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¿Tenemos que ir todos a las misiones?
         
 
 

Hay un gran número de cristianos que viven en condenación, o por lo menos con un remordimiento en su corazón por no cumplir el mandamiento y la gran comisión de Dios de ir por todo el mundo y predicar el Evangelio. Aunque la evangelización del mundo es la responsabilidad de toda la Iglesia, realmente pocos, muy pocos (en comparación al número de creyentes en el Cuerpo de Cristo) tendrán el privilegio de ser misioneros transculturales.
No todos están hechos para ello. Por el término transcultural me refiero a lugares o naciones que están más allá de nuestras fronteras y cultura, aunque esto puede incluir a etnias que existen en nuestro México: pueblos con una cultura completamente diferente a la que se vive en la ciudad, por lo cual también se consideran una misión transcultural. En este término y compromiso es donde reside la confusión de muchos cristianos, lo cual produce un sentimiento de culpa en la omisión al mandato.
Erramos cuando hacemos que los jóvenes cristianos se sientan culpables mediante la implicación de que el servicio misionero es el supremo llamado y que cualquiera otra función queda fuera de lo mejor que Dios ofrece. Ser misionero no es el “supremo llamado”, pues hay muchos llamamiento importantes y necesarios en el Reino de Dios, como la intercesión, el pastorado, el evangelismo, la enseñanza, los niños, las cárceles, etc. Cada uno de los ministerios son imprescindibles para el buen funcionamiento de la Iglesia y su misión en el mundo. Lo importante es saber cuál es nuestro llamamiento específico y hacerlo. El error está cuando queremos hacer algo que no nos corresponde por el simple hecho de pensar que ese ministerio es más interesante o vistoso, cuando sabemos que lo que a nuestro Dios le interesa es que le amemos y le obedezcamos donde nos ha puesto.
Los resultados desafortunados son que con mucha frecuencia se ha enviado a personas que no son llamadas, y encima mal equipadas, al trabajo en el extranjero. Las estadísticas dicen que el 80% de los misioneros regresan entre el primer año y el quinto. Este trágico porcentaje representa a personas y familias que regresan a casa, generalmente, con un sentimiento de derrota y fracaso. Tales misioneros no sólo son piedras de tropiezo para la Iglesia nacional, sino también para los candidatos misioneros a ser enviados y a los recién llegados al campo.
Entonces, concluimos que el llamado a las misiones transculturales no es para todos, sino para unos pocos; pero sí tú eres uno de ellos, más vale que obedezcas. Cuando fui estudiante en el Instituto Bíblico “Cristo para las Naciones”, en Texas, conocí a una viejita que me pidió que le cargara unas cajas de folletos y libros de evangelismo para una campaña al norte de México. Le pregunté quién era el evangelista en esta cruzada y me contestó que ella misma era la programada para el evento. Esto me sorprendió y me intrigó un poco más sobre la historia de su vida. La abuelita me contó que cuando recién se había casado ambos recibieron un llamado a las naciones en una conferencia misionera, pero que en vez de ir decidieron abrir un negocio que les daría mucho dinero para apoyar a las misiones, según ellos. El tiempo pasó, y después de treinta y cinco años, volvieron a recibir de manera muy fuerte la llamada a las misiones transculturales, pero en esta ocasión sí obedecieron, y dejándolo todo, se dispusieron a partir. Sin embargo, seis meses después su marido murió. Ella se lamentaba por los años que perdieron sin haber obedecido inmediatamente al Señor, y ahora, ella sola estaba como sierva misionera evangelizando por todo el norte del territorio mexicano. Esta historia representó un gran reto para mí, pero al mismo tiempo me hizo reflexionar sobre el estar en el centro de la voluntad del Señor para gozar con plenitud la vida cristiana.
Las misiones lejos de la casa no es cosa fácil. Mi esposa y yo estuvimos por muchos años en España e Italia levantando obra entre los más marginados de Europa.
La separación, a mi modo de ver, es la experiencia más dolorosa en todos los sentidos que puede experimentar el ser humano, y no queremos pasarla. Jesucristo mismo tuvo que sufrir la separación de la compañía del Padre, pero sabía que había un gozo más allá de la cruz. La separación es parte de la cruz que todo discípulo de Cristo tiene que llevar y pasar para ver la gloria de Dios en su vida. Si en ese tiempo hubiera dicho: “No, no voy”, Dios hubiera hecho la obra sin mí, pero yo no habría visto los milagros y la gloria de vidas transformadas que ahora sirven a su vez al Señor en las misiones en catorce países del mundo estableciendo el Reino de Dios.
¿Qué recompensa tiene una persona que deja todo por compartir la Palabra en tierras lejanas? Jesús respondió a Pedro y a sus discípulos una pregunta semejante, y les dijo: “De cierto os digo que no hay ninguno que haya dejado casa, o hermanos, o hermanas, o padre, o madre, o mujer, o hijos, o tierras, por causa de Mí y del Evangelio, que no reciba cien veces más ahora en este tiempo; casas, hermanos, hermanas, madres, hijos, y tierras, con persecuciones; y en el siglo venidero la vida eterna”.
Sin exagerar en la interpretación de esta Escritura, lo que está diciendo es que requiere sacrificio y confianza en un Dios que tiene incluso a nuestra familia en sus manos. No está pidiendo abandono de hogar en lo absoluto, pero si está pidiendo que si el llamamiento pide que nuestros hijos crezcan sin los privilegios de vivir junto a sus abuelos, primos o la cultura originaria de ellos, confiemos que serán aún mas bendecidos, hasta cien veces más enriquecidos que permaneciendo cómodos en casa sin dar el paso de fe.
Obedeciendo el llamado de Dios en las naciones, Él se ocupará de nuestros padres, hermanos, familia y demás, mientras tu haces la obra del ministerio. No temas, al que Dios llama, Él lo sostiene.
Si requieres más información de cómo prepararte para un llamado a las misiones transculturales puedes consultarlo en nuestra página de Internet: www.amistaddepuebla.org o directamente al correo electrónico de nuestro Centro Latinoamericano de Misiones (CLM) a la dirección clm@amistaddepuebla.org.