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Testigos-mártires de Jesucristo
         

 
 

“Llevo ochenta y seis años sirviéndole, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi rey, que me salvó?”. Policarpo de Esmirna.
Antes de su ascensión, Jesús instruyó a sus discípulos para la venida del Espíritu Santo, quien les impartiría el poder para ser testigos de Él en Israel y en todas las naciones de la Tierra (Hechos 1:8).
La palabra “testigos”, en el griego original del Nuevo Testamento, es el término martures, del cual se deriva también el vocablo “mártires.” A través de toda la historia del Cristianismo podemos comprobar que siempre ha habido creyentes que han estado dispuestos a sufrir incluso la muerte, y pagar así el precio más alto para ser fieles a su compromiso de ser verdaderos “testigos-mártires” de Jesucristo en el mundo que les tocó vivir. Especialmente durante los primeros tres siglos de la historia de la Iglesia, los creyentes tuvieron que enfrentar la época de persecución más feroz que dio lugar a lo que hoy llamamos “la era de los mártires”.
Las así llamadas “actas de los mártires” son los documentos escritos que se han conservado hasta nuestros días, a través de los cuales podemos saber con más detalle las condiciones bajo las cuales se produjeron los martirios. En algunos casos tales “actas” incluyen tantos detalles del arresto, encarcelamiento, proceso legal y muerte de los mártires, que parecieran ser copiadas de las mismas actas oficiales de los tribunales romanos de la época. Consecuentemente, estos documentos nos enseñan ahora, con mucha claridad, no sólo la parte trágica e injusta que estos creyentes enfrentaron, sino el nivel de fe y entrega a Jesucristo que todos los verdaderos cristianos podemos aprender.
En el siglo segundo, un fiel anciano cristiano llamado Policarpo fue llevado a los tribunales acusado de “ateo” por no adorar a los dioses paganos. Cuando fue presentado ante el procónsul romano, éste trató de persuadirlo diciéndole que pensara en su avanzada edad y que adorara al emperador. Después el juez le pidió que gritara: “¡Abajo los ateos!”, refiriéndose naturalmente a los cristianos (que eran tenidos por tales). Policarpo entonces, señalando a la multitud de paganos, dijo: “Sí ¡Abajo los ateos!”. Ante la obstinación de Policarpo, el juez insistió en que si él juraba por el emperador y maldecía a Cristo quedaría libre; sin embargo, Policarpo respondió las célebres palabras que resuenan hasta nuestros días: “Llevo ochenta y seis años sirviéndole, y ningún mal me ha hecho. ¿Cómo he de maldecir a mi rey, que me salvó?”.
Ante la firmeza del fiel anciano, el juez ordenó que Policarpo fuese quemado vivo, y todo el populacho salió enardecido a buscar ramas para preparar la hoguera. Ya atado en medio de la hoguera y antes de encender el fuego, Policarpo elevó la mirada al cielo y oró en voz alta: “Señor soberano, te doy gracias porque me has tenido por digno de este momento, para que junto a tus mártires yo pueda tener parte en el cáliz de Cristo. Por ello te bendigo y te glorifico. Amén”.
Fue así como aquel anciano líder de la iglesia en Esmirna entregó su vida para ser fiel “testigo-mártir” de Jesucristo. Así como él, millones de hombres y mujeres que nos han precedido en la carrera cristiana hoy forman parte de la “gran nube de testigos (mártires)”, cuyo ejemplo de fe y entrega podemos y debemos imitar. Como nos exhorta el pasaje de Hebreos 12:1-2, al considerar que tenemos en derredor a esta tan grande nube de “testigos,” haremos bien en despojarnos de todo peso de pecado que nos asedia para correr con paciencia nuestra carrera… Con lo ojos bien puestos en Jesús, que es el autor y consumador de nuestra fe.
Si bien no todos seremos llamados a experimentar literalmente el ser “mártires,” todos debemos vivir literalmente el ser “testigos” de Cristo delante de la generación a la que nos ha tocado servir.