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¿Y qué de la opción monástica?
         
 
 

El Monasticismo dentro de la historia de la Iglesia aparece en los Siglos III y IV como un movimiento espiritual que llevó a algunos cristianos a optar por la vida ascética y de aislamiento.
En un principio, este movimiento fue de carácter individual, lo cual impulsó a estos ermitaños a experimentar la presencia y el poder de Dios de una manera más personal y sin los estorbos de la vida mundana de su tiempo. Para el año 320, estos “anacoretas” -nombre que recibieron estos hombres- comenzaron a reunirse en comunidades autosuficientes, especialmente en los desiertos de Egipto y Siria. En occidente, y prácticamente durante toda la Edad Media, estas comunidades o monasterios se convirtieron en centros de aprendizaje, oración y preservación de los manuscritos y libros sagrados. Los monjes se dedicaron a una completa devoción a Dios a través del estudio, la oración y la meditación. Especialmente, durante los años 500s a los 1300s, algunas de estas comunidades fueron de las pocas expresiones de luz que brillaron en medio del oscurantismo religioso y decadencia moral que caracterizó al Cristianismo medieval europeo.
Después de la conversión del emperador Constantino, y con la consecuente institucionalización del Cristianismo como religión oficial del Imperio Romano, vino una decadencia doctrinal y disminución en la actividad milagrosa y los dones del Espíritu Santo. Por esta razón, gran parte de la actividad sobrenatural y milagrosa que conocemos de este tiempo ocurrió y fue registrada por los monjes o por aquellos que admiraban el Monasticismo.
Tal fue el caso de algunos “padres” de la Iglesia como Atanasio, Agustín de Hipona y Jerónimo, quienes escribieron acerca de los milagros que se operaban en la vida de hombres que practicaban el estilo de vida monástico.
Por ejemplo, Atanasio, obispo de Alejandría (295-373) escribió la “Vida de Antonio”, a quien se considera el padre del Monasticismo oriental. A la edad de dieciocho años Antonio se sintió guiado por Dios para dejar todas las posesiones que heredó de su familia en Egipto y se retiró a una cueva para dedicarse a la oración y la meditación. Inspirados por su ejemplo de completa devoción a Dios, otros imitaron el estilo de vida de este ermitaño y algunos también empezaron a formar comunidades monásticas. Según Atanasio, Antonio poseyó el don de discernimiento de espíritus, por lo que muchos venían a él y después de recibir oración eran sanados o liberados de demonios. Este hombre vivió hasta la edad de ciento cinco años, y según Atanasio, conservó su fortaleza física hasta el final de sus días.
En Europa el Monasticismo tuvo un impulso significativo y duradero a través de Benito de Nursia (480-547), a quien se considera el padre del Monasticismo occidental. Cuando era adolescente, Benito fue enviado a Roma por sus padres para recibir una buena educación. Impactado por la depravación moral de la ciudad, alrededor del año 500 decidió retirarse a una cueva en las montañas al este de Roma, donde vivió por un tiempo como ermitaño. Para el año 529 funda el famoso monasterio de Monte Casino, cuya construcción sobrevivió hasta que fue destruido por un bombardeo durante la Segunda Guerra Mundial. La famosa “Regla de San Benito,” que consistía en un régimen de adoración, estudio y trabajo, fue el patrón de vida monástica que se aplicó e imitó prácticamente durante toda la cristiandad europea medieval.
Benito fue conocido por su perseverancia en la oración y por los milagros que ocurrían a través de su ministerio. En una ocasión, por ejemplo, un muro que estaba en construcción se colapsó matando a uno de los monjes que lo construía. El cadáver fue llevado a la habitación de Benito, quien oró arrodillado y a puerta cerrada a Dios. Después de una hora, y ante el asombro de todos, el joven monje revivió y regresó a sus labores de construcción.
Al considerar brevemente los orígenes y desarrollo del Monasticismo, y a la luz de la Palabra de Dios, podemos distinguir algunos puntos relevantes de aprendizaje para nuestro Cristianismo actual. Primeramente, tenemos que reconocer que aunque el modelo ascético y místico del Monasticismo no es, ni fue, el modelo apostólico del Nuevo Testamento, Dios en su misericordia lo usó para cumplir algunos propósitos importantes.
Uno de ellos fue la preservación del testimonio y obra del Espíritu Santo a través del ministerio humilde y sencillo de muchos de estos monjes, cuya devoción y fe genuina fue expresada para bendición de otros en medio de un mundo moral y religiosamente decadente. Hoy en día, historiadores serios, tanto de línea evangélica pentecostal como católica, reconocen que en sus inicios el Monasticismo fue un movimiento espiritualmente “carismático”. Desafortunadamente, y como sucede con todo movimiento del Espíritu, cuando los creyentes se aíslan en su “club” de bendición propia, el Monasticismo medieval también degeneró en egocentrismo y carnalidad.
Otra de las muestras de la providencia soberana de Dios la podemos ver en la preservación de los manuscritos antiguos de las Escrituras a través del trabajo y esfuerzo de estos centros monásticos. El estudio y copiado de los pergaminos, como una parte de la labor de los monjes, permitió que estos centros conservaran algo de la “luz” de la Palabra. Desafortunadamente, esta luz, en vez de brillar a través de una predicación más activa a la sociedad en general, se “escondió” a causa del ascetismo y misticismo de los monasterios. Jesús dijo: Vosotros sois la luz del mundo; una ciudad asentada sobre un monte no se puede esconder (Mateo 5:14).
Si bien muchos de estos primeros monjes y monasterios fueron ejemplos de devoción a Dios, su aislamiento ascético los privó de tocar y transformar a esa sociedad mundana de la cual se apartaron. El modelo bíblico de piedad no está ni en el extremismo de una espiritualidad ascética y mística, ni tampoco en un servicio a los demás que nos hace perder nuestro primer amor (Apocalipsis 2:2-4). Jesús nos dejó primero un “gran mandamiento” y después una “gran comisión.” Si procuramos cumplirlos en ese orden de prioridades, no sólo estaremos regresando al modelo apostólico de la Iglesia Primogénita, sino que podremos cooperar mejor con el Espíritu Santo para impactar a nuestra generación.

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