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Brujas vs Ángeles
         
 
 

Después de que durante los últimos años losa ángeles y arcángeles parecieron invadir el mercado de la religiosidad imponiendo una moda, por llamarlo de alguna manera, en donde las tiendas de amuletos y otras cosas “peculiares” se dedicaron a promocionar distintas imágenes de ángeles de todos tamaños y modelos (para cada día del año, para cada individuo de acuerdo a su fecha de nacimiento, personalizándolos y entronizándolos al grado de convertirlos en ídolos), parece que ahora comienza la moda de las brujas, quienes a través de los medios cibernéticos podrían llegar a destronar a los seres angelicales y llegar a convertirse, incluso, aunque suene a blasfemia, en sacrosantas diosas.
Aunque “bruja” tenga algún otro uso coloquial, cuando más joven aprendí que una bruja es aquella mujer que practica la brujería. En un diccionario enciclopédico de la lengua castellana, la definición de la palabra “brujería” se define como la práctica maléfica de la hechicería, llevada a cabo por personas que han hecho pacto con espíritus malignos o con el demonio. Esta denotación pareciera muy directa e incómoda, especialmente para aquellos padres que a veces consienten que sus hijas se disfracen de “tiernas brujitas”.
Precisamente hace algunos días recibí un correo electrónico en donde se anuncia el gran poder que tienen “las brujas” (sin dar más detalles sobre ellas) para conceder algún deseo o hacer un milagro en nuestras vidas. No leí este mensaje a fondo, pero el formato era muy similar al usado para los correos sobre ángeles: decir en voz baja nuestro pedimento (por imposible que parezca), después recitar las palabras ahí indicadas (como una invocación) y posteriormente se nos avisa que es una cadena (pues hay que reenviarlo a cinco o diez conocidos para que surta efecto). Luego es cuestión de horas o días para que se cumpla nuestro deseo, cien por ciento garantizado, según los que ya lo han llevado a cabo.
Sin embargo, en esta lluvia de cadenas a primera vista tan ingenuas, ahí siguen compitiendo distintas entidades con sus respectivos beneficios y plegarias, por ejemplo la oración del Santo X, la Vírgen Y, la Monja Z, etcétera. El nombre parece ser lo de menos, cada uno con su rezo y promesa correspondientes, todos ellos milagrosos; al final todo parece convertirse en una subasta (¿quién ofrece más? ¿quién cumple más pronto?) con una confusa sopa de invocaciones para escoger al más atractivo. Entre estas misivas la que más me ha sorprendido es la que recurre al poder, nada más y nada menos, que de Jesucristo.
La palabra de Dios es muy clara respecto a las letanías. En el Nuevo Testamento podemos encontrar un pasaje muy específico que nos habla de la nula efectividad de este tipo de rezos que la Biblia los define como “vana palabrería”. Pero algunos de los judíos, exorcistas ambulantes, intentaron invocar el nombre del Señor Jesús sobre los que tenían espíritus malos, diciendo: Os conjuro por Jesús, el que predica Pablo… Pero respondiendo el espíritu malo, dijo: A Jesús conozco, y sé quién es Pablo; pero ustedes ¿quiénes son? Y el hombre en quien estaba el espíritu malo, saltando sobre ellos y dominándolos, pudo más que ellos, de tal manera que huyeron de aquella casa desnudos y heridos (Hechos 19:13, 15-16).
De aquí se desprende que si alguien hace alguna solicitud de esta naturaleza como si se tratara nada más de una fórmula mágica, los resultados podrían ser contraproducentes. Aunque muchos lo ven como un juego, el mundo espiritual es tan real como el material, y guarda todavía muchos misterios indescifrables para el ser humano. El orden existente en el universo no es casualidad; Dios hizo los Cielos y la Tierra y señorea en todo lo visible e invisible y tiene poder sobre toda cosa creada. Él, como creador del género humano, habla a través de su palabra en la Biblia a todo aquel que le busca y le acepta en su corazón como Padre celestial; después de este paso, recibimos autoridad para invocar su protección; aprendemos también cómo y en nombre de quién debemos pedir: Hasta ahora nada habéis pedido en mi nombre; pedid, y recibiréis, para que vuestro gozo sea cumplido (Juan 16:24).
¿Cómo pedir lo que conviene? Como madre yo no puedo darle a mi hija todo lo que se le ocurra pedirme; de la misma manera Dios conoce cuáles cosas nos convienen y cuáles no. Codiciáis, y no tenéis; matáis y ardéis de envidia, y no podéis alcanzar; combatís y lucháis, pero no tenéis lo que deseáis, porque no pedís. Pedís y no recibís, porque pedís mal, para gastar en vuestros deleites (Santiago 4:2-3).
Si pedimos conforme a la voluntad de Dios, nuestras oraciones tendrán una respuesta favorable. Las palabras que proferimos tienen poder para bien o para mal, y debemos ser muy cuidadosos con lo que decimos: Mas Yo os digo que de toda palabra ociosa que hablen los hombres, de ella darán cuenta en el día del juicio. Porque por tus palabras serás justificado, y por tus palabras serás condenado (Mateo 12:36-37).
El mundo de los espíritus no es ficción, es algo tan serio como lo que vemos y palpamos, con riesgos y trampas que pueden volverse en nuestra contra si nos “encadenamos” a ellos.