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Dos pasos para un gran cambio
         

 
 

Los cambios son fundamentales en la vida de cada ser humano, no sólo por los beneficios que se pueden obtener de ellos, sino porque le forjan el carácter y le enseñan a luchar y ser mejor.
Cada persona necesita vivir en constante cambio en las diferentes áreas de su ser. Es interesante que muchas veces se invierten grandes cantidades de tiempo y dinero para obtener algunos de ellos. Paradójicamente a esto, Dios guió a un hombre a realizar sólo dos pasos para obtener el cambio más grande de su vida y ha quedado registrado para que nosotros podamos lograr lo mismo.
En Génesis 12:1 Dios le dice a Abram (Abraham): “Vete de tu tierra y de tu parentela y de la casa de tu padre, a la tierra que te mostraré”.
Seguramente Abram experimentó lo que cualquier persona ante la posibilidad de un cambio: un gran temor, duda e incertidumbre; sin embargo, su decisión era determinante para llegar a la tierra que Dios le había preparado.
Muchas veces nos encontramos en la disyuntiva de este hombre: tenemos detrás nuestro una tierra ya conocida, un estilo de vida quizás cómodo y “seguro”, una formación, costumbres, afectos y todo lo que a nuestro parecer pudiera ser “una vida hecha”; pero el Señor llega de forma inesperada y nos dice: “Vete de tu tierra”. ¡Este es el primer paso para un gran cambio!
Pero, ¿a qué se refiere? Se refiere a que todos nosotros tenemos nuestra tierra, representada por afectos profundos que nos unen a personas o cosas del pasado, que no son malas quizá, pero podrían detenernos en algún momento, cuando hayamos decidido seguir a Dios.
La Biblia dice en 2 Corintios 5:17 que si alguno está en Cristo, nueva criatura (creación) es, las cosas viejas pasaron, y he aquí todas son hechas nuevas. Sin embargo, muchas veces, esto no puede convertirse en una realidad si no dejamos nuestra tierra, si seguimos pensando como en el pasado, si seguimos andando como en el pasado, si seguimos unidos a costumbres y hábitos que teníamos en el pasado, aunque batallemos para cambiar y en un genuino deseo por ser mejores tratemos de encontrar esa vida diferente que se nos señala.
No obstante, no conseguimos éxito, y más aún, se puede llegar a un punto donde, por la desilusión de lo que hemos intentado y no hemos alcanzado, nuestra nueva creación quede empolvada, sin efecto y sin deseos de buscar ningún cambio. No hay nada más lamentable que un corazón que no tiene interés en los cambios y que considera que ya lo ha alcanzado todo, cuando en realidad no ha dado ni siquiera el primer paso.
Al igual que Abraham, nuestra decisión determinará nuestra vida futura, porque dar este paso tan importante nos lleva a tener una actitud que genera interés por cosas nuevas, por mayor aprendizaje en la Palabra de Dios y en las cosas que tienen que ver con lo que hacemos cada día; una actitud de superación que no acepte un “¿Para qué?”, sino sólo el simple hecho de que tenemos una hechura nueva qué descubrir en nuestro entorno y en cada área de nuestro ser (porque hay una imagen y semejanza que podemos manifestar si la dejamos salir de nuestro interior).
Nuestra decisión puede habilitarnos para llegar a la tierra que el Señor nos mostrará; una tierra extraordinaria preparada por Él para cada uno de nosotros, donde todo es nuevo y vivo y donde se le puede ver y conocer a Él de tal manera que viviremos en plenitud tal como nos ha dicho.
El segundo paso es: “Vete de tu parentela y de la casa de tu padre”. Por supuesto que esto no solamente se puede apreciar en sentido literal, sino también espiritual, ya que es una de las razones que más nos impiden vivir conforme a nuestra nueva creación.
Ya sea que la formación que muchos de nosotros recibimos haya sido muy buena (si fuimos hijos exigidos enseñados en disciplina, obediencia, respeto por los demás y con bases morales sólidas) o bien sea que hayamos crecido sin una guianza y atención personal en familias disfuncionales, o incluso, destruidas, todos tenemos impactos de errores involuntarios de quienes influenciaron en nuestra formación.
Esos impactos produjeron en nosotros inseguridad, falta de identidad, reacciones heredadas, formas de pensar o actuar, materialismo, egoísmo, etc. Cosas que, sin desearlo, nos inculcaron, y que por muchos años han determinado cómo manejamos los conflictos serios o situaciones sencillas de cada día.
Esas influencias nos han señalado la manera en la que “debemos actuar” si sucede tal o cual cosa. El problema es que, en la mayoría de los casos, son costumbres y estilos de vida que no pueden adaptarse a lo que nuestra nueva hechura nos señala. Por ejemplo, si una persona en sus años de formación aprendió que es poco apta para ciertas cosas o bien sufrió de rechazo por sus padres, difícilmente podrá creer que Dios le ama tal y como es, y que Él le aprecia y valora profundamente. Esto le imposibilita para vivir en su hechura nueva, y aunque es un cristiano comprometido y fiel, no podrá ver lo que Dios le ha destinado a menos que se desligue por completo, y con la intervención del Espíritu Santo, de su parentela y de la casa de su padre.
Tal vez una persona, en sus años de formación, aprendió que con golpes o malos tratos se resuelven las cosas o se enseña algo a los demás, entonces, aunque llegue a conocer a Cristo y sinceramente quiera cambiar esos hábitos violentos, no podrá hacerlo en tanto no se desligue por completo de la casa de su padre, buscando la intervención del Espíritu Santo para que opere hasta restaurar totalmente esa área deteriorada.
Este segundo paso provoca una enorme reacción en cadena, pues cuando decidimos cortar esas ligaduras y quedarnos solamente con todo lo bueno que nuestros padres nos dieron, entonces viviremos como esas nuevas criaturas, podremos conocer el corazón del Padre, podremos adquirir nuestra identidad verdadera, basada en lo que SOMOS y no en lo que hacemos.
Es entonces cuando la libertad con la que Cristo nos hizo libres se activa y nos convertimos en personas dependientes del Señor y de su gracia, y por ende, seguras, sin temores, sin complejos y vivimos cada día esperando los cambios que se presenten, con gran entusiasmo al saber que siempre tendremos una oportunidad de mejorar, de avanzar, de aprender, de dar, de servir y de valorar las cosas que el Señor nos regala en la tierra que Él nos va mostrando a cada paso que damos.
Se requiere de un proceso, pues Abraham pasó varias situaciones difíciles, ya que se desprendió de su origen y caminó mucho tiempo, pero al fin llegó al lugar y forma de vida que Dios tenía listos para él, donde fue convertido en el padre de la fe, fundamento del pueblo elegido y llamado amigo de Dios.
Son sólo dos pasos, imposibles de dar por nosotros mismos, pero sumamente sencillos para el corazón que se rinde a la intervención del Espíritu Santo y se dispone a ser transformado por Él.

Adriana Jaramillo es directora del grupo de Adolescentes de Amistad de Puebla, A. C.
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