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Los negocios del Padre
         
 
 

Durante la Pascua, la población de Jerusalén llegaba a rebasar los dos millones de personas. Calles colmadas de peregrinos, de su sudor y del olor de sus animales. Si embargo, los olores eran parte de las festividades: el de las hierbas amargas, el de la carne de los corderos asándose en el fuego, el de los panes sin levadura cocinándose en los hornos.
Todos ellos eran nostálgicos, porque recordaban la redención del pueblo de Israel; especialmente el olor de los corderos, porque estaba sazonado con el aroma de la salvación.
Jesús y su familia habían salido de Nazaret, formando parte de un grupo de peregrinos que se dirigían a Jerusalén. Después de la pascua, el grupo se quedó una semana más para celebrar la fiesta de los panes sin levadura. Fue una buena semana, pero ya era mucho tiempo para estar fuera de casa, por lo que empacaron y se encaminaron de regreso.
Las mujeres en un grupo adelante, los hombres en otro grupo atrás y los niños entre unos y otros. Partieron temprano y no pararon hasta la tarde. Cuando estaban armando su tienda, José le pregunto a María por Jesús.
“Pensé que estaba contigo”, respondió María con voz quebrada, deshecha, sólo unida por el hilo de un sollozo. Le preguntaron a todo el grupo, pero nadie lo había visto.
Tomaron los burros más rápidos y regresaron a Jerusalén. Anduvieron toda la noche. La madrugada era oscura, sin estrellas. El viento soplaba despacio, se llevaba la tierra seca y traía más. De tiempo en tiempo, se detenían a revisar las barrancas buscando las huellas de algún cuerpo.
A la mente de María vino la muerte de su padre, también en un amanecer como éste; en aquel entonces también traslucía el color gris de un cielo hecho ceniza, triste. Sus pensamientos se seguían unos a otros sin darse alcance ni juntarse. En sus manos sostenía el hilito de sangre con que estaba amarrada al corazón de su hijo.
Un pájaro burlón cruzó a ras del suelo y gimió imitando el quejido de un niño; más allá se le oyó dar un gemido desgarrado.
Cuando llegaron a Jerusalén, José trató de calmar a María, pero ella sabía lo peligroso que era la ciudad en esos días. Su corazón se llenaba de angustia de pensar que su hijo estuviera perdido buscándolos o muerto tirado en algún baldío.
Después de recorrer todos los lugares conocidos y haber explorado la ciudad en vano, adquieren la seguridad de que cada paso que dan en adelante los lleva, fatal e inexorablemente, al cadáver de su hijo.
Ni un reproche que hacerse, es lamentable. Sólo la realidad fría, terrible y consumada: ha muerto su hijo a manos de… ¡Pero dónde, en qué parte! ¡Hay tantos barrios peligrosos en Jerusalén!
Sofocan un grito. Han visto un cuerpo tirado en la banqueta… ¡Oh, no es su hijo, no! Y vuelven a otro lado, y a otro y a otro…
Tímido como es, José no se atreve a gritar por las calles llamando a su hijo; aunque su corazón clama por Él a gritos, su boca continúa muda. Siente que el solo acto de pronunciar su nombre, de llamarlo en voz alta, será la confesión de su muerte.
“¡Chiquito!”, se le escapa de pronto.
Nadie ni nada ha respondido. Envejecido en diez años, va el padre buscando a su hijo.
“¡Hijito mío! ¡Chiquito mío!”, clama en un diminutivo que se alza del fondo de sus entrañas. “¡Chiquito! ¡Mi hijo!”.
Las fuerzas que permiten soportar a una pobre madre la más atroz pesadilla tienen también un límite. y María siente que las suyas se le escapan, cuando ve bruscamente, parado en medio del templo, a Jesús.
“Mi chiquito”, murmura María; y exhausta, se deja caer sentada en el adoquín albeante, rodeando con los brazos las piernas de su hijo.
La criatura, así ceñida, queda de pie; y como comprende el dolor de su madre, le acaricia despacio la cabeza. Entonces Él les dice: :”¿Por qué me buscabais? ¿No sabíais que en los negocios de mi Padre me es necesario estar?” (Lucas 2:49).
Infinidad de planes y metas para este año se plantean las personas, las instituciones, las corporaciones, etc. ¡Que para nosotros éste sea un año de ocuparnos de los negocios de nuestro Padre celestial!