Todos los días, en todos los medios de información, encontramos noticias relacionadas con los problemas de los migrantes. La definición de esta palabra es la siguiente: “Dícese de la persona que le gusta estar en casas ajenas”.
Es obvio que es una definición impregnada de humor negro. La realidad es que el migrante es la persona que transita de un país a otro, no sólo por causas económicas, sino a veces por cuestiones bélicas, por guerras internas o por otros motivos en los cuales se busca un mejor espacio donde vivir que brinde seguridad para sí mismo y para la familia.
Todos los días, en el mundo, millones de personas entran y salen de las fronteras de los países (aunque nuestra nación se encuentra entre aquellas de los que salen más personas que las que entran). Los estados que registran mayor número de personas que emigran de su territorio son Guanajuato, Michoacán y Jalisco, y según cifras del INEGI, el 25.2% de los que emigran a Estados Unidos es por causas laborales, el 24.9% por causas familiares y el resto está repartido en porcentajes muy bajos entre causas de violencia, salud, estudios e inseguridad.
En la Biblia, el pueblo de Israel, durante muchos siglos, fue un pueblo de migrantes; transitaban de un lugar a otro. Muchas veces se establecían en territorios donde no eran bien recibidos, y aunque proporcionaban una mano de obra barata como lo hace hoy en día el migrante mexicano en Estados Unidos, estos territorios llegaban a ver como una amenaza el establecimiento de gente extranjera en su país.
Así sucedió en el caso de Egipto, cuando el pueblo israelita se estableció durante cuatrocientos treinta años en ese lugar (Éxodo 12:40). Todo este período los israelitas se multiplicaron al grado de ser una amenaza para los mismos egipcios y para Faraón: He aquí, el pueblo de los hijos de Israel (México) es mayor y más fuerte que nosotros. Ahora, pues, seamos sabios para con él, para que no se multiplique y acontezca que viniendo guerra, él también se una a nuestros enemigos y pelee contra nosotros, y se vaya de la tierra (Éxodo 1:9-10) ¿Algún parecido con la realidad?
Hagamos una reflexión. El pueblo de Israel fue peregrino por muchos siglos en tierra ajena, y ahí fue maltratado, menospreciado y explotado. Sin embargo, cuando Dios le entregó la tierra de heredad, le dijo: Y no angustiarás al extranjero; porque vosotros sabéis cómo es el alma del extranjero, ya que extranjeros fuisteis en la tierra de Egipto.
Hasta el día de hoy, muchos judíos se ayudan entre sí, incluso aunque estén viviendo en otras naciones; siguen siendo prosperados porque son el pueblo de Dios. No paguemos con la misma moneda, sino paguemos bien por mal. Amemos a los que son peregrinos o extranjeros en nuestro país, no sea que algún día estemos del otro lado y seamos maltratados y menospreciados por no conocer el corazón de Dios y no obedecer su Palabra.