cada casto otro tuvo treinta hijos (esto hablando grosso modo, los datos son burdos). Esta fue la primera camada de mestizos, y lo que vino después de esta camada fue el efecto de la orfandad de un continente.
El conflicto interno del mestizo: padre superior, inalcanzable; madre inferior, despreciable. El resultado: un ser internamente conflictuado y conflictivo, con una lucha interna y externa con el prójimo; porque admira a quien quiere emular, y quiere emular a uno que lo desprecia, que no le está dando el estatus, el amor, el cariño de hijo. Por otro lado, resiente, desprecia y maltrata a quien lo ama. En sus relaciones será un marido abusador, prepotente, e ignorará, abusar y ser emocionalmente distante de sus hijos; ni buen marido, ni buen padre, porque es un ser inseguro, engañoso, irresponsable y déspota. Lo único que conoce como autoridad es mandar. Es una víctima que victimiza. La gente herida, hiere; y somos todos heridos y herimos. Somos todos hijos, nietos o descendientes de hombres adúlteros, incontinentes, prepotentes; y ésta es la verdad. Es una verdad triste, dura y horrible de reconocer.
El machismo invierte el orden de autoridad en la familia, porque le da la autoridad moral a la madre, porque es la única que se comporta como debe, y no siempre, porque ella también es carne. Bajo esa cultura tóxica del machismo, el varón, que debiera ser la cabeza, es irresponsable y no es el que le enseña espiritualmente a los hijos.
Las mujeres, quienes podrían estar bajo cobertura, tienen que ejercer la autoridad; y como todo esto está fuera de orden, inevitablemente la mujer no respeta a su marido.
Un consejo para los que no se han casado: cásense con alguien que ame al Señor mucho más que a ustedes; porque si no, no tendrán la fuerza moral y el amor necesario con el cual seguir amándolos después de que se aburran, después de que se conozcan, después de que se levanten cansados e irritados por las presiones de la vida. Ese amor, el amor a Dios, es el que los va a sostener a los dos y en él es que se van a encontrar.
Recuerdo una vez que mi esposa, en una crisis que tuvimos, me dijo: “No dormiré con un hombre al que no respeto”. Con esto, el reto que me hacía no radicaba en que no dormiría conmigo, sino que yo tenía que hacerme respetar; yo mismo, no con ella, sino conmigo. Mi conducta tenía que ser digna de respeto para poder ser digno de esa mujer.
Varones, cásense con una mujer así, que ame tanto al Señor y entienda tan bien su papel de hija de Dios que no se deje avasallar por sus niñerías, sino que al contrario, los ayude a sobreponerse. Esa es la ayuda que ustedes necesitan, y yo también.
Ustedes mujeres, no sean bobas, y no dejen que ellos hagan niñerías; ámenlos. Si no se ayudan mutuamente, ni ustedes ni ellos madurarán. No podemos solos, nos necesitamos; si no necesitáramos ayuda, Dios no nos hubiera dado una.
El matrimonio es una herramienta potentísima para madurar. Cásense con alguien que quiera madurar en Cristo. La gran aventura del matrimonio es hacer esa alianza de que se casarán para crecer en el Señor, para conocerle mejor y mejor hasta que Él los llame a su presencia.
Esto golpea al machismo y nos lleva a ser los varones y las mujeres con el grado de madurez que Dios nos reta a obtener.
José González es profesor de la Universidad de Regent, en Virginia, Estados Unidos.
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