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Dios te necesita
         
 
 

Cierta mañana, en mi tiempo de oración en la congregación donde asisto, escuché la voz del Espíritu Santo, quien me dijo: “Mi hijo te necesita”. Yo le dije: “Señor, no pensaba que tú me necesitaras”.
Yo siempre le dije a Dios que le necesitaba, que Él sin mí seguía siendo Dios, pero que yo sin Él no era nadie. Efectivamente, Dios siempre es Dios… conmigo o sin mí. Sin embargo, Él nos necesita para hacer su obra salvadora aquí en la Tierra; nosotros somos sus manos, sus pies y su voz.
Cuando Dios me dijo que me necesitaba, sin buscar encontré un testimonio en mis apuntes de un apóstol de fe llamado Smith, de ochenta y cuatro años de edad. Él estaba orando al borde de su cama, dando gracias a Dios, cuando escuchó que alguien subía las escaleras. Se preguntaba quién podría ser, pues su esposa no estaba en casa en esos momentos. El Espíritu Santo le dijo que era Jesús. Cuando llegó el Señor le dijo que su corazón estaba cargado por la humanidad y quería que alguien le ministrara en ese momento.
Dios nos da una palabra en donde nos dice: Y busqué entre ellos hombre que hiciese vallado y que se pusiera en la brecha delante de Mí, a favor de la tierra, para que Yo no la destruyese, y no lo halle (Ezequiel 22:30).
Ese testimonio me confirmó y me dijo lo mismo en ese momento: “Te necesito”. El domingo, cuando llegué de la reunión de servidores, prendí mi televisión en un canal cristiano. En él estaba hablando un predicador acerca de cómo Dios lo había llevado al Cielo, y le había dicho: “Te necesito”. Él contestó lo mismo que yo había dicho esa mañana: “Señor, siempre había pensado que quien debía necesitarte era yo, pero nunca hubiera imaginado que Tú también me necesitaras a mí”.
Cuando el señor Jesús subió a orar al Getsemaní, se llevó consigo a tres de sus discípulos, y les dijo: “Mi alma esta muy triste, hasta la muerte. Quédense aquí y velen conmigo”. El Señor agonizaba en ese momento pensando en su muerte, y quería que ellos, con su oración, lo fortalecieran. Tanta fue su agonía que dice la Escritura que su sudor eran gruesas gotas de sangre. Él regresó tres veces a ver a sus discípulos, y las tres veces los encontró durmiendo.
¿No te has preguntado si en esta época sigue pasando lo mismo, en la que Él espera que junto con su Espíritu Santo intercedamos por los perdidos, pero llega y nos encuentra dormidos o afanados en otras cosas? Qué triste para Él.
Dios te necesita.

Marina Lozano asiste a Amistad de Huatulco, A. C. y tiene el ministerio de Consejería Familiar.

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