A fines del Siglo IV en un jardín de la ciudad de Milán, un destacado maestro de retórica se encontraba meditando acerca de su vida licenciosa y llena de vanidades filosóficas, teniendo en la mano una porción del Nuevo Testamento. Después de leer las palabras del apóstol Pablo: No en glotonerías y borracheras, no en lujurias y lascivias, no en contiendas ni envidia, sino vestíos del Señor Jesucristo, y no proveáis para los deseos de la carne (Romanos 13:13-14) este maestro decidió entregarse totalmente a Dios. Dejando su ocupación magisterial y abandonando su vida licenciosa, se dedicó por entero a la vida religiosa. Como resultado de todo ello la posteridad le conoce como San Agustín.
Agustín nació en una pequeña ciudad del norte de África llamada Tagaste, en el año 354. Su madre, Mónica (Santa Mónica) fue una cristiana ferviente que intercedió de manera muy fuerte por su hijo, que peregrinaba confusamente en diversas doctrinas filosóficas de su tiempo (Maniqueísmo, Neoplatonismo, etcétera). En Milán fue a escuchar al célebre predicador Ambrosio, y poco después tuvo su conversión en aquel jardín; solicitó el bautismo de manos de Ambrosio. En el 391 visita la ciudad de Hipona y cuatro años más tarde es nombrado obispo de esta misma ciudad. Agustín se convirtió en un prolífico escritor y teólogo, cuyas obras lo convirtieron más tarde en uno de los grandes doctores de la Iglesia Católica Romana. Además, Agustín fue también el autor favorito de los grandes reformadores protestantes del Siglo XVI. Es muy conocido por dos importantes obras que escribió: Confesiones y La Ciudad de Dios, que bosqueja el conflicto del gobierno terrenal con el celestial.
El libro Confesiones constituye uno de los testimonios literarios más singulares acerca de la incomparable gracia de Dios obrando en la vida de uno de los cristianos más relevantes de todos los tiempos. Más que una autobiografía, Confesiones es una auténtica expresión de alabanza y adoración a Dios a través del recuento que Agustín hace de los episodios cruciales en los que experimentó la protección y dirección providencial del Señor en su vida. Desde el inicio de su libro, él alaba la soberanía y el amor transformador de Dios prorrumpiendo con su famosa declaración: “Tú nos hiciste para Ti mismo, y nuestro corazón no haya descanso hasta que encuentra su lugar de descanso en Ti”.
Confesiones es, pues, un libro dirigido no a los hombres, sino a Dios. Para Agustín el confesar es una forma de adorar, glorificar y dar gracias a Aquel que lo creó y pacientemente lo amó a pesar de su rebeldía y dureza de corazón. Su testimonio entonces se convierte en un canto de alabanza al Dios de amor, por cuya gracia el alma de Agustín fue salvada y cuya vida en la tierra adquirió un nuevo propósito. Este libro es en verdad una obra para adoradores, porque es a través del confesar las grandezas de Dios en nuestra vida como mejor podemos responder a su inagotable gracia y amor perdonador.
Poco tiempo después de la muerte de Agustín, la ciudad de Hipona, al igual que el resto del norte de África, estuvieron por caer en manos de los vándalos. La civilización occidental se derrumbaba, pero no así la obra y el impacto de este gigante de la fe. Hoy en día el Cristianismo universal reconoce a San Agustín como uno de los grandes “Padres de la Iglesia”, al igual que maestro y teólogo. Sin embargo, al explorar su impactante testimonio narrado en Confesiones, podemos además considerarlo como un fiel ejemplo de adorador. La simplicidad y transparencia de sus acciones de gracias y alabanza a Dios son dignas de imitar por todo creyente y en todos los tiempos. No hay duda de que alabar y adorar a Dios es más que cantar o hacer música para Él. Nuestra vida y obra, como lo vemos en Agustín y en tantos otros que forman parte de la gran nube de testigos (Hebreos 12:1), debe ser un canto de adoración al Dios que por su gracia e infinito amor nos salvó y sigue salvando a los pecadores. ¡Gloria al Señor!
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